Te quiero sólo por esta noche

Tenías las cicatrices donde el corazón y venías a que te lamiera las heridas. Esa noche, como todas las anteriores, trajiste al mismo tiempo la vergüenza y el dolor.
Alcohol, música, amor y otras drogas.
- Dime que me quieres – me dijiste.
- Sólo por esta noche.
  Y estaba dispuesta a dártelo todo si tú hacías lo mismo.
Comenzamos a desnudarnos, a acariciarnos como si la piel fuera un tesoro en peligro de extinción, como si cada lengua luchara por saborear mejor que la otra la pasión del momento.
Bocas con sabor a whisky, prediciendo ya la resaca de besos del día siguiente; engañando al vacío una y otra vez, llenando el hueco con mentiras capaces de hacernos perder el sentido.
No sé si era el calor que hacía fuera o mi calor que salía hacia afuera y se apoderaba de mí al mismo tiempo.
- Déjame ver ese culo.
Y me diste la vuelta, poniéndome de espaldas a ti y dándome un pequeño azote en las nalgas. Se me escapó una risilla que tú  te encargaste de sustituir por un gemido cuando te agachaste y decidiste curar también con saliva las heridas de mi entrepierna.

Un dedo, dos, tres… perdí la cuenta y la razón no sin luego pintar de placer cada rincón de tu cuerpo y de aquellas paredes traductoras de orgasmos que guardarían el eco de los gemidos y escribirían con tinta invisible la receta para evadirte de tus problemas, esa receta que siempre vuelves a leer aunque la recuerdes.

Fantasías de sumisión

Esa mañana me puse unos vaqueros ajustados y una camisa con escote que dejara ver parte de mis pechos. Al entrar en clase me senté en primera fila, como siempre. Estaba lista para empaparme de todo conocimiento posible. Aunque en realidad, no era de conocimiento de lo que más quería empaparme.

Me sentía totalmente atraída por mi profesor de antropología de la universidad. Cada cosa que explicaba, cada cosa que decía, cada sílaba que pronunciaba, me parecía totalmente un acto de provocación. Era curioso que palabras sin ningún tipo de contenido sexual me resultaran tan excitantes. Decía cosas como “HOMINIZACIÓN”, y automáticamente la sensación al oír aquella manera de entonar era inexplicablemente placentera. Suena raro, pero lo imaginaba gruñir mientras se corría en mi cara utilizando la misma melodía y… joder, me ponía a cien. Cuando peor lo llegaba a pasar era cuando eso mismo lo hacía mirándome fijamente a los ojos. Siempre tenía la sensación de que sólo con la mirada era capaz de desnudar mis obscenos pensamientos, quedando desprotegidos ante él. En esa situación me veía a mí misma como una perra vulnerable y sumisa, a la espera de las órdenes de su amo, el cual sabía cuáles eran todos y cada uno de sus puntos débiles.

Me encantaba sentarme cerca y focalizarlo sólo a él con la mirada imaginando que estábamos a solas, dando la clase sólo para mí, esperando que yo fuera una chica buena y aprendiera todo en una sola hora. Pero sabía que eso era prácticamente imposible, no podía aprenderme toda la lección tan rápido porque la mayoría del tiempo lo pasaba construyendo historias en mi cabeza y dotando de contenido erótico todo lo que él decía. Sería una chica mala, una perra mala que tendría que someterse a su voluntad.

Imaginaba escenas en las que a cuatro patas subía encima de su mesa de profesor para ser castigada con aquella regla tan grande que guardaba en el armario. Era mi castigo, así que mi deber era ofrecerme, dejar la piel al descubierto y esperar a ser azotada hasta que mis nervios tradujeran el dolor en placer.

Sonó el timbre. Mierda, otra vez lo había hecho, me había pasado la hora creando momentos que nunca llegarían a ocurrir. O eso creía.




* Entrada inspirada en una de las escenas que Sasha Grey relata en “La Sociedad Juliette”. 

Caperucita y el lobo