Agresión sexual

Me lo presentaron en una de las discotecas de ambiente más frecuentada de Sevilla, aunque ya lo conocía de vista. Nos besamos en la pista, y decidimos irnos juntos a por un poco de intimidad. Faltaban pocas horas para el amanecer y queríamos aprovechar.

Salimos del local y nos dispusimos a andar. Buscábamos un lugar para follar. Sería una nueva sesión de sexo entre matorrales, sexo entre coches aparcados, sexo sobre la acera, sexo prohibido, sexo entre hombres, sexo mal visto por la sociedad. Éramos dos seres que necesitaban justificarse, follando, ante la sociedad, para demostrar que no nos importa su opinión, que aún así seguiremos comiendo pollas, por el simple hecho de que nos gustan. Yo me convertiría en una polla más de su lista, él en una más de la mía. Sería una noche de “te quiero´´ con fecha de caducidad, un polvo. 

Andábamos por una avenida. Yo estaba muy caliente. Deseaba follar cuanto antes. No me importó que fuera un espacio abierto. Nos besamos. Comenzamos a acariciarnos, a sobarnos. Nos apoyamos contra un muro.

-¡MARICONES!- Un coche pasó, estaba lleno de gilipollas. Nos insultaron. Aunque para mí esa palabra no es un insulto.

Algo me avisó de que estábamos en peligro, mi amante también lo supo. Habíamos vivido experiencias similares. Éramos conscientes de que esos mamones buscaban gresca, y nosotros seríamos un blanco ideal para ellos. Agarré de la mano a mi amante y comenzamos a andar rápido. Pretendía llegar al centro, donde los callejones peatonales nos sirvieran de refugio. Un laberinto para borrachos, putas, maricones y algún que otro poeta. Entonces vi que el coche estaba dando un trompo en la lejanía. Se acercaban veloces aquellos cabrones. Frenaron a nuestro lado. Se bajaron cuatro mamaostias. En ese instante supe que comenzaba el baile. Soy especialista en problemas.

-¿A dónde vais tan rápido? ¿Estáis cagaos?

-Sí, en los muertos de tu padre, hijo de puta- Mi contestación fue rápida. No puedo evitar meterme en líos.

Se acercaron los hijos de puta. Mi amante no se inmutaba, tenía la cara descompuesta. Sabía que estábamos derrotados. Pero yo no estaba dispuesto a dejarme humillar por las buenas. Le di un puñetazo a uno, derribándolo. Había observado que uno llevaba en la mano una botella de ron, vacía. Le di un golpe en la mano para desarmarlo, no fuera a ocurrírsele estrellármela en la cara. La botella se rompió en mil pedazos contra el suelo. Luego, un mar de tortas y patadas llovieron sobre mí. Aunque confieso que alguna zurra pude propinar antes de derrumbarme al suelo. A mi amante no le tocaron, se limitaba a temblar. Mejor así, yo me llevo las tortas, pensé.

Uno de ellos recogió la boca de la botella rota. Le pasó el brazo por el cuello a mi ligue, dejando el filo de cristal junto a su yugular. En ese momento dejé de resistirme, no fuera a cometer una locura. Me conformaba con mi nariz y mis gafas rotas.

-¡MARICON!- Me llamó- ¡COMO TE MUEVAS RAJO A TU NOVIO!

El comentario le pareció gracioso a sus amigos, a mí, no. Con la mano libre se desabrochó los pantalones, dejándolos caer hasta los tobillos.

-¡CHUPAMELA, HIJO DE PUTA O RAJO A TU NOVIO, MARICON DE MIERDA!

Mi amante temblaba y lloraba. Yo también,  lo reconozco. Me aproximé de rodillas a nuestro agresor, despacio. Los secuaces jaleaban y coreaban al cabronazo del cristal, que sería el líder. Le bajé despacio los calzoncillos. Entonces se agarró el nabo y comenzó a mearme encima. Me llenó el pecho, el pelo, la cara. Me entró en los ojos. Se mezcló con la sangre de mi nariz.

-¡ABRE LA BOCA!

Tuve que abrirla. Tragué el meado, amarillento y cálido. Me sentí humillado.

-¡HAZME UNA MAMADA!

Fui obediente. Miré a mi amante, buscando comprensión y comencé a chupársela a nuestro agresor. Los amigos de este, hienas carroñeras, se pajeaban con la escena. Le trabajé la polla despacio. Esperé a que bajara la guardia a causa del placer, a que se relajara. Con una mano comencé a acariciarle los huevos.

-¿MARICON, TE GUSTA?- Afirmé con la cabeza, con su polla en mi boca- ¡LOS MARICONES SOIS UNOS ENFERMOS!

Una vez me enseñaron como se descojona a un hombre. Buscaba el momento apropiado. Detuve la mamada con la mitad de la polla en mi boca. Miré a mi agresor a los ojos.

-¡NO PARES!

Obedecí. Comencé a sentir que faltaba poco para que el cabronazo se corriera. Había llegado la hora de mi venganza. Volví a parar la mamada con la mitad de la polla en mi boca. Le miré de nuevo a los ojos. En ese instante mordí con fuerza. Sentí como la polla se deformaba contra mis dientes, llenándome la boca de sangre. Apreté hasta que noté como se separaba la mitad del nabo. A la vez, con la mano que acariciaba sus testículos, clavé las uñas por la parte trasera de la bolsa testicular y tiré hacia mí y hacia arriba. Los huevos se abrieron dejando caer el interior, unos conductos sanguinolentos. Los agarré y tiré de ellos hasta cortarlos.

Mi agresor se fue contra el suelo, inconsciente por el dolor. Estaba desangrándose por lo que le quedaba de nabo y por los huevos. Me levanté. Escupí el resto de polla que tenía en la boca sobre su pecho. Quedó pegada en su camisa, era un trozo de carne, pellejo y sangre. La sangre rebosaba por  la comisura de mis labios y llenaban mis manos.

Aproveché el desconcierto para agarrar a mi amante y huir. Antes de perderlos de vista giré la cabeza. Pude ver como intentaban reanimar al gilipollas. Aquel hijo de puta no volvería a hacer daño a nadie. Además, yo le había condenado a ser infértil. Le arranqué los testículos y la mitad de la polla…

Gléz-Serna

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