Nirvana anal (I): gemido delator
Claudio Wiestruck y Joao Neto
A mí me gustaba acariciarla.
Y a ella, ser acariciada.
Ningún recoveco de su cuerpo me estaba vedado.
Miento, je, je… había uno que aún estaba fuera de mi alcance.
Le encantaba cuando mi índice travieso exploraba el umbral de su intimidad postrera: un gemido delator corroboraba el placer que le producía esa sutil penetración.
Pero cuando intentaba sumergir mi falo en su más delicioso abismo, la negativa era inmediata.
Su temor al dolor le negaba a experimentar el placer que los griegos celebraban a la manera de Heródoto,[] Platón,[] Jenofonte[ ]y Ateneo: sacro éxtasis rectal que es tan antiguo como la civilización misma.
“Tengo miedo a que me hagas daño por allí, amor…”, decía ella, aunque con un cierto dejo de picardía en la voz.
Sin embargo, una noche…
Una noche que ella jamás olvidará (ni yo tampoco)…
…tras varios vodkas…
…su relajado cuerpo se rindió –por fin- a mis más urgidas fantasías…
Con enérgica ternura, mi índice envaselinó aquel vedado coto de placer.
Poco a poco, fui introduciendo mi bálano en su tiernísimo umbral. Al principio, me costó un poco; hasta llegué a pensar que resultaría imposible sembrar mi contundente tallo en la mujer que más amaba. Pero, casi sin darnos cuenta, su plácido pasadizo fue asimilando cada engrosado centímetro de mi pene.
Comencé el coito con suavidad: quería saber cuánto era capaz de resistir. Luego, me desaté: la embestí con reciedumbre –sin remilgos ni concesiones- y desaté dentro de ella todo mi poder genital.
En algún momento, creí que gemía de intolerable dolor. Pero su tórrido contoneo y su ávida performance eran claros indicios del indescriptible placer que estaba experimentando.
Varias veces acabamos al unísono en aquella noche inolvidable…
…y en cada ocasión, un gemido glorioso y exultante revelaba el nirvana anal que extasiaba a mi amada.

