De Madrid al cielo III – La exquisitez de un beso

Me encantaba ver el temblor de sus muslos producido por el impacto de las piedras de aquel camino rocoso. Ella estaba nerviosa. Era la primera que le veía esta expresión en el rostro, y me resultaba extraño pero paralelamente conmovedor. Se giraba, de vez en cuando, hacia mí, ofreciéndome una mirada dulce y al mismo tiempo desconcertante. Imagino que Ruth tampoco sabía muy bien lo qué estábamos a punto de hacer, pero menos aún se detenía.

Cruzamos varios descampados en los que se podía estacionar sin ningún problema, pero ella continuaba conduciendo rumbo fijo sin hacer ademán de frenar.

 -  ¿Piensas detenerte en algún momento o quieres cruzar La Meseta? –dije sin mirarla.

Y como si hiciera rato que estuviera esperando el sonido de alguna de mis palabras, se detuvo in situ en medio de la carretera, de un frenazo tan brusco que me hizo desplazar hasta el cristal delantero dándome un buen golpe.

-  ¡Joder! –chilló- perdona, niña, ¿te has hecho daño? –se acercó a mí cogiéndome de la cabeza.

La verdad es que el choque fue bastante fuerte, pero al sentir sus manos cerca, me incliné y empecé a besarla. Ruth apartó sus manos de mí como una niña asustadiza, entonces yo, sin dejar su boca y con mucho cuidado, volví a conducírlas alrededor de mi nuca. Estaban heladas, así que decidí dejar las mías encima para darle todo el calor con suaves caricias.

Nos fundimos en un cálido beso que hizo que perdiéramos totalmente el control del tiempo. Su saliva tenía un gusto peculiar, no sé definir exactamente el sabor; era la mezcla de algún fruto muy dulce con pequeñas notas de cierta especia, muy picante, que no es la pimienta. Nuestras lenguas se enredaron sin complicación como si no fuera ésa la primera vez que se entrelazaban la una con la otra, acoplándose de un modo casi exquisito y dando vueltas en el interior de la boca buscando los rinconcitos más erógenos y acogedores… chocando de vez en cuando, para después tomar la dirección contraria y continuar deliberadamente la deliciosa exploración.

Poco a poco empecé a sentir cómo sus manos iban alcanzando una temperatura más afín a las mías, sintiendo cada uno de los músculos relajándose encima de mi piel. Las yemas, una tras otra, ejercían una presión cada vez más rigurosa hasta que, con espléndida elegancia, se desplazaron unos centímetros para poder acariciar mi nuca. Giraba el pulgar haciendo perfectos círculos, gesto que me produjo una excitación indefinible.

Sin dejar mi boca, Ruth abandonó su asiento para sentarse encima de mí, cambié la posición de las manos y rodeé su pequeña cintura. Ahora nos temblaban las piernas a las dos.

A medida que nos besábamos, el beso iba tomando una forma más definida, muy precisa… era casi perfecto.

Continuamos con sutiles y expertos giros, el roce de la lengua en el paladar nos producía un delicioso cosquilleo que más tarde nos llevaba a esconderla de nuevo hasta que ellas por sí solas se reencontraban. Mordía con fruición sus carnosos labios, sentía su aliento como si fuera el mío… no nos interrumpimos en ningún momento ni siquiera para mirarnos a los ojos, tampoco para respirar… estábamos sumidas en la majestuosidad de aquel beso.

Las caricias que, supuestamente, debían llegar a continuación, pasaron a un segundo plano, y más bien diría que ni siquiera nos acordamos de ellas. Era la primera vez que estaba tanto tiempo besando a una mujer, y Ruth, además, era una buena amiga, algo que me descolocó un poco más aquella tarde.

Cuando nos separamos, las dos al mismo tiempo, nos quedamos mirándonos la una a la otra sin decir nada. Su expresión era, entonces, completamente agridulce. No decíamos ni palabra, el silencio reinó durante unos interminables minutos con ella aún sentada encima de mí. Silencio absoluto.

Hasta que una punzante melodía de móvil aflojó la situación. Era su teléfono, que insistía una y otra vez.

Se levantó, y con austeridad, tomó de nuevo su asiento mientras descolgaba la llamada. Era “la gente” que nos esperaba en su chalet, algo preocupados por la tardanza. Ella contestó con desparpajo, y al final de la llamada concluyó con un “estamos allí en menos de veinte minutos…”

Cuando dejó el móvil en la guantera volvió a mirarme y me regaló una sana sonrisa que me destensó al instante.

 - Oye, ¿y tú, siempre besas igual? –preguntó con los ojos brillantes.

- Pues la verdad es que no lo sé, pero te aseguro que ése ha sido un beso poco común – me aclaré la garganta.

- Ha sido el mejor beso de mi vida, tía. Estoy que alucino –Ruth se llevó una mano a la cabeza.

- Eso es porque las dos besamos de puta madre, y claro, nos liamos y pasa lo pasa –traté de que la frase cogiera un tono de broma obvio, restándole importancia a lo sucedido.

- ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, joder, Abril, porque eres tú, que sino me paso al otro lado sin pensarlo –Ruth se rió y miró por el retrovisor con la intención de arrancar de nuevo.

- Piensa que no todas las mujeres besan igual, ¿eh? –vacilé de nuevo.

- Ya, ya sé que eres única cielo, pero eres mi colega, y esto is dangerous. Te juro que en mi vida voy a olvidar ese beso –pisó el acelerador y dio la vuelta con el coche.

Ni yo –pensé.

Y volvimos a despegar, por tercera vez, hacia el chalet donde tenían preparada la fiesta.

 

Por supuesto que continuará…

 

abril

 

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