El burdel

Mi nombre es Horacio Cuesta Pereda, y soy uno de esos hombres que alguna vez que otra, acudía a un burdel para disfrutar de relaciones muy íntimas con mujeres, y disfrutar con ellas, de esos momentos tan intensos, de los cuáles a todo hombre y a toda mujer, nos gusta disfrutar de vez en cuando.

Aunque hacía ya unos cuantos años que disfrutaba de un trabajo indefinido en un organismo de la Administración Central del Estado, todavía por aquél entonces, me encontraba a la espera de que se cruzase en mi camino y en mi vida la media naranja, la mujer de mi vida o mi gran amor, para todo hay, así que cuando quería disfrutar de esos momentos tan apasionantes que a todo hombre y a toda mujer nos gusta tener de vez en cuando, acudía alguna que otra vez a uno de estos lugares, donde después del pago de una determinada cantidad de dinero, según preferencias y según servicios prestados, se podía tener relaciones con la mujer que mas te gustase o más te llenase, según se quiera o se prefiera, y pasar con ella uno de esos momentos excitantes y apasionantes que a todo hombre y a toda mujer, nos gusta compartir de vez en cuando.  –después de todo no engaño a nadie, –me solía decir cuando acudía a uno de estos lugares.

Una tarde de sábado como de costumbre, acudí a uno de estos lugares, situado en una céntrica calle de Madrid, la ciudad donde vivo, lugar al cuál ya había estado alguna que otra vez. La encargada del local, una mujer morena, de unos cincuenta años, bajita y delgada, me introdujo una pequeña habitación, decorada con cuadros eróticos bastante llamativos, con una butaca de caoba y una pequeña mesilla de cristal macizo con revistas de Playboy y de Penhause atrasadas, y me dijo –ahora mismo te presento a las chicas. -Quieres algo de beber, –me preguntó, –Si, un refresco de limón, –la respondí.

Fueron acudiendo una a una, todas las chicas,  de todos los gustos, y de todos los colores, hasta que apareció una muchacha morena, de grandes ojos negros, muy bonitos y llamativos, hermosa boca, muy sensual, grandes, vistosos, exuberantes y cuidados pechos, lencería roja, muy chillona y llamativa, alta, como yo, como a mí me gustan las mujeres, ni gorda ni delgada, pero muy bien proporcionada, y demasiado guapa, excesivamente guapa, llamativamente guapa y me dijo -yo soy Karina”, si, como la famosa cantante yeyé de los años 60 y 70. “yo soy Horacio” la respondí.

Aparentaba 24 o 25 años, no más, edad que por otra parte, era la media de edad de la mayoría de las chicas del local, pero me había gustado tanto, que no dudé en hacer mi elección, y decidí enseguida, que mi próxima hora, la iba a pasar con Karina. Cuando la encargada del local vino a preguntarme que chica me había gustado, la dije sin dudar que Karina. –Ahora mismo viene a buscarte Karina–, me contestó.

Como de costumbre, cada vez que acudía a ese local, pedí el servicio que incluía masaje y jacuzzi por una hora. Me gustaba, y me gusta, tomarme las cosas con calma y tranquilidad, tomarme esos momentos tan apasionados entre un hombre y una mujer, como la ocasión lo merece, con toda la calma y tranquilidad del mundo.

A los cinco minutos apareció Karina. –Me acompañas–, me dijo. Y nos dirigimos a la habitación, que se encontraba justo al lado de esa pequeña. La habitación era bastante amplia, con una cama de matrimonio, con dos mesillas a cada lado, con espejos en la pared, al lado derecho de la cama, y en el techo, a través de los cuáles podías ir observando todos los movimientos eróticos y sensuales que se iban produciendo entre la chica y yo mientras estábamos juntos.

Desde la habitación, se accedía a un pequeño cuarto de baño, donde se encontraba el jacuzzi, y donde ambos, terminábamos de relajarnos después de la pasión y el deseo.

Ya en la habitación, Karina me confesó su verdadera edad. –Calculas la edad que tengo–, me dijo. –24 o 25 años–, la respondí. –Tengo 40–, me respondió ella. –40, no es posible–. –Si, aunque no lo creas, tengo 40–.

Me quedé estupefacto. ¿Que maravillosos 40 años? me pregunté a mí mismo. No dejé de pensar en todo el rato en la enorme belleza, y lo bien conservada que se encontraba Karina.

Cuál sería el secreto de esa excelente apariencia física, de ese aspecto de chica recién salida de la universidad, con los 40 ya cumplidos.

La verdad, me costaba crear que Karina tuviese 40 años. Yo por entonces, tenía 34 años, así que, era relativamente mucho más joven que ella, pero eso me hizo sentirme más a gusto que nunca, ya que normalmente siempre he tenido cierto atractivo por las mujeres mayores. No se por qué, pero en mis frecuentes visitas a estos lugares, salía más a gusto, y lo pasaba mejor, cuando disfrutaba de esos momentos con una mujer mayor que yo, así que, al saber la verdadera edad de Karina, supe que iba a pasar una de mis mejores tardes en ese lugar.

A Karina le gustaba y le gusta, quitar la ropa a los hombres. Lo hacía y lo hace, con mucha sensualidad, y con mucho erotismo. A mí me desnudó, con todo el mimo y toda la sensualidad del mundo, lenta, suave, y eróticamente.

Karina después de desnudarme, continuó con el masaje, ese masaje relajante, que sirve para liberar tensiones, desatascar los músculos y empezar a sentirse excitante. Todo esto ocurría, mientras se iba llenando el jacuzzi para poder disfrutar después, de un momento de calma y tranquilidad al finalizar esos momentos tan apasionantes, de los cuáles ya estábamos comenzando a sentir. Empezó el masaje por la espalda, y parte trasera de los muslos y piernas, con suavidad, mimo, sensualidad y heroicidad. Karina, era cuidadosa, mimosa, sensual y erótica. No sólo me relajaba y me desatascaba los músculos, sino que ya empezaba a sentir las enormes vibraciones de lo que iba a venir después. Me estaba aislando del mundo y me estaba llevando a su mundo, al mundo al que yo también quería llegar.

Después me dio la vuelta, y concentró su masaje en una de mis zonas más sensibles y erógenas. Karina se dio cuenta, y se esmeró. Me masajeaba los pechillos con mucha delicadeza y picardía, sabedora de que estaba consiguiendo llevarme al limbo. Se abalanzó sobre mí, me empezó a chupetear con su lengua, las orejas, otra de mis zonas sensitivas. Era el no va más. Ya estaba en su mundo, el mundo que yo buscaba y el cuál había encontrado.

Me recorrió con su lengua, casi todo mi cuerpo, muy despacio, deteniéndose en los lugares que me excitaban más.

Cogió mi miembro, que ya estaba preparado para ese momento tan especial que estaba a punto de llegar, duro y enorme como un martillo, y me lo pasó por entre sus voluminosos y duros pechos. Me gustaba y me excitaba sentir mi miembro enorme de duro, entre sus inmensos pechos, y a Karina la gustaba también, sentir entre sus pechos, mi miembro en estado máximo. Me tuvo así, unos cinco minutos, creo yo, ya que en ese momento, no tenía el reloj puesto, y no podía calcular el tiempo. Pero para qué calcular el tiempo en momentos como este.

Generalmente, en momentos así, no me gusta calcular el tiempo, me gusta que se detenga, que no avance, que dure eternamente, y no se acabe nunca.

–Y ahora como quieres, tú encima de mí, o yo encima de ti”, me dijo segundos antes del momento cumbre. –Tu encima de mí–, la respondí yo. En los momentos cumbre, siempre me ha gustado, y me gusta, que la mujer tome la iniciativa, que sea ella la que lleve el ritmo, la que me domine y la que decida en que momento se debe de producir el éxtasis, la explosión, el júbilo, la apoteosis, la traca, la alegría, el placer, la diversión.

Karina marcó los movimientos de manera fenomenal, como yo esperaba de ella, de una mujer mayor que yo, y experta, curtida en mil batallas. No me defraudó. Los espejos, al lado derecho de la cama y en el techo, daban una sensación especial, al poder estar viendo los movimientos y los gestos que estábamos haciendo. Hacían más atractivo el maravilloso momento que estábamos pasando ambos.

Karina no lo hacía únicamente por darme placer a mí, porque yo me sintiese bien y a gusto, como era de esperar, en una mujer dedicada a esto, el oficio más antiguo del mundo, como se conoce popularmente, la estaba gustando, se la notaba, se lo veía, lo intuía. Sus enormes senos, estaban duros como una roca, al igual que mis partes más sensibles y eróticas, a las cuáles Karina iba acariciando para excitarme mucho más, hacerme gozar mucho más y hacerme gritar de placer y de felicidad.

En todo el tiempo que duró el momento cumbre, ella me manejó a su antojo, fui un títere en sus manos, una marioneta a la que estaba guiando. Buscaba, que los dos, tuviésemos el momento culminante a la vez, que tuviésemos el éxtasis al instante, juntos, los dos. Y lo conseguimos, bien que lo conseguimos, descargando toda la adrenalina que llevábamos dentro, y quedando por unos instantes, los dos, abrazados en la cama, de agotamiento, de placer, de felicidad y de alegría a la vez.

El resto del tiempo, lo pasamos en el jacuzzi, donde logramos relajarnos y reponernos de ese feliz momento del que ambos tuvimos juntos, a la vez que contemplaba su belleza en estado puro, y me estaba dando cuenta que me estaba comenzando a gustar.

Aquella rutinaria visita a aquél burdel que ya me era familiar, cambio mi vida. Hice alguna visita más, en las cuál preguntaba directamente por Karina para estar con ella. A la tercera visita me empecé a dar cuenta que las impresiones del primer día se estaban cumpliendo, y que me había enamorado de ella y me propuse quitarla de ese mundo, ya que como me confesó ella misma, había tenido una vida difícil con dos divorcios a sus espaldas. No obstante, en ese momento decidí no decirla nada sobre mis sentimientos hacia ella. De todos modos, también notaba, que la gustaba estar conmigo, y los momentos que pasábamos juntos, eran mejores que los que pasamos el primer día que estuvimos juntos.

La confianza que fuimos adquiriendo con mis ya frecuentes visitas, hizo que Karina me confesara que el llamado Oficio más antiguo del mundo, no era del todo de su agrado. Me terminó contando que había venido engañada, como casi todas, que la habían prometido una vida muy bonita de camarera, ganando mucho dinero, pero que cuando vio la cruda realidad, la fue difícil escapar de ella, al menos hasta que terminara de pagar la deuda contraída.

Una de las tardes, ya en el jacuzzi, me dijo -Horacio–.  –Dime Karina–, la respondí. –Sabes, mi verdadero nombre no es Karina–. –Cuál es tu verdadero nombre corazón–, la respondí yo. -Carolina–. -Carolina–. –Pero si es un nombre realmente hermoso–, la respondí auténticamente entusiasmado. –Entonces te encanta–, me dijo ella –Si, es uno de los nombres de mujer que más me gustan–, la dije yo, –y una mujer tan guapa como tú, tiene que tener un nombre tan precioso como este, te queda bien y va propio contigo–, la apuntillé.

Esa tarde, también me dijo, algo que yo esperaba oír de su boca casi desde el primer día, que me quería, que estaba enamorada de mí, y yo no pudo reprimirme, y también la dije, que me enamoré de ella, desde el primer momento en que la vi, y ella me respondió, que también había sentido la flecha del amor, como la famosa canción de la famosa cantante, desde el primer momento en que estuvo conmigo.

Me dijo -Cariño, quedé perdidamente enamorada de tus ojos, son preciosos y Atractivos–. –Yo también quedé maravillado con tus maravillosos ojos negros–, la respondí. –Me quiero casar contigo–, me dijo. –Yo también me quiero casar contigo–, la respondí con emoción.

Por mediación de un amigo muy influyente, conseguí que abandonara ese mundo y que entrara como sirvienta en casa de unos importantes abogados. Como ya había dado los pasos para comprarme una casa, los dos fuimos haciendo hucha para que cuando me dieran las llaves de la casa, irnos a vivir juntos y hacer vida en común.

El día que los dos atravesamos la puerta de nuestra nueva casa, para comenzar una vida en común, fue el momento más emocionante y feliz, después del día en que nos vimos por primera vez, y nos dimos cuenta que estábamos hechos el uno para el otro.

Conseguí que encontrara un trabajo mejor del que tenía, y hoy está de dependienta en unos grandes almacenes, ganando mucho dinero, ya que tiene mucha facilidad de conseguir que los clientes compren y yo conseguí también, un trabajo mejor que el que tenía, también en la Administración, más acorde con mi nivel intelectual y de estudios.

Hoy Karina, mejor dicho Carolina, se ha convertido en mi fiel esposa, y somos padres de una niña y un niño maravillosos, a los que queremos mucho y les damos todo lo mejor. Quien me iba a decir a mí hace unos años, que una de las muchas visitas que hacía a los burdeles, iba a transformar mi vida, y de ahí iba a salir, la mujer a la que más quiero y adoro en este mundo.

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