Llévame contigo…
Conocí a Santi en una de esas ferias que se celebran anualmente en la ciudad, nuestro stand estaba enfrente del que representaba a su empresa, y en esta ocasión fue imposible no tener algo de contacto.
Era de los mayores vendedores de Software del sector, un tío elegante y con una labia espectacular, había oído hablar de él en varias ocasiones y siempre pensé que los comentarios eran exagerados, que existía mucha envidia y competencia, pero lo cierto es que pude comprobar con mis propios ojos como en menos de media hora cerraba una venta de millones.
Siempre estaba rodeado de mujeres espectaculares adulándole, salía por la puerta de la exposición y todas corrían desfilando meneando el trasero delante de él. Impresionante.
Tenía otra fama: le encantaban las putas.
Todo el mundo comentaba que había estado con las mejores fulanas del mundo, era una de sus perdiciones, se gastaba miles de euros en ellas.
El último día del salón coincidimos en el vasco que solíamos comer. Yo estaba con Miriam y nuestro director de departamento, comimos pulpo sin parar y bebimos casi cuatro botellas de Txacolí entre los tres. Las risas cada vez eran más frecuentes en nuestra mesa y mis ojos no podían dejar de repasar a Santi imaginándolo con todas aquellas rameras a las que pagaba después de satisfacer sus deseos carnales.
No tardó mucho en acercarse a nuestra mesa con una botella de vino en la mano, invitó a un compañero suyo, y se acomodaron con nosotros. Santi se sentó a mi lado. Nos reíamos y jugábamos a representar las mejores ventas de nuestra vida, yo le miraba con interés y cada vez me sentía más excitada.
Por sorpresa y con mucha suavidad, empezó a acariciarme los muslos por debajo la mesa, separándome las piernas con una mano mientras nos relataba una de sus jugadas. Nadie notaba nada. Todos nos reíamos.
Me frotaba los muslos de un modo exquisito, buscando mi sexo con algo de impaciencia fruto de su deseo por tocarme toda. A su vez, un cosquilleo me subía por el ombligo hasta producirme entrecortados y tímidos gemidos que explotaban en mi pecho.
Hurgué en el bolso buscando el pintalabios para ir al baño a retocarme, cerré las piernas bruscamente y su mano quedó atrapada en medio, entonces apreté fuerte y aguanté unos segundos hasta que nuestras miradas toparon de frente. Le brillaban los ojos de deseo. Me levanté y fui al baño.
Frente al espejo, empecé a pintarme los labios y no tardé ni dos minutos en notar como me apretujaban el culo; era él.
Me empezó a magrear el trasero con sus enormes manos impregnadas de vicio y con una fuerza que se descontrolaba por momentos. Le aparté las manos con la misma fuerza.
- ¡Llévame de putas! Exclamé con contundencia. Su rostro reflejaba entre sorpresa y excitación.
- ¿De putas?
- Sí, siempre quise ir de putas, llévame contigo.
- Viciosa. Me dijo mientras intentaba manosearme las tetas.
- ¡No me toques ahora! ¿Nos vamos? Dije impaciente.
Me cogió de la mano y salimos del bar en busca de su coche.
Nos metimos en el vehículo sin perder el tiempo, pisó el acelerador y cogimos la autovía con mucha velocidad. Mientras conducía no dejaba de girar la cabeza para mirarme, con una mano sujetaba el volante y con la otra palpaba la pierna buscando mi sexo.
Al fin llegamos a un apartamento. Atónita y observando el lujoso lugar, andaba siguiendo sus pasos mientras me recolocaba la falda en su sitio.
Llegamos a la puerta y antes de pulsar un sofisticado timbre, un hombre mayor con el pelo canoso nos abrió. Iba acompañado de dos rubias impresionantes –dos zorras, una en cada lado-, con esos bikinis de triángulo tres tallas más pequeñas para dejar ver sus enormes y redondas tetas. Me encantaba mirarlas, ver como los dedos del viejo buscaban los pezones dentro de los mini triangulitos.
Nos acompañaron a un salón y nos sentamos en un enorme y circular sofá de piel blanca. Al centro, una mesa enorme redonda ofrecía vistas espectaculares de dos hombres follando a una mulata.
Santi no me quitaba los ojos de encima. No se perdía ni un solo detalle en mí.
Mientras miraba todo aquello, me cogió de la barbilla para obsequiarme con un excitante beso a la vez que se desabrochaba el pantalón. Le besé chupándole la lengua como si de su polla se tratara, estaba deseando comérsela.
Santi empezó a masturbarse, me bajó la cabeza hacia su sexo, aparté la mano de su paquete para tragármela entera, e inicié una mamada que a los pocos minutos tenía un gran público.
Bajaba hasta el fondo de la garganta y golpeaba la base con la lengua, luego subía repasando todo el tronco hasta sacármela de nuevo. Santi presionaba mi cabeza indicándome el momento en el que debía acelerar o lentificar el ritmo para su mayor placer. También me interrumpía de vez en cuando diciéndome que le mirara a los ojos, luego me volvía a agarrar del cráneo y, sin avisarme, me la hundía otra vez hasta el fondo.
Poco a poco y, por detrás, empecé a notar como varias manos recorrían mi cuerpo, buscaban mi sexo, me magreaban el culo, y lamían mis piernas.
La excitación iba creciendo, la situación y el decorado era de lo más vicioso que había hecho nunca, y esa actividad oscura y perversa me conmovía.
Entre dos tipos, y a la vez que me manoseaban, me agarraron para levantarme. Una fina lágrima de saliva separó mis labios de la enorme polla de Santi que, segundos después, ya ocupaba otras bocas. Tres zorras empezaban a engullirle como fieras desbocadas.
Entre unos cuantos, me tumbaron en la gran mesa central. Todos los viejos puteros me miraban, se agarraban el sexo y lo dirigían a mi boca. Me puse a cuatro patas y gateé hacia un extremo de la mesa, acercándome al primero ofreciéndole mi boca sedienta. Mientras, notaba como otras pollas golpeaban mis pómulos esperando su ración.
Santi me miraba mientras se tiraba a las tres zorras.
Yo continuaba agarrando distintos sexos, de diferentes tamaños y formas. Giraba la cabeza de izquierda a derecha para chuparlos todos. Me encantaba la sensación de atrapar al vuelo una polla con la boca mientras pajeaba otras con la mano, era sensacional, una locura… era el paraíso.
El espectáculo de pajas y mamadas duró lo justo para que mi coño aumentara considerablemente de tamaño y, más húmedo que nunca, pidiera ser penetrado, ahora ya con desesperación.
Algunos de los tipos comentaban: “Esa zorra quiere que la enculen…”
Me pusieron de pie, y en el suelo se acercaron otros más a magrearme entera. Ninguno me besaba, si embargo, dos fulanas con las tetas fuera se abalanzaron sobre mi boca, mordiéndome los labios y comiéndome la lengua.
Por detrás, una despampanante morena agarraba la verga de un tipo y me la frotaba por el clítoris, una fricción que cada vez se volvía más frenética, necesitaba sentirla dentro.
La mezcla de placer físico con el pensamiento oscuro de que estaban pagando por mí, me estaba haciendo perder el control de un modo extremo. Me escocían los ojos de placer.
Santi ahora follaba con otra –una corpulenta cubana que gemía muy fuerte-, pero no me quitaba la mirada de encima. Me observaba con cara de cerdo mientras le apretaba el culo y decía:
¡Vamos! ¡Folláosla! ¡Lo está deseando!
Se inició un festival de penetraciones a turnos, fornicábamos como auténticos animales salvajes. Podía notar diferentes texturas, cambiaban los ritmos de los golpes, el gustazo se prolongaba y era puro vicio el querer más y más -y siempre, sin dejar de mirarnos Santi y yo.
Los fluidos iban explotando en mi culo, en mi vientre… algunos me caían por las comisuras de los labios, que yo después mezclaba por todo mi cuerpo, exigiendo otros de nuevos.
De repente y con mucha brusquedad, Santi se acercó a mí y me cogió entre sus brazos, me empotró contra una pared y me penetró con una fuerza sobrenatural
- ¡Mírame! ¡Quiero verte la cara! – me decía mientras me follaba. Puedo imaginar por momentos mi cara con la boca desencajada.
- ¿Te gusta, zorra? ¿Te gusta sentirte como una auténtica zorra? ¡Pues toma! Me penetraba agarrándome las piernas y abriéndome lo suficiente para que le sintiera hasta el fondo. Yo cada vez chillaba más…
- ¡Oh! ¡Ohh! -estaba enloquecida, llorando de gusto.
Nos estremecíamos de placer mientras continuaba agarrándome de la barbilla, obligándome así a mirarle fijamente. Me lamía las lágrimas, me lamía la boca, me lamía toda.
Lo que ocurrió a continuación, lo recuerdo vagamente ya que me quedé inconsciente, sí, sé que suena exagerado, pero así fue: inconsciente de placer.
Recuerdo despertarme en una habitación, dentro de una cama con sábanas de encajes rosas que me parecieron tremendamente horribles, mis pendientes encima de una mesita de noche, y un fajo de billetes de cien euros.
No me lo podía creer. No me acordaba de nada de lo último. Ni de haberme quitado los pendientes. Ni de quién dejó la pasta allí encima.
Acerqué la nariz a un hombro y traté de olerme, me palpé el sexo, y me llevé los dedos a las fosas nasales para deleitarme con su perfume.
Volví a cerrar los ojos dejándome llevar por aquel delicioso aroma.
Texto: abril
Fotografía: Jesus Coll
