La comida (Opción 1)

Este relato tiene dos opciones para el final, según la elección de los lectores a la pregunta que se plantea. Así que hoy publicaré el principio común y la primera de las opciones. La segunda la publicaré a lo largo de esta semana. -> COYOTE

BY JUAREN

Irene llevaba una vida tranquila, tenía a su novio Carlos, que se portaba muy bien con ella, la cuidaba lo mejor posible y era un chico muy tranquilo y dulce.
En el trabajo  no la iba mal para como estaban las cosas. Era secretaria en un bufette de abogados y aunque la cosa había bajado el trabajo seguía en pie, no habían tenido que despedir a nadie  y eso era algo que todos  celebraban. Habían aguantado un mal año, pero parecía que las cosas se iban mejorando. Habían conseguido unos buenos contactos, e Irente habia echo bien su trabajo. EL jefe la felicitaba por que si no hubiera sido por ella, se hubiera perdido mucha información que tenían guardada. LLevaba todo al día y no la importaba trabajar horas extras. Carlos tenia turno de tarde y eso dejaba poco tiempo para verse. Así que ella como tenía jornada continua, a veces no la importaba echar mas horas.
Cuando llegaba a casa comía y se echaba la siesta. Después se ponía hacer la casa, lo que no había hecho Carlos, que aunque trabajaba de tarde, le gustaba hacer lo que pudiera en casa. No le gustaba dejarle todo a Irene. La verdad que era un cielo. Pero a veces le gustaría que pudieran coincidir más, porque cuando él llegaba a casa, o venía muy cansado o ella ya estaba durmiendo. Pero aún así él siempre tenía detalles con ella: se levantaba temprano para darse una ducha juntos, aunque él luego se volviera a la cama; otras veces la dejaba preparado el desayuno…
Carlos había sido muy atractivo cuando era más joven, siempre muy deportista y cuidado. Pero ahora tenía poco tiempo libre y aunque intentaba sacar tiempo para cuidarse un poco, había cogido unos kilos extra.  A Irene tampoco es que la importara mucho su aspecto físico, pues lo que mas la importaba es como era el realmente en el interior y en eso era lo mas bello que había visto. Cada vez se acostumbraba más  a su cojín rellenito, donde apoyaba la cabeza para echarse las siestas. Aún recordaba sin embargo cuando tenía esa tableta que, aunque no fuera muy marcada, siempre le habia gustado.
Irene tenía ahora 33 años. Era alta para ser  mujer: 1.76 y aunque había estado mas delgada en otros tiempos, aún se conservaba dentro de unos márgenes. Tenía bonitas curvas, las piernas ya no tan torneadas todavía mantenían su encanto y como siempre llevaba tacones pues la estilizaban mucho más. En su trabajo el aspecto es importante, aunque la gente no lo diga, nadie se fija en una secretaria fea y mucho menos, aunque lo niegen, le dan trabajo si hay una guapa que casi haga lo mismo.
Ella se había ganado su puesto a base de esfuerzo y habían llegado dos chicas nuevas. Una era regordita, pero muy salada y la otra era un bellezón. Ella mantuvo su puesto, pues en su trabajo todo el mundo la adoraba tanto por el trato que daba, como por el buen trabajo que realizaba. De las dos nuevas eran muy similiares, la gordita para ella era algo más trabajadora, y no perdía mucho el tiempo en mirar páginas externas por internet, siempre tenía una sonrisa que te hacia sentir mejor y tenií una voz muy dulce. Por lo contrario “la modelo” como la llamaban por la oficina, era eficiente pero siempre estaba distraída y se le perdían cosas, pero los tíos de la oficina la adoraban, siempre pasaban por delante de ella, aunque su cubículo estuviera en la otra esquina. Además vestía muy provocativa. La gustaba mirar pícaramente al resto y calentarlos pero aunque muchos lo intentaron, nadie se la llevaba. Era muy lista.
Al final del período de pruebas echaron a la pobre gordita, la dijeron que les había gustado y que ojalá pudieran tener a las dos pero que ahora mismo no había bla bla bla. A los jefes siempre les ha gustado poder traer clientes y que se queden embobados mirando las maravillosas piernas de la secretaria. Irene tenía suerte, sabía que no era tan guapa como la otra, pero tampoco se quedaba atrás. Además tenía ropa muy linda que ponerse, que aunque fuera menos provocativa, sabía que más de una vez sus compañeros la habían deseado. Más de uno había intentado ligar con ella, pero a ella ese tipo de hombres no le gustaban: eran feos por dentro. Los oía pegando gritos e intentando aprovecharse de la pobre gente.
Pero llegó Pedro. Se habían ido por su propia voluntad dos abogados para intentar establecerse por libre, pensando que así podrían sacar más tajada de los clientes propios que tenían. Y la empresa intentó pescar algún abogado joven que no costara mucho dinero pero que fuera emprededor.
Hubo tres candidatos para un solo puesto. Los tres chicos tenían buenas referencias y parecían aplicados. Durante el periodo de pruebas los tres consiguieron buenos números. Pero Pedro era  especial. No solo conseguía buenos clientes sino que los clientes quedaban muy contentos con él. Lo que sorprendía a Irene es que casi todos sus clientes eran mujeres. Muchas de ellas viudas o divorciadas, que sacaban mucho dinero a sus maridos. Irene no quería ser mal pensada, pero… Pedro, que era un chico de unos 26 años, alto, y con muy buena percha. Tenía el pelo largo recogido y una cara cuadrada. Se podía ver que tenía unos fuertes brazos y las camisas ceñidas que llevaba escondían un perfecto cuerpo. Irene se le quedaba mirando a veces al pasar, Pedro siempre la sonreía con más que cortesía y creyó pillarle mirándola desde  lejos.

La verdad que Irene era feliz, pero no podía dejar de pensar a veces en Pedro. Irene se sentía culpable; sabía que la falta de sexo que tenía ocasionalmente, no era por falta de voluntad de Carlos, ya que él siempre intentaba tenerla satisfecha, pero a veces no era suficiente. Ella tampoco es que quisiera siempre, ni quisiera estar todo el tiempo, pero habia días que se sentía un poco abandonada. Irene, al contrario que piensen muchas mujeres, no era de masturbarse a diario, sólo lo hacía como medida de precaución y cuando no podia aguantar. Para eso era humana. Normalmente Carlos hacía los deberes… ¡y cómo los hacía! Era muy dulce, muy intenso y muy generoso. Pero ahora Carlos estaba pasando una mala racha en la empresa, que al contrario que la suya, habían tenido que despedir a varios compañeros y corrían muchos rumores.
Carlos estaba bastante estresado, aunque llevaba muchos años en la empresa y él era uno de los responsables, su puesto no corría peligro pero él tenia bajo su cargo a varios trabajadores, que si llegase el momento, él mismo tendría que despedir. Amigos suyos. Y eso podía con él, más que si fuese él el que fuese a ser despedido. Irene no le presionaba y más o menos siempre conseguía lo que se proponía con Carlos, pero últimamente necesitaba más y el pobre Carlos no siempre estaba disponible.

La semana siguiente de que hicieran fijo a Pedro, éste se encontraba en una nube, había cerrado otro cliente al que habian sacado buena tajada, la clienta, como no podía ser de otra forma, parecía estar muy satisfecha. Eran dos hermanas que habían conseguido gracias a un juicio, conseguir la casi totalidad de una herencia donde había de por medio otros miembros de la familia. Pedro había echo un buen trabajo según había entendido.
Irene fue al baño, no le gustaba mucho tener que ir al de la oficina, pero cuando hay una urgencia: hay una urgencia. Al sentarse oyó entrar a un par de mujeres hablando, ella no podía concentrarse cuando había gente y menos si ésta no paraba de hacer ruido. Las mujeres se pusieron a hablar y a reír. Su conversación parecía subida de tono porque no paraban de reírse como dos colegialas. Por lo que pudo entender al comienzo, estaban muy contentas por lo que habían conseguido de la herencia. Así que estas dos eran las hermanas. Pero entonces la conversación se tiñó de un tono que a Irene la pilló por sorpresa. Empezaron a hablar de Pedro, que les había echo un buen servicio, y la otra respondia que sí, que un gran servicio personalizado; y volvieron a reírse. Por lo que entendió en la conversacion que siguió, Pedro era un buen abogado, pero que como amante no tenia precio: que era un toro desbocado y que había podido pasar toda una noche con las dos mujeres, hasta que estas quedaron dormidas de agotamiento. Empezaron a hablar del gran tamaño de su virilidad y de cómo sabía lo que les gusta a las mujeres. Las dos reían: esperaban poder volver a llamarlo para cualquier cosa y poder acostarse nuevamente con él.
Estaban describiendo tan detalladamente a Pedro que Irene empezó a ponerse colorada y un poco excitada, ya había pensado en Pedro, pero estas mujeres daban mas chicha a su conversación. Irene nunca había estado así por un hombre que no fuese su marido. Intentó quitarse la imagen de la cabeza y cuando las mujeres se fueron, ella salió de su sitio.  Se mojó bien la cabeza y bebió un trago de una botella de agua y volvió a su sitio. Intentó no imaginarse a Pedro desnudo, tocándola, besando su cuerpo y ella tocando cada centímetro de su cuerpo.
Irene se culpó y estuvo a punto de llorar. Entonces apareció Pedro:<< ¿Estas bien Irene? >> Irene intentó recordar cuando había hablado con Pedro alguna otra vez y sí, ella le había dicho su nombre, toda la oficina la conocía, pero nadie la había tuteado la primera vez. << Sí,  gracias. Solamente estoy un poco estresada con algunos asuntos personales >>. Pedro se acercó a ella, se sacó un pañuelo y la limpió los ojos. Su mano rozó la mejilla de Irene y ésta se aceleró. << No te preocupes cielo, todo en esta vida se puede solucionar, sólo tienes que coger al toro por los cuernos, y saber lo que quieres >>.  Pedro sonrió de una forma casi divina. Irene empezó a temblar, ¿podría leerle los pensamientos?. << Gracias Pedro >> Éste sonrió y se alejó de la mesa.
Cuando Irene creyó que podía volver a respirar, Pedro volvió: << Perdona que te moleste de nuevo, pero he pensado… >> Se detuvo para decir lo que quería decir con las palabras exactas. << Hoy he cerrado un buen negocio y pensaba celebrarlo. Veo que necesitas alegrarte un poco, ¿te apetecería tomar un trago o comer algo al salir del trabajo? >>. Sus palabras aunque muy educadas, tenían un doble sentido que Irene no le costó nada pillar. Irene pensó antes de contestar << No lo sé, tenía pensado comer en casa, hoy iba a comer con… >> se atragantó con  sus palabras y  volvió atras y dijo simplemente << No lo sé >>. Tras decir esto se dió cuenta que había traicionado a Carlos, pero no era ella misma ahora mismo. Pedro aunque en parte disgutado por un leve gesto que hizo con la frente, volvió a la carga, estaba claro cómo Pedro conseguía a sus clientas: persuasión y continuidad. << Bueno yo estaré en el bar de abajo de 14.00 a 14.15. Si quieres pásate, me haría muchísima ilusión compartir este buen momento contigo. Necesito estar con alguien y creo que tu también. Te espero cielo >> y tras dedicarla la mejor de su sonrisas se fue.
A Irene le palpitaba el corazón, sabía cuales eran las intenciones de Pedro, pero… ¿ hasta dónde sería ella capaz de llegar? No era una mujer que estuviera mal en su matrimonio, o que su marido fuera un cabrón, pero Pedro era….. Pedro. Irene no dió pie con bola en toda la mañana, a sus compañeros les extrañó su forma de actuar: ella hacía caso omiso de los comentarios. Hoy iba a comer con Carlos, hacía tiempo que no comían juntos y él había hecho un hueco para que pudieran coincidir. Pero Irene no queria perder esta ocasión ¿Qué hacía? Se acercaban las 14.00 . ¿Qué podía hacer ella…?

OPCIÓN 1:
Llegaron las 2 de la tarde, Irene cogió el teléfono y mandó un sms a Carlos: ” Hola cariño, sé que habíamos quedado para comer, pero tengo un montón de papeleo y tiene que ser para ahora, el jefe esta muy preocupado por unos resultados. Lo siento. Ya te lo compensaré. Te veo a la noche. Te quiero”
Estas últimas dos palabras se le clavaron en el pecho como si fuesen dos puñales. Aún así se levantó, recogió sus cosas y fue a reunirse con Pedro. Éste estaba en la barra del bar, hablando con una de las camareras mientras ella le miraba con cara de perrilla domesticada, riendo cada gracia que hacía Pedro. Entonces llegó Irene: << ¿Me esperabas? >> dijo con un tono un pelín más brusco que el queria decir. Él sonrió con un deje de importancia y asintió. <<  He reservado mesa para dos en el Italiano que hay al lado de mi casa, es un sitio precioso, con una comida que de verdad parece que estes en Italia, y muy íntimo >>. Irene ya sabía por dónde iban los tiros, pero había tomado una decisión y esperaba que fuera la acertada.
Fueron a comer y la verdad que el sitio era fabuloso. La comida era exquisita y las mesas estaban situadas en grupo de a cuatro, pero que eran difíciles de ver porque estaban muy recogidas, ninguna mesa podría casi ver quién había en la otra mesa. La conversación fue animada, Pedro era un gran interlocutor, y la trataba como si ella fuera lo más importante que hubiera en este mundo. Irene no se creía todo, pero aun así estaba muy agusto, y se dejaba mimar: cualquier mujer podría caer en sus redes, era difícil no caer y estaba segura que ya habían caído muchas con el truco del  italiano.
A diferncia de otras, no es que Pedro no la estuviera seducciendo, que así era, sino que ella ya sabía lo que quería y no hacía falta convencerla mucho. Irene se lo comía con los ojos y él no paraba de acariciarla la mano. Pidió la cuenta y la susurró << ¿Te gustaría tomar un café en mi casa ante de marchar? >> acompañó este susurro con un agarrón en el hombro de Irene que hizo que la reccoriera un escalofrio. << Sí,  claro >> Fue lo único que pudo decir.

La casa de Pedro era amplísima y muy bien decorada. El salón era muy espacioso con un gran televisor. No sabía bien cómo podía haber ganando tanto dinero, pero estaba segura de que más de una admiradora le había pagado bien por ciertos servicios, que ella esperaba conocer.
Cuando oyó cerrar la puerta y se giró para decir lo bonita que era la casa, Pedro se abalanzó sobre ella. La besó con una fuerza y con un deseo que ella hacía tiempo no había sentido. Ella le rodeó la cabeza con los dedos y se apoyó en la pared. La lengua de Pedro era inquisidora, la buscaba sin descanso y no paraba de atacarla, ella intentaba defenderse, pero sus defensas eran inútiles ante los ataques de Pedro. Éste empezó a desnudarla con una facilidad asombrosa. Irene no se resistió. Las manos de Pedro la deseaban, la tocaban con suavidad pero con mucha pasión. Irene gimió de placer ante el interés de Pedro. Él la empezó a besar el cuello y rápidamente bajó hasta los pechos de Irene. Las manos de Pedro apretaban sus muslos y había levantado una pierna para poder tocarla bien. A Irene le daban tics de placer durante los cuales sólo podía coger la cabeza de Pedro y apretarla, mientras acariciaba su pelo.
Pedro cogió la otra pierna de Irene y se la llevó en volandas, como si no pesara nada, a la habitación. La dejó caer en la cama. Se quitó la camisa y enseñó un cuerpo perfectamente tallado. Irene se mordió el labio.  Pedro se tumbó encima de ella y volvió a besarla apasionadamente: primero la boca, después el cuello, para luego seguir bajando ante sus pechos. La levantó la falda y empezó a besarla en el sexo empapado. Ella gozaba de lo lindo ante el arrebato pasional de Pedro, que había separado los labios de ella y movía rápida y vorazmente la lengua contra ellos, jugando con el clítorix en un frenesí de movimientos. Sus dedos entraron en Irene, que no puedo aguantar el gemir. Si la tenía algún tipo de duda estaba muy muy escondida en el fondo de su mente, en la que solo había placer y más placer.
Los movientos de Pedro eran acelerados: buscaba complacer. Enseguida se irguió y se quitó los pantalones. Irene se incorporó para ayudarle a quitarse los canzoncillos. Entonces vio el pene de Pedro, duro como las piedras, grande (más o menos como el de su Carlos) Pero ella sólo deseó tenerlo en ese momento. Sin miramientos se lo metió en la boca de un solo golpe, lo que provocó la sorpresa y el agrado de Pedro, que la cogió de la cabeza y la acompañó en los movientos de ésta. Irene estaba poseída por una lujuria incontrolable: movía la boca de arriba a abajo cada vez a más velocidad y se la sacaba pocas veces para poder lamerla entera. Sus manos le tocaban los testículos mientras tenía su pene en la boca. Él sólo podía disfrutar y gemir de placer cuando ella le lamía la punta de su cabeza con la punta de su lengua. Ella también  subía con rapidez la mano por todo el tronco de su sexo: estaba muy caliente y no podia remediarlo.
Pedro la apartó y la tumbó en la cama. Ella se dejó abrir las piernas, estaba ardiendo, deseaba sentirle dentro. Él la penetró hasta el fondo a la primera. Irene sintió que casi no podía ni cerrar los ojos del placer que había sentido al sentirla tan profunda. Los movientos de Pedro eran rítmicos y cada vez ibas más y más rápido: como la respiración de Irene. Estaba loca de placer y tuvo que morderse el dedo para no gritar. Pedro la levantó solo una pierna y se inclinó más sobre ella. Como habían dicho las hermanas… era un toro. Un toro que la corneaba sin piedad.
Estaba teniendo el sexo con el que había fantaseado ya semanas atrás. Pedro se puso de rodillas y la cogió entre sus brazos, la colocó suavamente sobre su duro sexo y la empezó a penetrar con ella en volandas. Los fuertes  brazos de Pedro la movían a su antojo. Era fuerte. Muy fuerte.  Ella se agarró a su cuello y empezó a chuparle todo el cuello, a morderle incluso. Luego bajó a su pecho a mordisquearle sus duros pezones, casi hasta provocarle dolor, era increíble: cada postura en la que la ponía conseguía encontrar dónde tocar. Llevaban ya más de 40 minutos en un frenesí  y Pedro, aunque sudoroso, no parecía cansado.
Entonces la situó a cuatro patas en la cama. La separó bien las nalgas: quería ver como la entraba bien el sexo dentro de ella. La empezó a penetrar suavemente y cuando su cuerpo se acostumbró empezo a darle más y más caña. Irene empezó a notar como un nuevo orgasmo empezaba a florecer y que se mantenía con cada embestida de su toro. Pedro empezó a jadear, notaba que empezaba a llegar a su fin y cada vez más y más fuerte. Irene explotó en un orgasmo que no pudo ahogar y que consiguió que Pedro estallara también en él hasta que gritó que por favor se diera la vuelta. Ella rápidamente se dió la vuelta, pero llego un pelín tarde y Pedro se empezó a ir por todo el pecho de Irene. Los dos jadearon victoriosos,  Irene le cogió su sexo y empezó a relajárselo dándole besitos en la punta a la vez que acariciaba su miembro.
Tras el gran orgasmo, Pedro cayó en la cama y se puso a  acariciar la espalda de Irene. << Eres estupenda >> dijo.  Irene se levantó y se fue al baño y se dio un duchazo. Terminó de limpiarse toda la zona húmeda y por donde Pedro se había ido. Al salir empezó a vestirse, él la miró con aire distraído.  << ¿Te vas? >> preguntó como si no conociera la respuesta. << Sí, creo que es mejor que me vaya. Eres un cielo y un dios en la cama, pero tengo que irme a casa. Ya nos veremos por el trabajo >>. Él se despidió con un pico en la boca de Irene y volvió a dejarse caer, todavía desnudo con su miembro, aunque flácido ya despues del acto, alargado entre sus piernas. << Claro ya nos veremos en el trabajo >> sonrió contento de sí mismo. Irene bajó a la calle y pidió un taxi y se fue a casa a pensar qué hacer ahora. “Pase lo que pase, que me quiten lo bailao” se dijo para sí, en una sonrisa picarona.

Hemos leido este relato en:

Leave a Reply