Inicios

Aunque llevaba ya cinco años dedicándose a ser chica de acompañamiento, era la primera vez que le contrataban para ir a un sitio así. Había follado con heridos hipocondriacos en hospitales que la querian como última voluntad; en parkings, coches, bañeras, e incluso en el hall de una casa mientras su mujer tomaba un baño en el piso de arriba; había sido el entretenimiento de un parque de bomberos una noche aburrida, pero nunca la habían llamado de un asilo de ancianos.

Antes de aceptar el trabajo, se aseguró de que no fuera una broma de los celadores, aunque la voz de su interlocutor denotaba cierta edad; eso no era problema para ella,su mejor cliente era un hombre que la pagaba cifras de tres ceros por mamársela a su padre de 95 años. La primera vez que tuvo que meterse aquel pellejo viejo en la boca lo pasó fatal, pero el cheque del final le devolvieron la sonrisa; y seguía haciéndolo cada vez que él la llamaba. Le gustaba ser puta, disfrutaba siéndolo; había tenido la suerte de encontrar un buen cliente cuando apenas cobraba treinta euros por servicio en un polígono industrial de las afueras de la ciudad que la introdujo en el mundo del lujo, donde había sabido mantenerse sin olvidar nunca sus inicios. Le gustaba salir una noche y recibir un buen fajo de billetes solo por posar, pero también gozaba siendo follada por cincuenta euros en la sórdida habitación de un hotel.

Y en este caso no era un hotel, pero si una residencia. Habia aceptado el trabajo para antes de ejercer de acompañante en una aburrida cena. No necesitaba el dinero del anciano para nada, aquella cena iba a proporcionarle un buen pellizco y además su acompañante estaba bastante follable, pero le gustaba intercalar sus servicios mas lujosos con los más sencillos, siempre sin olvidar sus raices. O por puro vicio. Le gustaba el sexo y el dinero, y aquella profesión era la mejor manera de combinarlos.

Se vistió con un traje de seda blanco y sandalias a juego; obvió la ropa interior, innecesaria, incómoda y poco elegante; su cliente de la residencia no eyacularía tanto como para que su semen resbalara por sus muslos, y su cliente especial agradecería el detalle de ir desnuda debajo de su vestido para él.

El taxi le dejó en la puerta de la residencia. En la recepción preguntó por su cliente, se asombró al descubrir que el celador no se sorprendía de su presencia ni indumentaria; o aquel era un asilo muy liberal, o su cliente realmente recibía unas visitas muy extrañas.
Llamó a su puerta. Una voz le invitó a pasar en una habitación en semipenumba, solo iluminada por la luz de las farolas que atravesaba la persiana. El hombre, sentado en un sillón de orejas, le pidió que se desnudara y tumbara en la cama. Sólo queria que se masturbara para él. Aquellos iban a ser los cincuenta pavos más fáciles que se había ganado. Tumbada, desnuda y abierta hacia su cliente, comenzó a fantasear, aprovecharía y se haría una paja de verdad, no fingiría su orgasmo como con muchos de los clientes cuyo único lubricante era el grosor de su cartera. Aquella noche no, disfrutaría por completo de su servicio.

Recordó su primera vez. Llevaba pocos meses en la ciudad, se le acababan los ahorros y no encontraba trabajo. Pero se negaba a volver a su casa con las orejas gachas. Dejó el piso en el que se encontraba y se alojó en una pensión con la idea de ahorrar el máximo posible. El dueño de la pensión, un hombre gordo y afable,enseguida se encaprichó de ella. Y aprovechó para tirar de sus encantos sexuales y conseguir habitación gratis a cambio de tres mamadas a la semana. De ahí cambió a tres polvos semanales por cama y comida diarias, y fue él mismo quien la recomendó a amigos y clientes del hostal, a cambio de un porcentaje, para que se ganara un dinero. Y ella disfrutaba cambiando mamadas y polvos por euros; le gustaba su trabajo y no lo cambiaría por nada del mundo.

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