Fragancias y sexo
El día había sido caluroso; las 6 horas que mi piel se había dejado acariciar por el sol y la brisa marina empezaban a pasar factura reclamando urgentemente una ducha fresca y apaciguar la temperatura corporal encharcandome entre una buena dosis de after sun. La sensación del chorro de agua sobre mi rostro, el cabello mojado pegándose a la espalda, el contraste de frío que me proporcionaba el hidratante hacía que, poco a poco me fuera sumiendo en un solo deseo, el de abandonarme desnuda sobre la cama. Abrí la ventana, dejando que entrara por las rendijas de la persiana, el aire necesario para mantener fresca la estancia.
Cerré los ojos, consciente de que una parte de mi, no quería dormirse, aún así, no consigo precisar el momento justo en que note aquellas presencias; solo recuerdo, que oí algo a los pies de la cama. Con los ojos entrecerrados, busque qué podía ser, no vi nada y opte por cerrarlos de nuevo; fue cosa de segundos lo que tarde en volver a notar que no estaba sola, así que esta vez, fije la mirada justo a mis pies. La penumbra de la habitación no me facilitaba distinguir con claridad unas pequeñas siluetas que se agazapaban y desplazaban a mi alrededor; permanecí inmóvil pero sin miedo, si de algo estaba segura era de que, fuera lo que fuera, me eran familiares.
Una de aquellas criaturas, la primera que vi, escalo hasta el colchón situándose entre mis piernas; la notaba áspera y húmeda recorriéndome la piel, entreteniéndose dibujando círculos, volviendo sobre sus pasos y siguiendo hacia adelante una y otra vez hasta subir hacia los muslos. Mi primera reacción fue la de cerrar las piernas pero, algo me lo impedía, otros dos seres, mellizos esta vez, que cada uno por un lado me aferraban los tobillos impidiéndome el movimiento de acercamiento. En el mismo instante, un cálido aliento detrás de la oreja, hizo que mis pezones se tornaran duros y apretados; notaba como la piel se erizaba y me sumergía en un placer desenfrenado que iba creciendo a medida que aquel aliento, recorría mi cuello; mis piernas ya sin ofrecer resistencia quedaron colgando por ambos lados de la cama por lo que me vi liberada de la opresión en los tobillos, así que los mellizos subieron hasta apoderarse cada uno de mis pechos, jugando, acariciándolos, apretándolos sin piedad. Cerré los labios intentando ahogar un grito de placentero dolor, pero, otro de aquellos seres golpeaba mi boca desde el exterior, era suave, duro, cálido y húmedo, con delicada decisión consiguió doblegar mi voluntad y así, deje que forzara gustosa aquella entrada…
Entre las piernas, el bienvenido visitante me deleitaba con un sinfín de pasadas a ras de piel, cubriéndome de saliva y consiguiendo que el deseo que sentía, fuera alcanzando limites por encima de mis dominios. Todo mi ser estaba subyugado por aquellas fantásticas sensaciones de morbo y placer. Los párpados pesaban como una sutil losa y en colaboración con la mente me iban conduciendo a un estado de excitación .
Note al áspero personaje como se cernía alrededor del clítoris, rodeándolo con la parte que parecía más puntiaguda; mi cabeza se debatía para poner imagen a cada una de esas delirantes experiencias cuando, de pronto, empecé a comprender, reconocí qué era, lo que hurgaba entre mi sexo…una amplía, larga y experimentada Lengua. Todo empezaba a encajar, los mellizos que permanecían distraídos con mis pezones, tenían dedos, por lo que fácilmente deduje que eran dos cómplices Manos, que andaban en busca de complacer algún cuerpo solitario.
La suave dureza, el dulzor que invadía mi boca, era Pene, que, poderoso, radiante e impetuoso, seguía dejándome sin respiración en cada una de sus entradas.
Clave con fuerza las uñas agarrándome a ambos lados del colchón a medida que Manos, iban bajando en busca de su cómplice de juegos y como siguiendo un plan trabajaron en equipo, mientras ellas separaban mis labios menores, Lengua se iba adentrando en mi húmeda gruta, con destreza una de las manos formo con los dedos índice y corazón una V dejando al descubierto un sinuoso botoncito que iba olvidando su compostura para volverse loco gracias a los círculos opresores que estaba recibiendo. Una inmensidad de sensaciones estaba apoderándose de mi interior; oía el latido del corazón en las sienes, el ritmo de la respiración, que en un primer momento se mostraba relajada se iba acelerando. Un intenso calor me hacía arder las mejillas y mi boca, seca en su interior, luchaba intentando conseguir algo de saliva con que humedecer los labios. De mi garganta empezaron a nacer aquella clase de gemidos que anunciaban la cercanía del éxtasis, fue entonces cuando me percate que Pene, había desaparecido de entre mis labios y se estaba paseando orgulloso y erguido por detrás de mi oreja, enredándose con el manto de mis alborotados rizos susurrándome con calidez la nuca, deslizándose tranquilamente por mi cuello. Di media vuelta para ponerme de lado y dejar al descubierto cada uno de los peldaños de mi espalda, peldaños que Pene gustoso y pausado iba dejando marcados con una pequeña porción pegajosa avance de su jugoso deseo. Y bajo y siguió bajando hasta pararse a la entrada donde termina mi espalda, humedeció el terreno tanteando la forma de abrirse paso, preparándose como un toro ante el ondear de un grana capote. Esos minutos de espera me estaban poniendo a mil, visualizando mentalmente su triunfal entrada, anhelando su recorrido, empezó a penetrarme despacio, sin apenas separarse, apretando suavemente con decisión y fuerza hasta quedar en mi interior completamente, sodomizandome a su antojo. Replegué las piernas conduciendolas hasta mi cara y así en esa postura fetal se dieron cita mis recientes “amigos” Manos retorciendo a su antojo los pezones, Lengua enfrascada entre mis piernas succionando mis efluvios y Pene arrancando en cada embestida, un gemido de inmenso placer hasta inundarme de aquel néctar deseado que llenaba de calidez la frialdad de la hasta hacia poco olvidada cueva, diferentes líquidos de fuentes distintas, la que notaba como iba adentrándose en mis entrañas y otra, la mía que como un volcán en erupción salio disparada dibujando en la sabana la intensidad del orgasmo alcanzado.
Mi respiración se fue volviendo acompasada, las piernas desenredándose a lo largo de la cama y mi rostro busco el frescor de la olvidada almohada.
No sé cuanto tiempo transcurrió, aún me pregunto si fue una jugarreta del sol en combinación con mi subconsciente lo que me llevaron a percibir aquel inmenso placer, lo que si sé, es que cuando logre abrir los ojos, ya entrado el anochecer, a los pies de mi cama, vi desvanecerse aquellos increíbles seres de cuento y que al alargar la mano sobre la sabana donde me habían hecho desinfartarme interiormente, permanecía una húmeda señal que inundaba la habitación con su fragancia a sexo.