Archive for the ‘Relatos de Juaren’ Category
La comida (opcion 2)
Publico la segunda opción del relato que puse el otro día http://relatos.com.es/relato-erotico/la-comida-opcion-1/ Pongo también la parte común para no tener que ir al otro relato. -> COYOTE
BY JUAREN
Irene llevaba una vida tranquila, tenía a su novio Carlos, que se portaba muy bien con ella, la cuidaba lo mejor posible y era un chico muy tranquilo y dulce.
En el trabajo no la iba mal para como estaban las cosas. Era secretaria en un bufette de abogados y aunque la cosa había bajado el trabajo seguía en pie, no habían tenido que despedir a nadie y eso era algo que todos celebraban. Habían aguantado un mal año, pero parecía que las cosas se iban mejorando. Habían conseguido unos buenos contactos, e Irente habia echo bien su trabajo. EL jefe la felicitaba por que si no hubiera sido por ella, se hubiera perdido mucha información que tenían guardada. LLevaba todo al día y no la importaba trabajar horas extras. Carlos tenia turno de tarde y eso dejaba poco tiempo para verse. Así que ella como tenía jornada continua, a veces no la importaba echar mas horas.
Cuando llegaba a casa comía y se echaba la siesta. Después se ponía hacer la casa, lo que no había hecho Carlos, que aunque trabajaba de tarde, le gustaba hacer lo que pudiera en casa. No le gustaba dejarle todo a Irene. La verdad que era un cielo. Pero a veces le gustaría que pudieran coincidir más, porque cuando él llegaba a casa, o venía muy cansado o ella ya estaba durmiendo. Pero aún así él siempre tenía detalles con ella: se levantaba temprano para darse una ducha juntos, aunque él luego se volviera a la cama; otras veces la dejaba preparado el desayuno…
Carlos había sido muy atractivo cuando era más joven, siempre muy deportista y cuidado. Pero ahora tenía poco tiempo libre y aunque intentaba sacar tiempo para cuidarse un poco, había cogido unos kilos extra. A Irene tampoco es que la importara mucho su aspecto físico, pues lo que mas la importaba es como era el realmente en el interior y en eso era lo mas bello que había visto. Cada vez se acostumbraba más a su cojín rellenito, donde apoyaba la cabeza para echarse las siestas. Aún recordaba sin embargo cuando tenía esa tableta que, aunque no fuera muy marcada, siempre le habia gustado.
Irene tenía ahora 33 años. Era alta para ser mujer: 1.76 y aunque había estado mas delgada en otros tiempos, aún se conservaba dentro de unos márgenes. Tenía bonitas curvas, las piernas ya no tan torneadas todavía mantenían su encanto y como siempre llevaba tacones pues la estilizaban mucho más. En su trabajo el aspecto es importante, aunque la gente no lo diga, nadie se fija en una secretaria fea y mucho menos, aunque lo niegen, le dan trabajo si hay una guapa que casi haga lo mismo.
Ella se había ganado su puesto a base de esfuerzo y habían llegado dos chicas nuevas. Una era regordita, pero muy salada y la otra era un bellezón. Ella mantuvo su puesto, pues en su trabajo todo el mundo la adoraba tanto por el trato que daba, como por el buen trabajo que realizaba. De las dos nuevas eran muy similiares, la gordita para ella era algo más trabajadora, y no perdía mucho el tiempo en mirar páginas externas por internet, siempre tenía una sonrisa que te hacia sentir mejor y tenií una voz muy dulce. Por lo contrario “la modelo” como la llamaban por la oficina, era eficiente pero siempre estaba distraída y se le perdían cosas, pero los tíos de la oficina la adoraban, siempre pasaban por delante de ella, aunque su cubículo estuviera en la otra esquina. Además vestía muy provocativa. La gustaba mirar pícaramente al resto y calentarlos pero aunque muchos lo intentaron, nadie se la llevaba. Era muy lista.
Al final del período de pruebas echaron a la pobre gordita, la dijeron que les había gustado y que ojalá pudieran tener a las dos pero que ahora mismo no había bla bla bla. A los jefes siempre les ha gustado poder traer clientes y que se queden embobados mirando las maravillosas piernas de la secretaria. Irene tenía suerte, sabía que no era tan guapa como la otra, pero tampoco se quedaba atrás. Además tenía ropa muy linda que ponerse, que aunque fuera menos provocativa, sabía que más de una vez sus compañeros la habían deseado. Más de uno había intentado ligar con ella, pero a ella ese tipo de hombres no le gustaban: eran feos por dentro. Los oía pegando gritos e intentando aprovecharse de la pobre gente.
Pero llegó Pedro. Se habían ido por su propia voluntad dos abogados para intentar establecerse por libre, pensando que así podrían sacar más tajada de los clientes propios que tenían. Y la empresa intentó pescar algún abogado joven que no costara mucho dinero pero que fuera emprededor.
Hubo tres candidatos para un solo puesto. Los tres chicos tenían buenas referencias y parecían aplicados. Durante el periodo de pruebas los tres consiguieron buenos números. Pero Pedro era especial. No solo conseguía buenos clientes sino que los clientes quedaban muy contentos con él. Lo que sorprendía a Irene es que casi todos sus clientes eran mujeres. Muchas de ellas viudas o divorciadas, que sacaban mucho dinero a sus maridos. Irene no quería ser mal pensada, pero… Pedro, que era un chico de unos 26 años, alto, y con muy buena percha. Tenía el pelo largo recogido y una cara cuadrada. Se podía ver que tenía unos fuertes brazos y las camisas ceñidas que llevaba escondían un perfecto cuerpo. Irene se le quedaba mirando a veces al pasar, Pedro siempre la sonreía con más que cortesía y creyó pillarle mirándola desde lejos.
La verdad que Irene era feliz, pero no podía dejar de pensar a veces en Pedro. Irene se sentía culpable; sabía que la falta de sexo que tenía ocasionalmente, no era por falta de voluntad de Carlos, ya que él siempre intentaba tenerla satisfecha, pero a veces no era suficiente. Ella tampoco es que quisiera siempre, ni quisiera estar todo el tiempo, pero habia días que se sentía un poco abandonada. Irene, al contrario que piensen muchas mujeres, no era de masturbarse a diario, sólo lo hacía como medida de precaución y cuando no podia aguantar. Para eso era humana. Normalmente Carlos hacía los deberes… ¡y cómo los hacía! Era muy dulce, muy intenso y muy generoso. Pero ahora Carlos estaba pasando una mala racha en la empresa, que al contrario que la suya, habían tenido que despedir a varios compañeros y corrían muchos rumores.
Carlos estaba bastante estresado, aunque llevaba muchos años en la empresa y él era uno de los responsables, su puesto no corría peligro pero él tenia bajo su cargo a varios trabajadores, que si llegase el momento, él mismo tendría que despedir. Amigos suyos. Y eso podía con él, más que si fuese él el que fuese a ser despedido. Irene no le presionaba y más o menos siempre conseguía lo que se proponía con Carlos, pero últimamente necesitaba más y el pobre Carlos no siempre estaba disponible.
La semana siguiente de que hicieran fijo a Pedro, éste se encontraba en una nube, había cerrado otro cliente al que habian sacado buena tajada, la clienta, como no podía ser de otra forma, parecía estar muy satisfecha. Eran dos hermanas que habían conseguido gracias a un juicio, conseguir la casi totalidad de una herencia donde había de por medio otros miembros de la familia. Pedro había echo un buen trabajo según había entendido.
Irene fue al baño, no le gustaba mucho tener que ir al de la oficina, pero cuando hay una urgencia: hay una urgencia. Al sentarse oyó entrar a un par de mujeres hablando, ella no podía concentrarse cuando había gente y menos si ésta no paraba de hacer ruido. Las mujeres se pusieron a hablar y a reír. Su conversación parecía subida de tono porque no paraban de reírse como dos colegialas. Por lo que pudo entender al comienzo, estaban muy contentas por lo que habían conseguido de la herencia. Así que estas dos eran las hermanas. Pero entonces la conversación se tiñó de un tono que a Irene la pilló por sorpresa. Empezaron a hablar de Pedro, que les había echo un buen servicio, y la otra respondia que sí, que un gran servicio personalizado; y volvieron a reírse. Por lo que entendió en la conversacion que siguió, Pedro era un buen abogado, pero que como amante no tenia precio: que era un toro desbocado y que había podido pasar toda una noche con las dos mujeres, hasta que estas quedaron dormidas de agotamiento. Empezaron a hablar del gran tamaño de su virilidad y de cómo sabía lo que les gusta a las mujeres. Las dos reían: esperaban poder volver a llamarlo para cualquier cosa y poder acostarse nuevamente con él.
Estaban describiendo tan detalladamente a Pedro que Irene empezó a ponerse colorada y un poco excitada, ya había pensado en Pedro, pero estas mujeres daban mas chicha a su conversación. Irene nunca había estado así por un hombre que no fuese su marido. Intentó quitarse la imagen de la cabeza y cuando las mujeres se fueron, ella salió de su sitio. Se mojó bien la cabeza y bebió un trago de una botella de agua y volvió a su sitio. Intentó no imaginarse a Pedro desnudo, tocándola, besando su cuerpo y ella tocando cada centímetro de su cuerpo.
Irene se culpó y estuvo a punto de llorar. Entonces apareció Pedro:<< ¿Estas bien Irene? >> Irene intentó recordar cuando había hablado con Pedro alguna otra vez y sí, ella le había dicho su nombre, toda la oficina la conocía, pero nadie la había tuteado la primera vez. << Sí, gracias. Solamente estoy un poco estresada con algunos asuntos personales >>. Pedro se acercó a ella, se sacó un pañuelo y la limpió los ojos. Su mano rozó la mejilla de Irene y ésta se aceleró. << No te preocupes cielo, todo en esta vida se puede solucionar, sólo tienes que coger al toro por los cuernos, y saber lo que quieres >>. Pedro sonrió de una forma casi divina. Irene empezó a temblar, ¿podría leerle los pensamientos?. << Gracias Pedro >> Éste sonrió y se alejó de la mesa.
Cuando Irene creyó que podía volver a respirar, Pedro volvió: << Perdona que te moleste de nuevo, pero he pensado… >> Se detuvo para decir lo que quería decir con las palabras exactas. << Hoy he cerrado un buen negocio y pensaba celebrarlo. Veo que necesitas alegrarte un poco, ¿te apetecería tomar un trago o comer algo al salir del trabajo? >>. Sus palabras aunque muy educadas, tenían un doble sentido que Irene no le costó nada pillar. Irene pensó antes de contestar << No lo sé, tenía pensado comer en casa, hoy iba a comer con… >> se atragantó con sus palabras y volvió atras y dijo simplemente << No lo sé >>. Tras decir esto se dió cuenta que había traicionado a Carlos, pero no era ella misma ahora mismo. Pedro aunque en parte disgutado por un leve gesto que hizo con la frente, volvió a la carga, estaba claro cómo Pedro conseguía a sus clientas: persuasión y continuidad. << Bueno yo estaré en el bar de abajo de 14.00 a 14.15. Si quieres pásate, me haría muchísima ilusión compartir este buen momento contigo. Necesito estar con alguien y creo que tu también. Te espero cielo >> y tras dedicarla la mejor de su sonrisas se fue.
A Irene le palpitaba el corazón, sabía cuales eran las intenciones de Pedro, pero… ¿ hasta dónde sería ella capaz de llegar? No era una mujer que estuviera mal en su matrimonio, o que su marido fuera un cabrón, pero Pedro era….. Pedro. Irene no dió pie con bola en toda la mañana, a sus compañeros les extrañó su forma de actuar: ella hacía caso omiso de los comentarios. Hoy iba a comer con Carlos, hacía tiempo que no comían juntos y él había hecho un hueco para que pudieran coincidir. Pero Irene no queria perder esta ocasión ¿Qué hacía? Se acercaban las 14.00 . ¿Qué podía hacer ella…?
OPCION 2:
Irene estaba nerviosa, no sabía qué hacer. Eran las dos. Miró su movil pensando en escribir un mensaje a Carlos, pero o no sabía que poner o no quería hacerlo. Así que prefirió no hacerlo.
Bajó a la calle aunque antes de ir a casa pasó por el bar para ver si estaba Pedro. Allí estaba él en la barra hablando con la camarera, que estaba hipnotizada. Pedro era un dios. Pero no estaba segura del todo si merecía la pena arriesgar tanto por aquel hombre que casi ni había conocido.
LLegó pronto a casa y se puso a hacer la comida. Quería preparar pasta. No sabía por qué pero le apetecía hacer una lasaña Italiana.
Entonces, todavía preparando la masa, oyó llegar a Carlos. << Cariño, estoy en la cocina >>. Ella seguía inmersa en poner a punto la pasta. Sintió llegar a Carlos, que la paso la mano por la cintura, con una suavidad que la encantaba y entonces notó su boca en su cuello. La besaba como si ella fuera la única mujer del mundo: besos largos y suaves. Las manos de Carlos la apretaron la cintura, y empezaron a recorrer toda su contorno hasta llegar a los hombros. Carlos empezó a besarla por la nunca y por el otro lado del cuello, subiendo hasta la oreja para decirla al oído: << Eres mi diosa de carne y hueso, sueño contigo cada noche. Eres el aire que me hace respirar. En tí nazco y en ti muero. Eres la sangre que bombea mi corazón, porque tú, Irene, eres mi vida >>. Irene se quedó paralizada, hasta sintió que la caían lágrimas de alegria.
Carlos movió sus brazos desde los hombros de Irene,muy poco a poco, por los brazos, hasta llegar a los dedos de ella que estaban en la masa. Él se puso a masajear la masa, con las manos de Irene. << ¡Qué tonto soy!, no me he lavado las manos a llegar a casa, ahora no tendremos nada que comer, ¿qué hacemos? >> Irene se rió suavemente. Lo que le encantaba de Carlos era lo dulce y divertido que era.
Carlos empezó a quitarla la camisa botón a botón. Lo hacía despacio: quería darle todo a Irene y que ella disfrutara de cada segundo que iban a pasar juntos. Cuando la camisa estuvo quitada, empezó a acariciarla la cintura y el vientre, llenándola de masa. Cosa que a Irene no la importó en absoluto. Ella giró la cabeza para poder besar a su hombre y éste la devolvió el beso. Era un beso ardiente, lleno de pasión, pero con una dulzura que sólo se consigue con la persona que amas. El beso tuvo de todo lo que se puede sentir. Era como unirse a la otra persona, ninguno de los dos sabía cuál era el comienzo y cuál era el final de su lengua. Irene le acarició el pelo y apretó fuerte contra ella su cabeza. Carlos se puso a subir las manos por el vientre de ella, para empezar a cariciarla los pechos, con mimo, con detalle, sin apretar de más, haciendo que los pezones de ella se pusieran duros y después a acariciar los pezones, donde Irene no pudo controlar un temblor en las piernas.
Carlos la giró y la subió en la encimera. Siguió besándola en la boca, pero sus manos la deseaban, y así lo notaba ella: la tocaba cada centímetro de su piel, haciéndola estremecer. Su boca bajó desde la boca, por la barbilla, cuello hasta llegar a los pechos y empezó a besarlos con dulzura. Irene se sentía deseada, pero sobre todo querida. Y eso era algo que apreciaba mucho.
SIguió bajando hasta encontrar su sexo. Y se puso a mimarla, a besar con esmero y dedicación. Eran muchos años y ya sabia como le gustaba: ni muy suave ni muy bruto y con un poco de dientes. Irene agarraba la cabeza de Carlos entre sus muslos y la apretaba leventemente contra ella, separaba bien las piernas para dejarle espacio para que pudiera respirar. Mientras, los dedos de Carlos la acariciaban todos su sexo y buscaban activar todos sus nervios. Él notó cómo la respiración y los tics de Irene se aceleraban: ella iba a tener ya su primer orgasmo. Carlos la apretó el clítorix para alargarlo más. Era algo que sabía hacer muy bien y que ella le agradecía.
Ella le pidió que la dejara terminar, que no la hiciera sufrir más y que la besara. Él la complajo y se volvieron a besar, compartiendo el sabor de sexo de Irene entre los dos. Él se desabrochó los pantalones y dejó ver su largo sexo. Se acercó a la encimera, que le pillaba a una buena altura, y tras rozarse preliminarmente contra el sexo de ella, empezó a penenetrarla muy suavmente. Irene notababa cada centímetro que iba entroduciéndose en ella y pegó pequeños gemiditos de placer. Cuando ya estaba dentro él comenzó a darle más y máss ritmo: al compás de la respiracion de Irene. Ella le apretó con sus piernas y con sus brazos: quería sentirle junto a ella. Le apretaba tan fuerte que parecía que su cuerpo iba a absorver el de Carlos.
Éste se separó de ella, la bajó con mucho cariño de la encimera y la tumbó en la mesa. Vlvió a echarse encima de ella, pero esta vez la levantó las piernas y se las colgó encima de los hombros. Irene disfrutaba con cada penetración, pero en su cara se veía cómo añoraba poder notar todo el pecho de Carlos junto a ella. Carlos se inclinó más, e Irene notó cómo la tocaba en una zona que la excitó muchísimo: cada roce en esa zona provocaba un mini orgasmo, que la estaba dejando todalmente rendida. No sabía cuantos llevaba ya, pero tenía casi los ojos en blanco del placer que aquel, su hombre, la estaba dando.
Él la levantó de la mesa y volvió a dedicarla unos besos en la boca, mientras el sexo de él la tocaba en el vientre. A ella la encantó sentir aquel duro miembro contra su vientre y ella empezó a tocarlo con la mano. La hubiera encantado metérsela en la boca y saborear su sexo, a la vez que aquel maravilloso sabor de él, pero cada beso que la daba en la boca, era oxígeno puro que la nublaba el cerebro. Era el placer mas puro: besarle. Él la separó, sonrió con dulcura y la dijo: << Si no te hubiera conocido te hubiera inventado, por que si no fuera para mirarte ya no tendría cinco sentidos. Eres la mujer de mi vida, y te amo, Irene >>. Volvieron a fundirse en un ardiente beso hasta que Carlos la dió la vuelta y ella sintió su pene en sus nalgas.
Despacio, ella se fue inclinando hacia la mesa y el pene fue recorriendo el camino entre sus núcleos, paseándose por el agujerito del culo, hasta posarse en su sitio. Las manos de Carlos seguían acariciando la espalda de Irene, e introdujo nuavamente su pene dentro de ella. Ahora los moviemientos eran más rápidos. Irene se giró para poder mirar a los ojos de Carlos, que no la perdían de vista. Los dos veían como disfrutaba el otro. Los dos jadeaban incansables. Los dos funcionaban al mismo ritmo cardíaco, como si la sangre brotara de un único corazón y en un éxtasis, los dos llegaron al orgamo a la vez. Él terminó dentro de ella.
Se inclinó encima de ella buscando el tacto de su espalda y de su boca. Se besaron dulcemente, hasta que ella le cogió del cuello se lo llevó a la cama dónde se quedó dormidita encima de él mientras él la envolvía con su brazo como si fuera un alita de pájaro y la apretaba contra su corazón.
FIN
La comida (Opción 1)
Este relato tiene dos opciones para el final, según la elección de los lectores a la pregunta que se plantea. Así que hoy publicaré el principio común y la primera de las opciones. La segunda la publicaré a lo largo de esta semana. -> COYOTE
BY JUAREN
Irene llevaba una vida tranquila, tenía a su novio Carlos, que se portaba muy bien con ella, la cuidaba lo mejor posible y era un chico muy tranquilo y dulce.
En el trabajo no la iba mal para como estaban las cosas. Era secretaria en un bufette de abogados y aunque la cosa había bajado el trabajo seguía en pie, no habían tenido que despedir a nadie y eso era algo que todos celebraban. Habían aguantado un mal año, pero parecía que las cosas se iban mejorando. Habían conseguido unos buenos contactos, e Irente habia echo bien su trabajo. EL jefe la felicitaba por que si no hubiera sido por ella, se hubiera perdido mucha información que tenían guardada. LLevaba todo al día y no la importaba trabajar horas extras. Carlos tenia turno de tarde y eso dejaba poco tiempo para verse. Así que ella como tenía jornada continua, a veces no la importaba echar mas horas.
Cuando llegaba a casa comía y se echaba la siesta. Después se ponía hacer la casa, lo que no había hecho Carlos, que aunque trabajaba de tarde, le gustaba hacer lo que pudiera en casa. No le gustaba dejarle todo a Irene. La verdad que era un cielo. Pero a veces le gustaría que pudieran coincidir más, porque cuando él llegaba a casa, o venía muy cansado o ella ya estaba durmiendo. Pero aún así él siempre tenía detalles con ella: se levantaba temprano para darse una ducha juntos, aunque él luego se volviera a la cama; otras veces la dejaba preparado el desayuno…
Carlos había sido muy atractivo cuando era más joven, siempre muy deportista y cuidado. Pero ahora tenía poco tiempo libre y aunque intentaba sacar tiempo para cuidarse un poco, había cogido unos kilos extra. A Irene tampoco es que la importara mucho su aspecto físico, pues lo que mas la importaba es como era el realmente en el interior y en eso era lo mas bello que había visto. Cada vez se acostumbraba más a su cojín rellenito, donde apoyaba la cabeza para echarse las siestas. Aún recordaba sin embargo cuando tenía esa tableta que, aunque no fuera muy marcada, siempre le habia gustado.
Irene tenía ahora 33 años. Era alta para ser mujer: 1.76 y aunque había estado mas delgada en otros tiempos, aún se conservaba dentro de unos márgenes. Tenía bonitas curvas, las piernas ya no tan torneadas todavía mantenían su encanto y como siempre llevaba tacones pues la estilizaban mucho más. En su trabajo el aspecto es importante, aunque la gente no lo diga, nadie se fija en una secretaria fea y mucho menos, aunque lo niegen, le dan trabajo si hay una guapa que casi haga lo mismo.
Ella se había ganado su puesto a base de esfuerzo y habían llegado dos chicas nuevas. Una era regordita, pero muy salada y la otra era un bellezón. Ella mantuvo su puesto, pues en su trabajo todo el mundo la adoraba tanto por el trato que daba, como por el buen trabajo que realizaba. De las dos nuevas eran muy similiares, la gordita para ella era algo más trabajadora, y no perdía mucho el tiempo en mirar páginas externas por internet, siempre tenía una sonrisa que te hacia sentir mejor y tenií una voz muy dulce. Por lo contrario “la modelo” como la llamaban por la oficina, era eficiente pero siempre estaba distraída y se le perdían cosas, pero los tíos de la oficina la adoraban, siempre pasaban por delante de ella, aunque su cubículo estuviera en la otra esquina. Además vestía muy provocativa. La gustaba mirar pícaramente al resto y calentarlos pero aunque muchos lo intentaron, nadie se la llevaba. Era muy lista.
Al final del período de pruebas echaron a la pobre gordita, la dijeron que les había gustado y que ojalá pudieran tener a las dos pero que ahora mismo no había bla bla bla. A los jefes siempre les ha gustado poder traer clientes y que se queden embobados mirando las maravillosas piernas de la secretaria. Irene tenía suerte, sabía que no era tan guapa como la otra, pero tampoco se quedaba atrás. Además tenía ropa muy linda que ponerse, que aunque fuera menos provocativa, sabía que más de una vez sus compañeros la habían deseado. Más de uno había intentado ligar con ella, pero a ella ese tipo de hombres no le gustaban: eran feos por dentro. Los oía pegando gritos e intentando aprovecharse de la pobre gente.
Pero llegó Pedro. Se habían ido por su propia voluntad dos abogados para intentar establecerse por libre, pensando que así podrían sacar más tajada de los clientes propios que tenían. Y la empresa intentó pescar algún abogado joven que no costara mucho dinero pero que fuera emprededor.
Hubo tres candidatos para un solo puesto. Los tres chicos tenían buenas referencias y parecían aplicados. Durante el periodo de pruebas los tres consiguieron buenos números. Pero Pedro era especial. No solo conseguía buenos clientes sino que los clientes quedaban muy contentos con él. Lo que sorprendía a Irene es que casi todos sus clientes eran mujeres. Muchas de ellas viudas o divorciadas, que sacaban mucho dinero a sus maridos. Irene no quería ser mal pensada, pero… Pedro, que era un chico de unos 26 años, alto, y con muy buena percha. Tenía el pelo largo recogido y una cara cuadrada. Se podía ver que tenía unos fuertes brazos y las camisas ceñidas que llevaba escondían un perfecto cuerpo. Irene se le quedaba mirando a veces al pasar, Pedro siempre la sonreía con más que cortesía y creyó pillarle mirándola desde lejos.
La verdad que Irene era feliz, pero no podía dejar de pensar a veces en Pedro. Irene se sentía culpable; sabía que la falta de sexo que tenía ocasionalmente, no era por falta de voluntad de Carlos, ya que él siempre intentaba tenerla satisfecha, pero a veces no era suficiente. Ella tampoco es que quisiera siempre, ni quisiera estar todo el tiempo, pero habia días que se sentía un poco abandonada. Irene, al contrario que piensen muchas mujeres, no era de masturbarse a diario, sólo lo hacía como medida de precaución y cuando no podia aguantar. Para eso era humana. Normalmente Carlos hacía los deberes… ¡y cómo los hacía! Era muy dulce, muy intenso y muy generoso. Pero ahora Carlos estaba pasando una mala racha en la empresa, que al contrario que la suya, habían tenido que despedir a varios compañeros y corrían muchos rumores.
Carlos estaba bastante estresado, aunque llevaba muchos años en la empresa y él era uno de los responsables, su puesto no corría peligro pero él tenia bajo su cargo a varios trabajadores, que si llegase el momento, él mismo tendría que despedir. Amigos suyos. Y eso podía con él, más que si fuese él el que fuese a ser despedido. Irene no le presionaba y más o menos siempre conseguía lo que se proponía con Carlos, pero últimamente necesitaba más y el pobre Carlos no siempre estaba disponible.
La semana siguiente de que hicieran fijo a Pedro, éste se encontraba en una nube, había cerrado otro cliente al que habian sacado buena tajada, la clienta, como no podía ser de otra forma, parecía estar muy satisfecha. Eran dos hermanas que habían conseguido gracias a un juicio, conseguir la casi totalidad de una herencia donde había de por medio otros miembros de la familia. Pedro había echo un buen trabajo según había entendido.
Irene fue al baño, no le gustaba mucho tener que ir al de la oficina, pero cuando hay una urgencia: hay una urgencia. Al sentarse oyó entrar a un par de mujeres hablando, ella no podía concentrarse cuando había gente y menos si ésta no paraba de hacer ruido. Las mujeres se pusieron a hablar y a reír. Su conversación parecía subida de tono porque no paraban de reírse como dos colegialas. Por lo que pudo entender al comienzo, estaban muy contentas por lo que habían conseguido de la herencia. Así que estas dos eran las hermanas. Pero entonces la conversación se tiñó de un tono que a Irene la pilló por sorpresa. Empezaron a hablar de Pedro, que les había echo un buen servicio, y la otra respondia que sí, que un gran servicio personalizado; y volvieron a reírse. Por lo que entendió en la conversacion que siguió, Pedro era un buen abogado, pero que como amante no tenia precio: que era un toro desbocado y que había podido pasar toda una noche con las dos mujeres, hasta que estas quedaron dormidas de agotamiento. Empezaron a hablar del gran tamaño de su virilidad y de cómo sabía lo que les gusta a las mujeres. Las dos reían: esperaban poder volver a llamarlo para cualquier cosa y poder acostarse nuevamente con él.
Estaban describiendo tan detalladamente a Pedro que Irene empezó a ponerse colorada y un poco excitada, ya había pensado en Pedro, pero estas mujeres daban mas chicha a su conversación. Irene nunca había estado así por un hombre que no fuese su marido. Intentó quitarse la imagen de la cabeza y cuando las mujeres se fueron, ella salió de su sitio. Se mojó bien la cabeza y bebió un trago de una botella de agua y volvió a su sitio. Intentó no imaginarse a Pedro desnudo, tocándola, besando su cuerpo y ella tocando cada centímetro de su cuerpo.
Irene se culpó y estuvo a punto de llorar. Entonces apareció Pedro:<< ¿Estas bien Irene? >> Irene intentó recordar cuando había hablado con Pedro alguna otra vez y sí, ella le había dicho su nombre, toda la oficina la conocía, pero nadie la había tuteado la primera vez. << Sí, gracias. Solamente estoy un poco estresada con algunos asuntos personales >>. Pedro se acercó a ella, se sacó un pañuelo y la limpió los ojos. Su mano rozó la mejilla de Irene y ésta se aceleró. << No te preocupes cielo, todo en esta vida se puede solucionar, sólo tienes que coger al toro por los cuernos, y saber lo que quieres >>. Pedro sonrió de una forma casi divina. Irene empezó a temblar, ¿podría leerle los pensamientos?. << Gracias Pedro >> Éste sonrió y se alejó de la mesa.
Cuando Irene creyó que podía volver a respirar, Pedro volvió: << Perdona que te moleste de nuevo, pero he pensado… >> Se detuvo para decir lo que quería decir con las palabras exactas. << Hoy he cerrado un buen negocio y pensaba celebrarlo. Veo que necesitas alegrarte un poco, ¿te apetecería tomar un trago o comer algo al salir del trabajo? >>. Sus palabras aunque muy educadas, tenían un doble sentido que Irene no le costó nada pillar. Irene pensó antes de contestar << No lo sé, tenía pensado comer en casa, hoy iba a comer con… >> se atragantó con sus palabras y volvió atras y dijo simplemente << No lo sé >>. Tras decir esto se dió cuenta que había traicionado a Carlos, pero no era ella misma ahora mismo. Pedro aunque en parte disgutado por un leve gesto que hizo con la frente, volvió a la carga, estaba claro cómo Pedro conseguía a sus clientas: persuasión y continuidad. << Bueno yo estaré en el bar de abajo de 14.00 a 14.15. Si quieres pásate, me haría muchísima ilusión compartir este buen momento contigo. Necesito estar con alguien y creo que tu también. Te espero cielo >> y tras dedicarla la mejor de su sonrisas se fue.
A Irene le palpitaba el corazón, sabía cuales eran las intenciones de Pedro, pero… ¿ hasta dónde sería ella capaz de llegar? No era una mujer que estuviera mal en su matrimonio, o que su marido fuera un cabrón, pero Pedro era….. Pedro. Irene no dió pie con bola en toda la mañana, a sus compañeros les extrañó su forma de actuar: ella hacía caso omiso de los comentarios. Hoy iba a comer con Carlos, hacía tiempo que no comían juntos y él había hecho un hueco para que pudieran coincidir. Pero Irene no queria perder esta ocasión ¿Qué hacía? Se acercaban las 14.00 . ¿Qué podía hacer ella…?
OPCIÓN 1:
Llegaron las 2 de la tarde, Irene cogió el teléfono y mandó un sms a Carlos: ” Hola cariño, sé que habíamos quedado para comer, pero tengo un montón de papeleo y tiene que ser para ahora, el jefe esta muy preocupado por unos resultados. Lo siento. Ya te lo compensaré. Te veo a la noche. Te quiero”
Estas últimas dos palabras se le clavaron en el pecho como si fuesen dos puñales. Aún así se levantó, recogió sus cosas y fue a reunirse con Pedro. Éste estaba en la barra del bar, hablando con una de las camareras mientras ella le miraba con cara de perrilla domesticada, riendo cada gracia que hacía Pedro. Entonces llegó Irene: << ¿Me esperabas? >> dijo con un tono un pelín más brusco que el queria decir. Él sonrió con un deje de importancia y asintió. << He reservado mesa para dos en el Italiano que hay al lado de mi casa, es un sitio precioso, con una comida que de verdad parece que estes en Italia, y muy íntimo >>. Irene ya sabía por dónde iban los tiros, pero había tomado una decisión y esperaba que fuera la acertada.
Fueron a comer y la verdad que el sitio era fabuloso. La comida era exquisita y las mesas estaban situadas en grupo de a cuatro, pero que eran difíciles de ver porque estaban muy recogidas, ninguna mesa podría casi ver quién había en la otra mesa. La conversación fue animada, Pedro era un gran interlocutor, y la trataba como si ella fuera lo más importante que hubiera en este mundo. Irene no se creía todo, pero aun así estaba muy agusto, y se dejaba mimar: cualquier mujer podría caer en sus redes, era difícil no caer y estaba segura que ya habían caído muchas con el truco del italiano.
A diferncia de otras, no es que Pedro no la estuviera seducciendo, que así era, sino que ella ya sabía lo que quería y no hacía falta convencerla mucho. Irene se lo comía con los ojos y él no paraba de acariciarla la mano. Pidió la cuenta y la susurró << ¿Te gustaría tomar un café en mi casa ante de marchar? >> acompañó este susurro con un agarrón en el hombro de Irene que hizo que la reccoriera un escalofrio. << Sí, claro >> Fue lo único que pudo decir.
La casa de Pedro era amplísima y muy bien decorada. El salón era muy espacioso con un gran televisor. No sabía bien cómo podía haber ganando tanto dinero, pero estaba segura de que más de una admiradora le había pagado bien por ciertos servicios, que ella esperaba conocer.
Cuando oyó cerrar la puerta y se giró para decir lo bonita que era la casa, Pedro se abalanzó sobre ella. La besó con una fuerza y con un deseo que ella hacía tiempo no había sentido. Ella le rodeó la cabeza con los dedos y se apoyó en la pared. La lengua de Pedro era inquisidora, la buscaba sin descanso y no paraba de atacarla, ella intentaba defenderse, pero sus defensas eran inútiles ante los ataques de Pedro. Éste empezó a desnudarla con una facilidad asombrosa. Irene no se resistió. Las manos de Pedro la deseaban, la tocaban con suavidad pero con mucha pasión. Irene gimió de placer ante el interés de Pedro. Él la empezó a besar el cuello y rápidamente bajó hasta los pechos de Irene. Las manos de Pedro apretaban sus muslos y había levantado una pierna para poder tocarla bien. A Irene le daban tics de placer durante los cuales sólo podía coger la cabeza de Pedro y apretarla, mientras acariciaba su pelo.
Pedro cogió la otra pierna de Irene y se la llevó en volandas, como si no pesara nada, a la habitación. La dejó caer en la cama. Se quitó la camisa y enseñó un cuerpo perfectamente tallado. Irene se mordió el labio. Pedro se tumbó encima de ella y volvió a besarla apasionadamente: primero la boca, después el cuello, para luego seguir bajando ante sus pechos. La levantó la falda y empezó a besarla en el sexo empapado. Ella gozaba de lo lindo ante el arrebato pasional de Pedro, que había separado los labios de ella y movía rápida y vorazmente la lengua contra ellos, jugando con el clítorix en un frenesí de movimientos. Sus dedos entraron en Irene, que no puedo aguantar el gemir. Si la tenía algún tipo de duda estaba muy muy escondida en el fondo de su mente, en la que solo había placer y más placer.
Los movientos de Pedro eran acelerados: buscaba complacer. Enseguida se irguió y se quitó los pantalones. Irene se incorporó para ayudarle a quitarse los canzoncillos. Entonces vio el pene de Pedro, duro como las piedras, grande (más o menos como el de su Carlos) Pero ella sólo deseó tenerlo en ese momento. Sin miramientos se lo metió en la boca de un solo golpe, lo que provocó la sorpresa y el agrado de Pedro, que la cogió de la cabeza y la acompañó en los movientos de ésta. Irene estaba poseída por una lujuria incontrolable: movía la boca de arriba a abajo cada vez a más velocidad y se la sacaba pocas veces para poder lamerla entera. Sus manos le tocaban los testículos mientras tenía su pene en la boca. Él sólo podía disfrutar y gemir de placer cuando ella le lamía la punta de su cabeza con la punta de su lengua. Ella también subía con rapidez la mano por todo el tronco de su sexo: estaba muy caliente y no podia remediarlo.
Pedro la apartó y la tumbó en la cama. Ella se dejó abrir las piernas, estaba ardiendo, deseaba sentirle dentro. Él la penetró hasta el fondo a la primera. Irene sintió que casi no podía ni cerrar los ojos del placer que había sentido al sentirla tan profunda. Los movientos de Pedro eran rítmicos y cada vez ibas más y más rápido: como la respiración de Irene. Estaba loca de placer y tuvo que morderse el dedo para no gritar. Pedro la levantó solo una pierna y se inclinó más sobre ella. Como habían dicho las hermanas… era un toro. Un toro que la corneaba sin piedad.
Estaba teniendo el sexo con el que había fantaseado ya semanas atrás. Pedro se puso de rodillas y la cogió entre sus brazos, la colocó suavamente sobre su duro sexo y la empezó a penetrar con ella en volandas. Los fuertes brazos de Pedro la movían a su antojo. Era fuerte. Muy fuerte. Ella se agarró a su cuello y empezó a chuparle todo el cuello, a morderle incluso. Luego bajó a su pecho a mordisquearle sus duros pezones, casi hasta provocarle dolor, era increíble: cada postura en la que la ponía conseguía encontrar dónde tocar. Llevaban ya más de 40 minutos en un frenesí y Pedro, aunque sudoroso, no parecía cansado.
Entonces la situó a cuatro patas en la cama. La separó bien las nalgas: quería ver como la entraba bien el sexo dentro de ella. La empezó a penetrar suavemente y cuando su cuerpo se acostumbró empezo a darle más y más caña. Irene empezó a notar como un nuevo orgasmo empezaba a florecer y que se mantenía con cada embestida de su toro. Pedro empezó a jadear, notaba que empezaba a llegar a su fin y cada vez más y más fuerte. Irene explotó en un orgasmo que no pudo ahogar y que consiguió que Pedro estallara también en él hasta que gritó que por favor se diera la vuelta. Ella rápidamente se dió la vuelta, pero llego un pelín tarde y Pedro se empezó a ir por todo el pecho de Irene. Los dos jadearon victoriosos, Irene le cogió su sexo y empezó a relajárselo dándole besitos en la punta a la vez que acariciaba su miembro.
Tras el gran orgasmo, Pedro cayó en la cama y se puso a acariciar la espalda de Irene. << Eres estupenda >> dijo. Irene se levantó y se fue al baño y se dio un duchazo. Terminó de limpiarse toda la zona húmeda y por donde Pedro se había ido. Al salir empezó a vestirse, él la miró con aire distraído. << ¿Te vas? >> preguntó como si no conociera la respuesta. << Sí, creo que es mejor que me vaya. Eres un cielo y un dios en la cama, pero tengo que irme a casa. Ya nos veremos por el trabajo >>. Él se despidió con un pico en la boca de Irene y volvió a dejarse caer, todavía desnudo con su miembro, aunque flácido ya despues del acto, alargado entre sus piernas. << Claro ya nos veremos en el trabajo >> sonrió contento de sí mismo. Irene bajó a la calle y pidió un taxi y se fue a casa a pensar qué hacer ahora. “Pase lo que pase, que me quiten lo bailao” se dijo para sí, en una sonrisa picarona.
UN REGALO MUY BIEN APROVECHADO
BY JUAREN
Hoy era el cumpleaños de Carmen. Cumplía 25 años y había quedado con sus amigas en su casa para celebrarlo. Iban a ir: Ana, María, Rosa y también Patricia. La idea era pasar una noche tranquila, hablando como hacía tiempo que no hacían: cada una tenía su vida, algunas con marido y otras con novio. Todas menos Carmen y Patricia. El menú, tampoco muy fuerte: unos entremeses, algún canapé y Carmen se había echado a la cocina para preparar algún plato especial, pero que no fuera muy complicado, no quería ponerse después a limpiar.
Habían alquilado unas películas, de las típicas románticas, para reírse de lo absurdas que eran las mujeres de esas películas… Y también habían cogido bastante alcohol para que además fuera entretenido. Tenían de todo, sobre todo vodcka para María, y varios complementos para hacerse unos cosmopolitan.
Y por si acaso, Carmen había comprado la última temporada de Sexo en Nueva York y quizás vieran algunos capítulos. Carmen se sentía muy identificada con Samantha, una mujer abierta sin complejos y muy muy sexual.
Empezaron a llegar sus amigas y cada una traía un plato de su casa. Se repartieron besos. Al final faltó Patricia. Hacía tiempo que no la veían, pero según tenían entendido, había quedado con un hombre… Cosa que al resto no le hizo mucha gracia: primero, siempre, las amigas, luego los hombres. Pero también sabían que Patricia no es que fuera sobrada de ocasiones, y se lo perdonaron entre risas.
La comida fue tranquila, todas agradecieron el esfuerzo de los canelones que había preparado Carmen. Después de hablar y reírse se vieron la primera película. Carmen no la hizo mucho caso, pero se rió de cada tontería que hacia tanto el protagonista, como la protagonista.
Tras ver tres capítulos de “Sexo en Nueva York” y tomarse unos cuatro ó cinco cosmopolitan, la conversacion empezó a subir de tono. Cada una contaba alguna anédocta sexual reciente que había tenido: Ana contó una sobre una fiesta de fin de año, con el amigo de su sobrino; todas rieron y la llamaron asaltacunas, pero a ella le dio igual porque al final estaba en un medio rollo saliendo.
Todas se quedaron boqueabiertas y llamando suertuda a María cuando contó su historia del baile. Todas soñaron con Antonio esa noche. Carmen la dijo que se lo estaba inventado, y María entre risas, dijo: << ¿Eso crees? jajaja. Bueno pues piensa lo que quieras, pero yo seguiré yendo a bailar. Tú haz lo que quieras. >>
Rosa, más tímida, a lo Charlotte, no contó ninguna, pero dijo que tenia unas cuantas muy interesante, que quizás en otro momento se las pudiera contar.
Carmen tenía una, pero no estaba por la labor de contarla: tenía que ver con un chico y una webcam… aunque la verdad es que la hubiera gustado tener más.
Llegó la hora de los regalos y llovieron zapatos, complementos, alguna película un poco erótica, junto con ropa de lencería, que Carmen estaba deseando probar. También la regalaron una sesión de masaje en un spa.
LLegó la noche y las amigas empezaron a despedirse. Carmen terminó de recoger todo y se diópuso a dormir. Esa noche soñó con Antonio.
A la semana siguiente, Carmen decidio ir al Spa. Era sábado, no tenía planes y la semana había sido dura. Así que decidió que se lo merecía.
El sitio en cuestión estaba en el centro de la ciudad, por lo que ir en coche era una locura aunque fuera fin de semana y no quería estresarse; así que decidió ir en Metro. Llevaba una camisa y una falda que la había regalado María, la verdad es que era un cojunto muy bonito, y la marcarba las curvas. Encima llevaba una chaqueta de terciopelo ya que sabía que haría algo de frío; pero tampoco quería ir tapada hasta el cuello. Los zapatos eran de un negro brillante y con bastante tacón, lo que le daba a Carmen una altura, y eso pensaba ella que en el metro la vendría bien, además hacían resaltar sus medias blancas.
Carmen entró en el metro y casualidades de la vida, siempre que coges el metro, éste va con retraso. 10 minutos ponía en el indicador. El metro estaba a rebosar y ella tenía que hacer un transbordo para llegar a su destino. Tras cinco estaciones se bajó. Y fue andando hacia el siguiente acceso. Carmen estaba feliz: los hombres la miraban y la decían cosas. Algunas merecían ser oídas, y ella respondía con una ancha sonrisa, y a veces, si era algo muy bonito respondía con un << gracias >>. Otras, la verdad, eran de muy mal gusto.
Al llegar al andén también estaba repleto. La verdad que esa línea siempre estaba llena, ya que llevaba al centro de la ciudad. Un montón de turistas y de gente joven hablaba entre sí.
Carmen se fijó en un hombre de unos 40 años, pero muy atractivo. Estaba leyendo el periódico y eso le daba un aire señorial, con su pelo negro con algunas canas ya visibles que él no trataba de disumular y unas gafas que le daban un aire muy atractivo a su cara. Carmen juraría que la había mirado; pero o fue muy sutil o se lo había imaginado.
Al llegar el tren todo el mundo entró a tropel, no dejaban casi salir a los de dentro y se oyeron rumores y algún que otro insulto. Carmen no soñaba con poder sentarse, la verdad que estrenar zapatos de tacón la estaba matando, pero sabía que en el masaje la ayudaría.
Como eran tres paradas se puso en la puerta de atrás. Pero allí estaba el hombre con el periódico, que hacía lo que podía para sujetarlo sin que se cayeran las hojas y seguir leyendo. A Carmen le “tocó” ponerse justo delante de él.
El tren arrancó de súbito y Carmen cayó un poco para atrás y pisó al buen hombre que no dijo ni pío. Ella se giró y le pidió disculpas, él con un gesto de cabeza dio a entender que no importaba.
El trayecto siguió y Carmen empezó a sentir un poco de calor: sentía la mirada del hombre en su nuca y levemente su respiración, lo que la puso la piel de gallina: no de miedo sino de placer. En la siguiente estació entró aún más gente de la que salió y eso supuso que Carmen se acercara más al hombre. El metro volvió arrancar y Carmen volvió a caer para atrás esta vez sin pisar al hombre, pero se quedó muy muy pegada de él, y no tenía sitio para apartarse.
El metro empezó a moverse mucho, y en el vaivén Carmen cada vez estaba más cerca del hombre.Éste tuvo que dejar a un lado el periódico para dejarla sitio. Carmen casi se frotaba con él… Entonces notó en su trasero algo duro. Carmen se sobresaltó, no esperaba encontrarse nada así. ¿El móvil? ¿Un paraguas? No, no llovía. Carmen sabía qué era. Y para su sorpresa se excitó. El hombre estaba un poco incómodo por lo que notaba. Intentaba apartarse, se daba cuenta de que ella podía sentirlo e intentaba evitarlo. A Carmen le hacía gracia la postura de éste que en vez de aprovecharse de la situación, no quería incomodarla. Cosa que a ella la excitaba aún más. Carmen empezó a aprovecharse del hombre, y con cada momiviento del metro se frotaba, levemente para que tampoco pensara el hombre que lo hacía a posta.
El hombre no sabía dónde meterse: miraba al techo con las orejas coloradas, pero ya no se resistía; parecía que estaba entre sufriendo y disfrutando. Carmen empezó a moverse un poco más, aprovechando que ya llegaba su estación. Hasta se dió el lujo de rozarle la pierna con la mano. Ante esta situación el hombre casi botó, pero no había espacio, así que se golpeó levemente la espalda contra la puerta. Carmen rió fuerte para dentro.
Al llegar a al parada, Carmen giró la cabeza, sonrió y se fue. Había sido una perra calenturienta pero se lo había pasado genial y el hombre tampoco había debido pasarlo mal tampoco.
Salió del metro y se dirigió al Spa que encontró sin problemas.
Llegó a la recepcionista y dió su nombre, que la dijo que esperara en la sala 4 que el fisio no tardaría en llegar. Carmen se sentó, pero realmente se sentía húmeda y prefirió pasar primero por el baño para limpiarse un poco y mojarse la cara. Tardó unos 10 minutos, tranquilamente, no tenía prisa: hoy era su día.
Cuando salió vió que la puerta ya estaba abierta. Toc toc << ¿Se puede? >> preguntó entreabriendo despacio la puerta. << Sí, por favor pase, la estaba esperando. >> dijo una voz profunda, con personalidad, que a Carmen le pareció perfecta.
Cuando entró vió a un hombre de espaldas anchas, alto, moreno canoso. La habitación era preciosa, muy abierta y con unas vistas espectaculares, Estaba en lo que sería equivalente a un décimo piso y se veía toda la ciudad de fondo. Había un gran ventanal que se veía que era opaco, “perfecto” pensó ella. La música era muy relajante y había una fuente con cascada que le daba a todo el ambiente un aspecto mágico de cuento de hadas.
<< ¿Estás preparada?>> preguntó el hombre antes de darse la vuelta. ¡Era el hombre del metro! Éste al verla, se le hizo un nudo en la garganta y se le pusieron otra vez las orejas rojas rojas. Carmen también se quedó estupefacta y no pudo evitar poner una sonrisa picarona. Carmen no se dió cuenta si se mordió el labio o no, pero cree que se le escapó. El hombre carraspeó, como para quitarse el nudo de la garganta. Llevaba una bata blanca, y ahora que se fijaba tenía unas manos enormes. Carmen empezó a pensar para sí lo que había oído sobre si los hombres con las manos grandes, correspondía su miembro a tal proporción, lo que la hizo reír de una forma casi bobalicona.
<< Por favor >> al hombre le temblaba un poco la voz, ya no era tan potente como antes: sabía que ella le reconocía y estaba bastante avergonzado, pensando que la culpa del incidente del metro había sido suya. << Pase detrás del biombo y póngase la bata.>> Carmen obedeció sin ningún problema: se puso detrás del biombo y se quitó la camisa despacio, como si estuviera haciendo algún tipo de streeptease en un club donde se transparenta el biombo, aunque ella no sabía si él podía verla o no. Esperaba que si. A la camisa la siguió el sujetador y después se quitó la falda de espaldas al biombo. Creía que si se veía algo, porque era blanco y la luz del foco estaba encima de ella. Se puso la bata y salió. Al salir creyó ver que el hombre se daba la vuelta muy deprisa, como si se hubiera quedado absorto mirando el nombo. Sí. Tenía que poder verse la forma del contorno de la mujer al menos. Cosa que la calentó mucho.
<< Por favor, túmbese en la camilla con la cabeza hacia la ventana >> volvió a decir el hombre que parecía haber recobrado la compostura. Ella sensualmente se subió a la camilla boca abajo. Él bajó lentamente la bata hasta justo encima del culo. Carmen estaba tensa, la había recorrido un escalofrío de placer por todo el cuerpo. El hombre extendió un aceite por el cuerpo de Carmen. Olía que embriagaba y su tacto era un poco frío, lo que con el contraste de Carmen, casi la hizo soltar un leve gemido. El hombre la tocó, y ese primer contacto, abrió la imaginación de Carmen. Cerró los ojos y dejó que su cuerpo la dijera todo lo que ella no podia ver.
Él sabía lo que se hacía: la tocaba con suavidad, pero con una firmeza impresionante. Tenía unas manos grandes, pero que sabian lo que se hacian… ella se preguntó qué más sabrían hacer. La tocó el cuello, la espalda, relajándola por completo. Era un juguete en las manos de ese hombre. Como la tocaba, la hacía sentir cada centímetro de su cuerpo. Cuando la tocó por las curvas, pensó que ella misma empezaría a gritar que la poseyera, pero supo controlarse. El hombre era un profesional y ella sabía que cada presión que la hacía era por pura profesionalidad, la estaba quitando todos los nudos que tenía en su cuerpo, la apretaba hasta casi doler, para luego relajar.
Volvió a echar ese maravilloso aceite, que ya le preguntaría más tarde cómo se llamaba, y volvió al cuello: donde Carmen tenía más contracturas. La movía el cuello con una facilidad y con fuerza, pero a la vez con una suavidad que la dejaba tonta. Así estuvo el hombre por lo menos 30 minutos. Ella tenía dos horas de masaje, y una más si quería pagar un pequeño plus de hidromasaje en una sala distinta.
Esos 30 primeros minutos se le pasaron volando. Las manos del hombre recorrían todo su cuerpo. El hombre subió la bata y la tapó hasta los omoplatos y subió la bata de los tobillos hasta casi el final de sus muslos.Carmen empezó a excitarse más: la encantaba que los hombres la tocaran las piernas: era muy sensual para ella. El hombre empezó a masajear los pies y ella no pudo contener ahora el pequeño gemido de placer.Se mordió el labio hasta hacerse daño. ¡Qué manos tenía aquel hombre! ¡Un dios! éso era lo que era. Siguió masajeando por los tobillos y los gemelos, llegando a la parte posterior de la rodilla, donde Carmen tenia un poco de cosquillas, pero se le pasaron. Cuando el hombre le tocó los muslos sintió otra vez ese escalofrío de placer. ¡Cómo la tocaba! Estaba claro que sabía como hacerlo.
Cuando Carmen ya casi no estaba en sí notó que el hombre paraba, se alejaba de la camilla y oyó un click. “¿Click?” pensó ella, pero no le dió importancia. Entonces volvió a notar otro aceite por sus muslos´. Este estaba más caliente, cosa que agradeció, porque aunque no hacía frío, al estar desnuda con solo una bata venía bien ese calorcito.El hombre volvió a tocarla los muslos, esta vez menos fuerte, más sobándola pensó ella, aunque no la importaba lo más mínimo. Las manos empezaron a subir hasta rozar la bata y entonces Carmen notó como las manos pasaban entre ella y la bata. Carmen abrió sus piernas. Las manos del hombre la estaban tocando todo el culo, dándola un masaje que la estaba excitando cada vez más: estaba poniéndose húmeda.
Y entoces notó como una mano se posaba en su sexo, y lo acariciaba con una suavidad hasta entonces desconocida, apretaba y relajaba todo su sexo y Carmen empezó a resoplar. Su respiración empezó a volverse más rápida. Definitivamente el hombre sabía muy bien lo que hacía. Encontró su clítorix ya excitado y empezó a acariciarlo como si sus dedos fueran su lengua. Con la otra mano volvió a acariciarla la espalda subiendo hasta el cuello, tocándola de una forma muy diferente a como lo había hecho antes. Ahora era mucho más sensual, mucho mas provocativo y su nuca era un núcleo perfecto de nervios. Notaba al hombre muy excitado, sabía que no era normal lo que estaba haciendo; quizás era la primera vez en toda su carrera que intimaba con una paciente. Se le notaba porque a veces paraba, como dudando si hacía lo correcto o no, pero como Carmen solo gemía o respiraba y no le decia nada él volvía.
Estaba muy húmeda, cosa que el hombre aprovechó: introdujo sus dedos dentro de ella con suma facilidad y empezó a estimularla. Carmen estaba tan caliente que no tardó nada en correrse. Sus piernas temblaron ante aquellas maravillosas manos. ¡Qué regalazo estaba teniendo aquel día!
Carmen giró la cabeza y le susurró: << Ven >>. El hombre, dudativo, sacó la mano del sexo de Carmen. Ella se puso de medio lado y el hombre se acercó a su cabeza. Las manos de Carmen volaron hacia el pantalón de aquel maravilloso desconocido. Le desabrochó el pantalón de dónde salió un maravilloso y enorme pene, que estaba también bastante húmedo. El hombre estaba rojo y Carmen se puso un dedo en la boca y le dijo: << Será nuestro pequeño secreto, no te preocupes >> Dicho esto, sonrió y se mordió el labio inferior de la forma más sensual posible, lo que relajó bastante al hombre.
Carmen acercó la puntita de la lengua a la puntita del pene de aquel hombremientras con la mano le bajaba todo el prepucio. Le quitó las goltitas de la punta y empezó a lamer por debajo de la cabeza, donde se junta la piel con la cabeza del pene. El hombre se puso a temblar. Notaba que al hombre le tiritaban las piernas de placer. Seguido le pasó la lengua, desde la base, donde se junta con los huevos, hasta la cabeza, y tras llegar a ésta, se la comió entera. El hombre no pudo evitar gemir y Carmen empezó a ir de menos a más, a hacerle una maravillosa felación, metiéndosa casi hasta la garganta, aprentando fuerte los labios y dándole golpecitos con la lengua. Llevaba un ritmo frenético que acompasaba con la mano. Tampoco sabia cuanto podría aguantar aquel hombre, pero sabia que todavía no era el momento.
Agarró fuerte los huevos y se los tiró un pelín para abajo para cortar una posible eyaculación. Lo que hizo que el hombre gimiera un pelín más alto, de puro placer. Carmen se sacó ese maravilloso pene de la boca, entre un hilito de su boca y del amor de aquel hombre.
Tras limpiarlo Carmen se sentó en la camilla y abrió las piernas. El hombre no dudó y cogió el pene en su mano y tras rozarlo leventemnte con el clítorix de Carmen, se la introdujo. Fue una sensación increíble: era cálida y grande. Carmen gimió mientras el hombre la penetraba. Sus manos la agarraban los pechos y la acariciaban, los masajeaba, como ningún otro hombre sabía, apretando y jugeteando con sus pezones. Carmen se frotaba el clítorix, lo que sabía que al hombre le excitaba más. Para su sorpesa, notó que el pene se ponía aún más duro si cabe. El hombre se acercó a ella y la besó en la boca. Carmen le agarró por el cuello y se acercó bien a él. El juego de lenguas era pefecto, una compenetración exacta: primero en la boca de uno, luego en la de otro y también entre medias. El hombre cogió una de las piernas de Carmen y la levantó lo que hizo que las penetraciones fueran más y más profundas. Carmen soltó la boca del hombre para poder gemirle en el oido y él se puso a chupetearle todo el cuello. Besos con lengua, Carmen estaba en un frenesí.
Entonces el hombre paró, la bajó de la camilla y la dio la espalda. Carmen obedecía. Entonces se puso a penetrarla desde detrás. Carmen se dejó caer en la camilla. Era increíble; la fuerza de ese hombre. Y sus manos… ¡qué manos! Era como si todo su cuerpo fuera un clítorix y ese hombre no dejara de estimularlo con sus caricias: su espalda, sus costados, su pecho, su culo… todo estaba excitadísimo. El hombre le levantó una pierna y se la colocó encima de la camilla y siguió dándola. Carmen no podía creerselo: volvía a correrse. Tres veces en una sola vez y lo mejor es que este podía no ser el último. Pero estaba siendo muy largo: con cada penetración su orgasmo aumentaba y el hombre iba cada vez más y más rápido. Ella no podía contenerse, se mordía el labio y se hacía daño por no gritar… no podía gritar allí por mucho que lo deseara. El hombre empezó a tener la respiración muy agitada: se venía ya y ella lo sabía. Apretó todo lo que pudo su sexo para darle más placer así a él. El hombre en un gemido ahogado se separó de ella y se corrió en todo el culo de ella y en su espalda. Carmen notaba el calor por cada zona donde él se había terminado.
El hombre se echó encima de ella y buscó su boca, ella giró la cabeza y se volvieron a besar. Carmen se puso como en el metro: a rozar su culo contra el pene excitado del hombre y a acariciarlo con una mano. El hombre ante esto se corrió un poquito más, esto resbaló por la pierna de Carmen. El beso fue igual de intenso que si estuvieran en pleno acto.
Cuando se separaron el hombre estaba entre cansado, excitado y un poco ruborizado. Carmen se giró y se acercó a él, le cogió de la cara, le dio un pico y le dio las gracias. El hombre sonrió. Carmen le miró y le dijo si le podía hacer otro favor. El hombre asintió. Carmen se volvió a tumbar en la Camilla con las piernas abiertas. Él cogió una silla y se sentó a la altura de sus piernas y empezó a besarla, a comere todo sus sexo. Carmen se mordía el dedo, no solamente era bueno con las manos y su pene, sino que su lengua como ya había comprobado era similar o mejor. El hombre jugó con su clítorix apretándolo y dándole toda la importancia que se merecía. Sus manos se posaban en el vientre de ella y en sus labios. Cuando el empezó apretar y hacerle una felación en el clítorix Carmen consiguió su cuarto orgasmo, muy dulce y apasionado, que el hombre no desaprovechó para besarlte en todo su sexo. Carmen estaba exhausta. El hombre se levantó, cogió una toalla y empezó a limpiar a Carmen con sumo cariño sus piernas, su sexo y su espalda. Ella se levantó volvió a besarle y así pudo saborear el sabor de su sexo que la encantaba.
Tras esto ya habían pasado casi las dos horas. Carmen se vistió y dijo que se iba a dar un hidromasaje o un jacussi para terminar de asimilar lo que había sucedido. Los dos se quedaron mirándose. Carmen preguntó : << ¿Puedo saber tu nombre?>> El la miró sorprendido ante aquella pregunta, sonrió y dijo: << El que tu quieras que sea, soy un hombre nuevo gracias a tí, así que te dejo que me pongas el nombre que quieras. >> Carmen se sonrojó más que si la fueran a echar en la camilla. Le sonrió, se acercó a él, se besaron y ella antes de salir dijo: << Seras mi rey. Sin más, mi rey >> y salió de la consulta que estaba cerrada. Sonó un “click” que la hizo sonreír y se fue hacia el hidromasaje.
¡Qué buen regalo había tenido ese año! Ahora sus amigas serían las que tendrían celos de su anécdota.
Fin