Conversación con Marcos – Segunda parte
- ¿Qué me dices?, ¿estás preparada para escuchar mi proposición?
- Dispara –volvà la mirada hacia él, que seguidamente sonrió.
- Este último año me he movido por unos ambientes algo singulares, Abril, digamos que… ¿poco corrientes? He tratado con personajes que ni te puedes llegar a imaginar; muchos de ellos conocidos polÃticos, célebres de la televisión, algún  que otro intelectual… la mayorÃa con la vida organizada, familia… pero todos ellos con un interés en común: el sexo en todo su esplendor.
- ¿Me estás hablando de las famosas partouzes?
-Â En cierto modo sÃ, pero no exactamente.
- ¿Prostitución de lujo?, ¿sado clandestino?
- ¿Te acuerdas de Brigitte?, ¿aquella novia de Montpellier?
- ¿La escultora?
- La misma. Pues bien, hemos vuelto a tener contacto, a través de ella he entrado en esta asociación.
- ¿Asociación? Me estás acojonando, Marcos.
- No hacemos nada más que exponer nuestras fantasÃas sexuales llevándolas a cabo si éstas son posibles. Nos reunimos una vez al mes, generalmente en España, y ponemos sobre la mesa las de cada socio del club. Normalmente estamos de acuerdo, siempre hay el tÃpico pasado de rosca que solicita cosas ilegales, ya sabes… pero lo llevamos bastante bien.
Fragancias y sexo
El dÃa habÃa sido caluroso; las 6 horas que mi piel se habÃa dejado acariciar por el sol y la brisa marina empezaban a pasar factura reclamando urgentemente una ducha fresca y apaciguar la temperatura corporal encharcandome entre una buena dosis de after sun. La sensación del chorro de agua sobre mi rostro, el cabello mojado pegándose a la espalda, el contraste de frÃo que me proporcionaba el hidratante hacÃa que, poco a poco me fuera sumiendo en un solo deseo, el de abandonarme desnuda sobre la cama. Abrà la ventana, dejando que entrara por las rendijas de la persiana, el aire necesario para mantener fresca la estancia.
Cerré los ojos, consciente de que una parte de mi, no querÃa dormirse, aún asÃ, no consigo precisar el momento justo en que note aquellas presencias; solo recuerdo, que oà algo a los pies de la cama. Con los ojos entrecerrados, busque qué podÃa ser, no vi nada y opte por cerrarlos de nuevo; fue cosa de segundos lo que tarde en volver a notar que no estaba sola, asà que esta vez, fije la mirada justo a mis pies. La penumbra de la habitación no me facilitaba distinguir con claridad unas pequeñas siluetas que se agazapaban y desplazaban a mi alrededor; permanecà inmóvil pero sin miedo, si de algo estaba segura era de que, fuera lo que fuera, me eran familiares.
Fantaseando mientras duermes
Kaonashi
Sumida en un sueño liviano, tus susurros se hicieron cada vez más fuertes en mis oÃdos. Lidiando con el sopor traté de agudizar mi audición, pero no podÃa comprender tus murmullos. Luego, fluidamente dejaste escapar palabras que yo intentaba descifrar.
Mil fantasÃas le confesaste a tu almohada ignorando mi presencia; cierto morbo despertó repentinamente en mà y tornó mi adormecimiento en avidez libidinosa. Fascinada al escuchar tus retorcidos deseos, te observaba, imaginando estar en tus sueños protagonizando tus pretensiones.
Una fuente desbordada de pensamientos impuros recorrió mi mente cuando tu voz entró en mÃ. Mi imaginación desembocó en la desesperada necesidad de probarte, tocarme, sentirte.
Tantas imágenes de tu lengua invadiendo mi sexo, de tus manos recorriendo mi carne, de mi boca mordiendo la tuya. Escenas surrealistas de tus manos hundiendo artefactos del placer en mà me invadieron.
Sin poder contenerme busqué tu cuerpo más allá de las sábanas, y encontré tu alma envuelta en delirios carnales. Tú seguiste el camino que mi silueta te enseñó y encontraste en mi cuerpo el remanso de tus fantasÃas más Ãntimas.
Nos estremecimos cuando entraste en mà una y otra vez. Disfruté cada centÃmetro que lamiste, cada vez que hambriento buscaste mis senos para nutrirte con mi esencia; bebiste la savia que mi sexo te ofreció, mordiste mis muslos y regaste mi pecho con tus jugos.
Deliré con tus dedos en mi boca descosiendo cada inhibición, me estremecà cuando tus manos apretaron fuertemente mis caderas mientras me penetrabas ferozmente y liberabas tus demonios.
Me arrancaste los gemidos hasta llevarme al éxtasis. El más pleno, sublime y delicioso. Mi savia del placer fue tuya, otra vez.
Luego de ver tu rostro de satisfacción y de sentir el inimitable dolor del placer, me doy cuenta de que fui presa de tus distorsionadas fantasÃas, pero me siento libre porque el placer me libera, tu placer me libera, el dolor de tu placer.
Tras la justa, te dormiste de nuevo y continuaste soñando con tus fantasÃas, que ahora son mÃas; yo, me desvanecà pensando en la lujuria que me ofrecen tus placeres, y en el momento en que de nuevo intercambiemos caricias por latigazos.

