Mi tierna niña es toda una mujer

Toda una mujer…

Claudio Wietstruck

Soy un tipo grande, qué duda cabe: 1 metro con 93 centímetros de estatura, 98 kilos de peso y musculosa anatomía diariamente labrada en el gimnasio.

Ella: pequeñita, frágil, de senos mínimos y tierna albura de nieve impregnada en la piel. Mide escaso metro con 48 y no pesa más de 40 kilogramos.

Yo: 42 años bien llevados y un divorcio encima.

Ella: parece una niña; con dificultad, aparenta catorce. Aún le piden el carné de identidad en cines y discotecas.

No teman: es mayor de edad.

Siempre me obsedieron las mujeres jovencísimas. Mi ideal de belleza son las mozas de doce a quince años.

Mas soy ciudadano escrupuloso. No me complace quebrantar la Ley. No suelo copular con menores.

Cuando conozco a muchachas como a Estela –cultas, de modales dóciles, tiernamente sumisas en la cama y de la edad adecuada- experimento la Gloria del Cielo en la Tierra.

Justo ahora, sostenemos en el lecho una ardiente sesión de sexo anal. Con mano firme de levantador de pesas, atenazo sus finas caderitas de infanta.

Cada gemido parece salirle a Estelita de los más hondo del Alma: a un mismo tiempo, suspira como gatita que goza del coito y solloza como chicuela a la que sin piedad apalearan.

Yo la torpedeo a placer, desplegando todo mi poderío físico. No entiendo cómo su frágil anatomía consigue soportar cada irrefrenable embestida mía.

Eyaculo con brío. Orgasmamos y gritamos al unísono.

Tras el clímax, me quedo todavía un buen rato dentro de ella, besándole la nívea seda de la espalda, el grato cuello de cisne, el dorado trigo de la cabellera empapada de su sudor, de mi sudor…

Cómo me gusta sembrarle el falo en el estrecho nicho de su intimidad postrera. Y ella casi nunca se niega, casi siempre consiente…

Qué inmensa alegría: follarme a diario a esta niña que –en realidad- es toda una mujer.

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