Entre bambalinas, sudor y orgasmos

Era la primera oferta de trabajo que me hacían después de haber dejado el circo hace unos años. Estaba nerviosa, era innegable; pero de alguna manera sabía que aquello era lo que marcaría el rumbo de mi vida. No podía echarme atrás.

Entré con paso decidido a aquel salón, en el que el pañuelo de seda ya colgaba desde el techo. Llevaba preparándome en el arte del contorsionismo y las acrobacias desde que tengo memoria. Era mi oportunidad de volver a los escenarios.

Iba preparada, tan sólo tenía que empezar a trepar y eso hice.

Me elevé a la altura adecuada para los ejercicios que tenía pensados realizar. Comencé con mi número, cuando de repente dos pañuelos más con otras dos chicas aparecieron, una a cada lado, vestidas de la misma forma que yo. No entendía a qué venía tal compañía en el escenario, pero continué sin preguntar.

Me volteé en el aire, sin dejar de sujetarme al pañuelo, de forma que mi cuerpo quedó con la cabeza hacia abajo al mismo tiempo que abría completamente las piernas. Para mí era de las posturas más difíciles de realizar, y si tenía que competir con las otras dos chicas, iba a hacer lo imposible por no perder ni el equilibrio ni la fuerza. Pero me equivocaba, esas chicas no estaban allí para competir conmigo. En el momento en que una de ellas comenzó a acariciarme por el interior del muslo fue cuando me di cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir.

Desde aquel ángulo y debido a la poca iluminación del lugar, poco podía distinguir de lo que estaba pasando a mi alrededor. Hasta que lo vi, era él. Nunca podré olvidar aquella cara, aquella barba, aquellos ojos oscuros mirándome con excitación.

Creía que mi cabeza estaba empezando a acumular demasiada sangre debido a la postura, pero seguía siendo incapaz de moverme, no podía dejar de mirar sus ojos clavados en los míos.

En ese instante sentí cómo algo se introducía dentro de mi vagina, rápidamente miré hacia arriba, eran las chicas. Me miraban riendo mientras me masturbaban.

Comencé a sentir placer y a gemir mientras notaba como mis manos se iban resbalando poco a poco del pañuelo. Inmediatamente reaccioné y volví a mirar al hombre ahora con expresión de deseo. Sin dejar de mirarme levantó la mano, había disfrutado lo suficiente de aquella escena y parecía que tenía otra en mente.

A la señal de la mano, las chicas bajaron del pañuelo y me ayudaron a bajar a mí. Estaba incrédula ante todo aquello. Sólo era capaz de dejarme llevar.

Aquel hombre me invitó a bajar del escenario, me ofreció su mano y la tomé. De reojo pude apreciar cómo se relamía y mordía el labio inferior mientras me miraba. Anduvo conmigo hasta llegar a una gran puerta de madera pintada en dorado. La abrió y me invitó a pasar. Dentro, una gran lecho adornado con cojines y pañuelos gobernaba en el centro de aquella habitación. Las alfombras de incontables colores tapizaban el suelo.

Caminé hacia la cama mientras observaba todo lo que había alrededor de esta. Los cuadros que revestían las paredes pasaron en segundos a convertirse en espejos.

Todo era raro, era inverosímil, extraño…

El hombre me sorprendió acariciándome por la espalda y rápidamente me giré hacia él. Me agarró fuerte por los brazos y se aproximó de forma que nos quedamos a una distancia imperceptible. Podía notar como su aliento rozaba mis labios, y juro que casi podía tocar sus ganas. Intenté contener la respiración, ahora agitada. Una de sus manos comenzó a acariciarme delicadamente un pecho por encima de la ropa ajustada, mientras la otra la subía hasta mi nuca, enredando sus dedos en mi pelo.

Nuestros labios al fin se tocaron. Fue como el detonante de aquella bomba de pasión acumulada, como si la sed del uno y del otro se calmara a través de nuestras bocas.

Me condujo de espaldas hacia la cama, y una vez allí me empujó y caí sobre el colchón. Mi traje fue desgarrado por sus fuertes manos. Lo desvestí tan rápido como pude, deseando tenerlo de una vez dentro de mí.

Se echó encima de mi y sin mediar palabra todavía pero hablando a través de los ojos lo supo, así que me agarró fuerte y empezó a follarme. Y, oh Dios, de qué manera… Todavía oigo mis gemidos, noto sus fuertes caricias llenas de pasión en mis muslos, siento su lengua en mi pecho… Follamos como dos insaciables durante toda la noche, hasta que nuestros ojos se cerraron al caer rendidos entre sudor y orgasmos.

A la mañana siguiente, me desperté en mi cuarto, como de costumbre. En mi cama, y sola. ¿Había sido un sueño? Me levanté corriendo. Eran las 8 de la mañana. Miré el calendario y noté como el corazón me daba un vuelco: hoy era el día de mi prueba.

relatos-eroticos « WordPress.com Tag Feed 2014-02-27 11:17:08

Un martes de no importa qué mes, sus ojos, más azules que nunca, yacían tumbados en aquella cama mostrándose por iniciativa propia como el foco de atención del solitario y lúgubre cuarto. Acompañaba la fría y oscura noche vigilada por una luna arropada entre estrellas que miraban fijamente la danza de las hojas mecidas por el viento.
Tras varios cigarrillos consumidos, perdida la noción del tiempo y completamente sumida en sus pensamientos, llamó el deseo a su puerta.
Aquel rostro de rasgos dominantes cruzó decidido el umbral dispuesto a mostrar sus intenciones fueran cuales fueran.
Sus pupilas intercambiaron miradas de deseo, muy ajenas al mundo exterior. Ya no se si paralizadas, o más bien petrificadas cual consecuencia de atrevimiento de hombres al cruce de miradas con Medusa, suponían la detención del tiempo como quien calla las palabras con besos.
Las ásperas manos de herrero dispuestas a una aventura desmedida, iban buscando el suave y pálido tacto de la piel perteneciente a aquella dama de negros cabellos y ojos claros.
No tenía lugar ninguna resistencia por ambas partes, sólo tenían presente el deseo de mezclar sus cuerpos.
Lentamente y con la respiración agitada se iban acercando el uno al otro. Ella en los ojos de él y él en los suyos. Ambiente de amor carnal. Reflejos fugaces de pasión en los poros de la piel iban uniéndose en una armonía material capaz de traspasar al bando de lo espiritual. El aumento de la excitación era proporcional a cada paso dado por las agujas del reloj. Ambos perdieron el control de sus impulsos mientras se despojaban y rasgaban mutuamente sus ropas como si de dos animales salvajes se tratase. Sus manos peleaban y forcejeaban por ser las primeras en palpar la sensualidad del momento en sus carnes, un holocausto de lenguas por amor gobernado por lo insaciable. Él condujo su mano a través del pecado hecho mujer hasta notar que sus dedos encontraban cabida en su interior e iban humedeciéndose al contacto. Ella sólo era capaz de dejarse llevar disfrutando como nunca lo había hecho.
Sus gemidos femeninos eran arte para los oídos. Subidos al compás de aquella sensual melodía, con la desesperación apoderándose de ellos y en acompañamiento de las intensas caricias, quedaron en el centro de la cama. Una vez allí, ella se colocó encima y suavemente comenzó a deslizarse con un ligero movimiento de arriba-abajo. Él observaba candente aquella placentera escena, sentía cómo los movimientos suaves y pausados iban aumentando el ritmo conforme se miraban, casi se podía tocar la pasión que sus ojos comunicaban. Cada vez más rápido, él decidió posar sus manos en el delicado trasero para acompañar el ritmo, mientras ésta acariciaba sus voluptosos pechos. Los gemidos se volvieron jadeos, ella quería gritar y las sábanas empapadas en sudor eran testigo de ello. Él no la dejó, e inmediatamente su mano cubrió los carnosos labios de la mujer y volvió él a tomar las riendas colocándola con el pelo ya mojado y alborotado entre las sábanas. Ella posó sus manos en la espalda de su amado cuando notó que volvía a hacerla salvajemente suya. Al borde del orgasmo, las intensas caricias en la espalda se volvieron arañazos y, aunque él sintiera escozor con la mezcla de las heridas con el sudor, no le importó y continuó empujando con su cuerpo.
En la cumbre del deseo sexual él introdujo sus dedos en la boca de su amada, que los mordía ahogando así sus últimos gemidos acoplados esta vez a los del otro.
Finalmente, él, recostado en aquel cálido pecho iba volviendo a la normalidad, ella acariciaba sus cortos cabellos, ambos aún con la respiración exhausta y agitada.

El herrero no pudo evitarlo, y un beso en la frente fue el sello que garantizó que, con el tiempo, habían desvanecido los roles y prejuicios del uno hacia el otro dejando paso a otra cosa. Ella por una vez no era esclava del sexo como acostumbraba, él por una vez había dejado de lado su orgullo y egoísmo. Sin querer, con el tiempo, prostituta y cliente se habían enamorado.

Sexo en la ducha (Parte II)

La dejé escapar de mi lujuria arrojándola a la cama. Con su nuevo juguete insertado en el culo parecía más hermosa que nunca y ardía como siete infiernos juntos con el fuego más primitivo en sus calderas. Perdida en la lujuria, se golpeaba su blanco trasero con la palma de su mano. Succionaba el dildo con su ano estrecho, gateando como gatita tierna. Su vagina derramaba jugos gota a gota como reloj de arena repleto de líquido hasta caer en las sábanas. La cara de mi hembra reflejaba lascivia y dulzura, imploraba con sus gestos por mi pedazo de carne hundido en sus entrañas. Pero incapaz de articular cualquier palabra  por su agitado placer, debía recurrir a la mirada suplicante, a abrirse el coño con sus dedos y a extender sus largas piernas invitándome al deleite.

Sujetando su barbilla le levanté el rostro con mi mano, le acerqué mis labios a su boca y, sin tocarle, me bebí todo su aliento cálido. Mis manos se clavaron  en sus omóplatos a la par que introducía mi pene hinchado en su vagina. En un abrazo ardiente unimos nuestros cuerpos entre jadeos. Tirada boca arriba y con el culo ensartado, me abrazó con sus piernas por la cadera para recibir toda mi erección en su vagina. Sus ojos se llenaron de placer, su boca se abría como emitiendo sonidos, pero solo escapaban de ella suspiros silenciosos.

-¡Joder! Que coño tan más caliente. Le susurré al oído recibiendo por respuesta una sonrisa y un apretón delicioso en mi garrote con su vulva.

-Que rico pito… papi. Me soltó en la oreja, para después tomar mi lóbulo con su boca y morderlo suavemente.

Comencé a bombear en su coño con todas mis fuerzas. Su apretado ano no dejaba escapar ni un centímetro de su preciado juguete, y su coño hinchado me succionaba más y más el falo. Mis bolas rebotaban en la base del dildo que yacía hundido en su culo, provocándome menos placer que si chocaran en sus nalgas, o en dado caso, en su vulva; sin embargo su caliente almeja dotada de un feroz aguante a punto de correrse me proporcionaba tanto placer, que jamás pensé en salir de sus dominios. La cama rechinaba víctima de nuestro acoplamiento carnal, el sonido acuoso de nuestras carnes empapadas chocando nos invadían los tímpanos acompañado por nuestros gemidos.

-¡Ah! ¡Fóllame papi! ¡Rómpeme el coño!… Gruñía mi dulce puta a mí oído sujetando con recelo mi espalda. Encajando sus uñas en mi carne me retaba a embestirla con más fuerza. Salí casi por completo de su coño y en menos de un segundo le penetré cuatro veces. El dildo escapó unos centímetros de su culo ante su rendición, al momento su vagina liberó una cantidad de jugos transparentes con presión, que vinieron a chocar en mis pelotas mientras salía de ella para darle luego las últimas embestidas. Después de unos segundos en su interior con mi frenillo a punto de romperse, decidí salir de entre sus piernas. Sin perder tiempo y aún con el orgasmo recorriendo el cuerpo de mi amada, acomodé sus nalgas apuntando al techo y abrí su culo. Sí… con su juguete nuevo.

-¡Ah! ¡Maldito me encant… ah! No pares… Déjame el culo bien abierto, be..bé…

Nunca antes me había dicho maldito aquella preciosa y ante tal palabra que ciertamente iba a la perfección conmigo y la posición en que estaba, solté mi dedo hasta el fondo de su ano y lo doble hacia arriba rompiendo unos cuantos tejidos de carne. La chica mordió las sábanas, pero no retiró el culo, sino que lo aventó más hacía mí pidiéndome su castigo como una gatita dócil. Quería el culo bien abierto y no había placer más grande para mí en ese momento que escuchar su voz cortada por gemidos pidiéndome tal cosa. Saco mi dedo de aquel culo de un solo golpe y me monto en aquella espalda blanca para besar su lunar, beso su cuello y limpio su oreja derecha con mi lengua, babeo su nuca y respiro hondo en su cabello. Mis manos se deslizan a sus caderas para apretar como si
quisiera arrancar pedazos de su carne. Rodeo su cintura con ambas extremidades como si fuesen serpientes hasta llegar al monte de venus y bajar así a su clítoris.

Mi hembra perdía el sentido ante la magnitud en que la masturbaba y casi se doblaba para dejar caer su culo exhausta, pero no lo hizo. Mantuvo su cola erguida chocando con mi glande y me soportó encima de su espalda. Me enorgullecía cada vez más y más de aquella puta mía por tal fortaleza, no podía esperar para premiarla con una buena dosis de orgasmos, pero debía castigarla; castigarle el culo una y mil veces más, aunque ciertamente castigarle el culo no sería un castigo para ella.

Paré por fin ante la amenaza de otro orgasmo de mi gatita y me decidí a romperle el culo otra vez, puse mi glande en la puerta de aquel ojete dilatado y empujé suave abriendo la diana cinco veces más que con mi dedo. De inmediato mi glande se va abriendo paso en el culo mojado al que lo dirijo. La cara de mi nena va a dar a mi colchón después de introducir mi falo entero, sus nalgas sin embargo siguen al pie del cañón y no se mueven ni un milímetro de su posición erguida y dispuesta para recibir toda mi verga.

-Que delicia de culo tienes amor… Le gruñí en el lóbulo.

-Es tuyo mi amor, rómpeme mi culito, dame duro y ri… ¡HA!…

Sus gritos inundan la habitación llena de lujuria e impregnada de sexo al momento que dejo caer mi cuerpo en sus nalgas, enterrando así mi verga hasta la mitad y logrando por primera vez vencer la resistencia de aquel culo fuerte que termina rendido ante mi pito palpitante, dejando mi amada recostada boca abajo en mi colchón con mi garrote hundido en su ano. Comienzo a moverme sobre sus nalgas sujetándome de sus brazos, cada vez que muevo mi cuerpo hacia adelante mi nabo entra más y más ante sollozos de placer.

-¿Sabes qué es lo que más me gusta de tu culo? -Le gruño en la oreja mientras sigo penetrando aquella cavidad prohibida y apretada que palpita y palpita sin descanso ante mis embestidas.

-…

-¡¿Sabes qué es lo que me gusta de tu culo? -Grito ante el silencio de la hembra que más que preocuparse por hablar se preocupa por respirar y por soportar el dolor de mi verga enganchada en lo profundo de sus entrañas.

-¿Qué… Pa..pi…to? -Gime apenas con fuerzas suficientes para expresar aquello.

-Que es mío.

Al momento de decirlo dejo caer entero el peso en un único punto concentrando así todas mis fuerzas en mis caderas y hundiendo mi falo entero en su culo. Ella araña las sábanas y hunde su cara en el colchón ahogando así sus gemidos. Ella pierde el conocimiento en un montón de orgasmos que explotan en la habitación como estrellas sin orden…

Despierta y está en mis brazos que la sujetan por debajo de sus rodillas y por su espalda. Su culo no deja de chorrear el semen que desprendí hasta sus entrañas.

-Papito… Quiero más.

Mi verga se pone dura otra vez ante aquellas palabras.

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