Prácticas Inmorales – Parte IV

Anoche me masturbé pensando en María.

Me acordé de la primera vez que coincidimos en la consulta de depilación láser, del siguiente morboso encuentro con nuestras respectivas parejas, de las llamadas y flirteos posteriores… pero sobretodo, de la primera vez que quedamos las dos a solas.

María me citó en su casa. Era pleno verano, y en Barcelona hacía un calor achicharrante. Aún puedo sentir el sudor en los muslos al andar por la calle, el asfixiante chorro de calor que salía del aire acondicionado de los edificios, el bochorno en los andenes del metro… Creo que fue uno de los días más calurosos del año.

Cuando llegué a su piso, nada más abrirme la puerta, me relajó la brisa del aire frío que acondicionaba el lugar. Mi sudor se secó al instante.

María me esperaba sólo con un camisón negro que transparentaba sus enormes pechos, dejándo ver su rizado vello púbico. La repasé de la cabeza a los pies. Su melena estaba improvisadamente recogida con un moño, dándole un toque sofisticado, a la vez que desaliñado.

-  Estás guapísima -dije.

- Gracias, linda. Estoy más bien… ¿cómo te lo diría?, ¿cómoda? –se le cayó el tirante derecho del camisón.

-  Sí, también, no lo dudo. Hace un calor ahí fuera, que parece el infierno.

-  Sí, hoy es terrible el calor que hace. ¿Qué te apetece tomar? –recogió el tirante y lo puso delicadamente en su sitio.

-  Algo frío, lo que quieras.

-  Tengo un rosado excelente en el frigorífico, ¿qué te parece?

-  Sí, está bien.

Mientras María iba a la cocina a por el vino, me quedé esperando en un precioso sofá Art Decó tapizado de terciopelo violeta. No recordaba haberlo visto la vez que estuvimos las dos parejas jugando en el salón. Lo acaricié para sentir el suave tacto en las manos, y resultaba realmente agradable. Era de aquellas tapicerías en las que apetece desnudarte y dormir encima. Maravilloso.

-  ¿Qué te parece mi última adquisición? –María salía de la cocina con dos copas en una mano, y el vino en la otra.

-  ¿Es nuevo? –pregunté.

-  Afirmativo, me llegó la semana pasada. Era un caprichito que tenía encargado desde hace meses, y mi marido que me quiere con locura… pues me lo regaló –dejó las copas encima de una mesita pequeña de cristal.

-  Es precioso, me gusta mucho cómo combina con la decoración del salón.

-  Y contigo encima aún resultaría más bonito –sonreía con picardía, a la vez que daba vueltas al sacacorchos para abrir el vino.

-  No, yo creo que contigo a mi lado sí sería magnífico.

María se sentó junto a mí, y sirvió vino. Primero llenó mi copa, y después la suya.

-  Salud, cielo.

-  Salud.

-  Oye, ¿puedo preguntarte algo? –María me miraba de arriba abajo.

-  Por supuesto, adelante.

-  ¿Siempre has sentido el mismo interés hacia las mujeres?

-  Sí. Me gustan ambos sexos desde muy niña, me excitan igual. Y quizás en determinadas circunstancias prefiera a las mujeres.

-  Bisexual por naturaleza.

-  Sí, imagino que sí.

-  Yo empecé a tener relaciones homosexuales en los locales de intercambio, antes ni me lo había planteado. Pero ahora que sé cómo es estar con una chica, no volvería atrás, además, a Carlos le excita enormemente verme con otras –no sé por qué razón, los pezones de María se acababan de poner de punta, señalándome fijamente. Traté de continuar la charla sin desviar la mirada.

-  Pero también te lías con mujeres a solas –dije después de dar un trago.

-  Y me encanta. Es como si estuviera siendo infiel, y ese pensamiento me pone mucho, a pesar de que nunca lo haría, claro –María se miró los pechos y se percató de sus punzantes pezones-. ¡Huy, qué pipas se me han puesto! –se rió como avergonzada.

-  ¿Pipas?

-  Pezones. En mi país les llamamos pipas. ¿Te gustan mis pipas, cielito? –suavemente se los pellizcó. 

-  Me apetece tocarte.

-  Tócame, ven –estiró su mano.

Me incliné un poco hacia delante alargando las dos manos hacia sus pechos. Los acaricié por encima con las palmas bien abiertas, sólo rozándola. Sus pezones aún se endurecieron más al sentir el contacto de mi piel. Miré en sus ojos y ella sonreía con deseo.

Continué las caricias por encima de la ropa, encantada con aquel tacto sedoso y al mismo tiempo compacto.

-  Ven -dijo. Y me cogió de la mano llevándome hacia la sala de estar. -¿A ti también te gusta que te vean? –preguntó.

-  ¿Que me vean?

María abrió las puertas que desembocaban a una enorme balconada que daba a la calle. En el edificio de enfrente se veía un piso sin cortinajes, con una amplia sala de estar sin apenas mobiliario.

-  Sí, que desconocidos te vean desnuda, o ser vista mientras haces sexo –se puso de espaldas al balcón y se quitó el camisón.

- ¿Tienes un vecino voyeur? –pregunté.

- Shhh, no mires ahora. –cogió mi cara y la dirigió a otro lado. -Disimula, haz ver que no ves nada-. Y empezó a desnudarme.

Cómo me excitó esa escena. Me humedecí al instante.

De pie y desnudas frente al balcón, empezamos a tocarnos todo el cuerpo sin dejarnos ni un solo rincón. Mientras sus finas manos manoseaban mi culo, las mías palpaban aquellos redondos y exuberantes pechos. Parecíamos dos piezas de barro moldeándose.

María tenía la piel mucho más suave que cualquier otra mujer con la que hubiera estado, era una textura deliciosa que me enloquecía, me faltaban manos para poder saborearla más.

Me lancé a su cuello y empecé a mordisqueárselo todo, el mismo sabor de la última vez me llenó la boca de excitación para continuar comiéndomela; estaba deliciosa.

Bajé todo el cuerpo con la boca hasta llegar a su sexo. Me arrodillé y coloqué la mano entre sus piernas. Allí me encontré con un coño húmedo y caliente que me invitaba a degustarlo entero. Primero palpé sus labios con la yema de los dedos, los agarré para comprobar lo hinchados que estaban, y más tarde los froté con la ayuda de su flujo.

María gemía.

Me di cuenta de una presencia frente al edificio, pero no me giré, y continué sumida en aquel coño palpitante cada vez más mojado. Ella se movía inquieta según el movimiento que ejercían mis manos. Cuando le pellizcaba el clítoris, respondía con un gemido muy agudo. Cuando recogía flujo para esparcírselo por todo el coño, la respiración era más pausada, como de descanso.

En el momento en que estaba a punto del primer orgasmo, me frenó para llevarme a una butaca con excelentes vistas al balcón. Me hizo sentar y ella se arrodilló delante.

-  Ahora me toca a mí –comenzó a besarme la parte inferior de los muslos, hasta conseguir la total separación de mis piernas. Me estremecía de placer cuando me besaba así.

Continuó hasta que pude sentir su aliento en las puertas del coño.

Jugó un buen rato demostrándome lo experimentada que estaba en la materia. Mis ojos se perdían viendo aquel cuerpo arqueado. Me fijé en cómo su espectacular culo bronceado, lucía una minúscula marca del tanguita, varios tonos más claros que el resto de la piel.

También miré enfrente: un hombre de mediana edad observaba con prismáticos mientras parecía sacudir migas de pan encima de su bragueta.

Volví otra vez la vistaa hacia ella, no quería que el mirón se fuera, me gustaba la idea, y más, sabiendo que estaba con unas lentes pudiéndome ver tan cerca como quisiera.

Me llevé las manos a las tetas y empecé a magreármelas haciendo círculos.

María ahora movía mi clítoris de un lado a otro con la puntita de la nariz, haciendo tintinear un diminuto cascabel que llevaba de collar. Su cuerpo continuaba arqueándose mientras algunos mechones deshilados de su moño acariciaban mi vientre. Se movía mucho, estaba igual de excitada que yo. Sus piernas lucían tensas y firmes.

Me retorcí de gusto hasta que tuve un orgasmo que pensé que me desmayaba en aquella butaca.

María se incorporó y, abierta de piernas, se sentó encima de mí. Cogió mi mano y la llevó a su sexo, después hizo exactamente lo mismo con la suya y, de un golpe seco me introdujo los dedos. Me masturbaba enérgicamente mientras saltaba encima mío. Sus tetas empapadas de sudor me golpeaban la cara, mientras mi boca intentaba cazar al vuelo alguno de sus pezones.

Volví a correrme con sus dedos dentro. María me miraba y se mordía los labios con los dientes al verme. Tenía una cara de furcia viciosa que jamás olvidaré.

Al reponerme un poco del éxtasis, decidí tomar el mando devolviéndole todo el placer que me había dado. Situadas de pie, coloqué sus manos contra la pared más próxima al balcón, y me situé tras ella.

Desde arriba y por detrás, agité sus tetas enérgicamente. Estiraba sus pezones hacia la pared esperando su gemido para soltarlos.

-  Eres una guarra- decía.

-  Mira al balcón –contesté mientras continuaba manoseándola. Ladeó la cabeza para examinar si aún estaba el chico.

Bajé las manos y las hundí en su coño: estaba ardiendo. Me impregnó la mano al instante.

La penetré con tres dedos agarrándole del culo con la otra mano. María gemía como una loca hasta que explotó en un orgasmo que la dejó exhausta. Cayó al suelo y, a cuclillas, nos quedamos las dos, acariciándonos los brazos, los hombros, el cuello, los pechos…

Cuando me di la vuelta para ver si el tipo continuaba ahí, ya no vi  nada.

Bueno, sí. Unos zapatos desparramados encima del parqué, una camisa, y los prismáticos, todo en el suelo.

Días después intenté recordar los rasgos físicos de aquel tipo, pero me fue imposible.

Esa idea me excitó aún más.

Texto: abril

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