Prácticas Inmorales - Parte III
-¿Follabais Theo y tú?
El otro día por la tarde quedé para tomar un té con Ana, una ex compañera de trabajo que hacía años que no veía.
Coincidí con ella los dos años que estuve trabajando en el bufete de los hermanos Kohlheim, en Madrid. Aquella fue una época realmente gloriosa en el aspecto laboral, me ganaba muy bien la vida trabajando menos de seis horas al día. Me relacioné con muchísima gente.
Los hermanos Kohlheim eran unos brillantes y prestigiosos abogados muy conocidos en toda Europa que, después de continuar el negocio familiar en Frankfurt, decidieron ampliarlo afincándose en España, y abrieron unos despachos en Madrid. Eran muchos hermanos y todos trabajaban en la misma empresa familiar, y en Madrid estaban Klaus y Theodor. Un par de viciosos. Ana ya llevaba años trabajando con ellos, los conocía muy bien. Estaban encantados con todo lo español.
Klaus era mayor que Theodor, y el más introvertido. El otro era tremendamente guapo y a la vez un sinvergüenza. Se le conocía por ganar los casos con una facilidad impoluta. Nunca he conocido a nadie más cínico que Theodor.
Ana estaba locamente enamorada de él. Recuerdo las lágrimas que derrochaba por ese hombre, las inacabables noches escuchando sus penas cerrando bares, mis consejos diciéndole que no perdiera el tiempo… Por supuesto nunca le dije que follaba con él.
La primera vez ocurrió de un arrebato en el despacho. Fue algo casi animal. Me hizo maravillas sobre la mesa de su hermano.
El sexo con él era muy bueno, me gustaba como me follaba. Y repetimos en infinitas ocasiones. Hubo un día que tuve la oportunidad de comprobar hasta qué punto podía llegar con sus perversiones.
Organizaron un catering por todo lo alto en los despachos para celebrar una de las muchas victorias de los hermanos. En el evento no podían faltar todos los amigos del sector, alguna mujer acompañándoles, y los trabajadores. La mayoría eran señores con el pelo cubierto de canas, letrados vetustos que no hacían más que repasar a todas las féminas que nos encontrábamos en el lugar. Los anfitriones se ocuparon de que no faltara ningún vicio en el festejo; el vino y el jamón de bellota abundaban en la mesa.
Theo me presentó a alguno de los hermanos que habían venido de Frankfurt. Pocos hablaban español, pero yo me defendía bastante bien con el alemán, y si no lo entendía, él me traducía susurrándome al oído.
“Dicen que en España hay muchas cosas que le hacen perder la cabeza…” Y a continuación añadía:”Quiero arrancarte el vestido y destrozarte…”
Los alemanes, obviamente, no se enteraban de nada.
“Ahora están diciiendo que las españolas son las mujeres más bellas del mundo, vamos, que te están tirando los trastos….”
Era cierto, aquel grupo de hombres estaba flirteando descaradamente conmigo. Podía sentir como, desde la otra punta de sala, Ana me lanzaba fulminantes miradas de odio. Ella estaba charlando en un corro de mujeres emperifolladas de visones y perlas. Parecía aburrida, y no me extraña. Le invité un par de veces unirse a nosotros, pero no hizo ni el gesto de acercarse.
No dejé de hablar en toda la tarde, parecía que me habían dado cuerda como a un reloj. Los alemanes me trataban como una reina, procuraban que mi copa estuviera llena en todo momento, que no me faltara un encendedor cada vez que ponía un cigarrillo entre mis labios; me gustaba aquella sensación de estar rodeada de elementos.
Una de las veces que salí del baño, al andar por el largo pasillo que desembocaba a la sala donde se encontraban, me fijé a través de una de las ventanas en lo oscuro que estaba el cielo. Ya era de noche. Corrí los cristales y abrí la ventana. Saqué la cabeza para despejarme un poco con el aire del frío invierno, era una sensación deliciosa. Me quedé patidifusa al ver la luna. Era más grande que de costumbre, redonda y perfecta, proyectando una luz que enfocaba a toda la ciudad. Hacía una noche fría y preciosa, de ésas que hace en Madrid en pleno mes de enero.
- Yo me marcho –sentí dos repiqueteos de dedos en el hombro.
- ¡Ana! –me dí la vuelta.
- ¿Te vienes o te quedas?
- Tomemos la última y nos vamos, ¿te parece? ¿Has visto qué luna hay? –señalé hacia la ventana.
- Yo me voy, esto es un auténtico coñazo –empezó a abrocharse el abrigo nerviosa.
- Vente con nosotros, son muy divertidos estos alemanes.
- Ciao, Abril –se dio la vuelta y echó a andar marcando bien los pasos a golpe de tacón.
Ana estaba muerta de celos, no podía soportar verme hablar con Theo, pero yo empezaba a estar un tanto harta de esos arranques de adolescente. Así que no insistí y dejé que se fuera a su cueva a torturarse un poco más.
Cuando regresé donde estaban todos, me di cuenta de los pocos que quedábamos, y de que era la única mujer en la sala. Al instante, me asaltó un pensamiento sucio. Un pensamiento que traté de aniquilar in situ, y que conseguí ahuyentar de mi cabeza.
Me acerqué a ellos, que volvieron a recibirme como si fuera uno de sus objetos más valiosos.
Continuamos charlando mientras los miraba uno a uno a la vez que los contaba: eran siete. El más joven imagino que era Theo, el resto tendrían de cuarenta a sesenta años.
Uno de los tipos de mayor edad cogió mi mano y comenzó a piropearme halagando la suavidad de mi piel y resaltando lo bonitas que tenía las uñas. Me hacía muchísima gracia lo galanes que resultaban todos dándole la razón. Era un tipo de cortesía a la que, sinceramente, no estaba acostumbrada.
Me dejé acariciar encantada, recuerdo la temperatura de las manos de ese hombre, estaba ardiendo. A los pocos minutos, otro tomó mi otra mano haciendo lo mismo y añadiendo suaves besos que empezaron a subir poco a poco por mi brazo. Sorprendida, empecé a reírme y coqueteé un buen rato con ellos.
Y no sé muy bien cómo ocurrió, pero al poco tiempo, se formó un cuadro escénico en el que yo estaba de pie, y decenas de manos recorrían mi cuerpo entero. Me tocaban todos. Lo observé para cerciorarme que no faltaba ninguno.
Unos me besaban los brazos, otros iban subiendo las manos por mis muslos, uno me lamía el cuello, Theo me agarraba la cintura por detrás danzando de un lado a otro, su hermano empezó a bajarme la cremallera del vestido, su otro hermano me susurraba cosas mientras comprobaba el tamaño de mis pechos… Empecé a sentir aquel dolor fino que siento en los pezones siempre que me excito mucho.
El gordo de mi derecha se bajó la cremallera y extrajo su falo erecto para empezar a frotársela en mi pierna. Me puse delante, le desabroché por completo el cinturón, y de un golpe seco cayeron sus pantalones al suelo, dejándole medio cuerpo desnudo. Agarré su miembro con las manos y comencé a masturbarle mientras él dirigía su lengua a mi boca. No quise besarle. Me agaché y me metí su polla entre los labios.
Mientras se la mamaba fui viendo como la alfombra quedó cubierta de prendas de ropa en poco tiempo; varias manos recorrían mi torso por detrás, otras me empujaban la cabeza, otras me terminaban de desnudar… era exquisito.
Chupaba aquella polla, de pequeño tamaño y algo flácida, como si estuviera hambrienta, exhibiéndome para que los demás desearan meterla dentro de mi boca. Descendía hasta abajo, y una vez la tenía toda en el interior, trataba de aguantar unos segundos para luego sacar la lengua y golpearle en la base, gemía como un auténtico cerdo.
Poco a poco, empecé a notar una suave brisa fruto del movimiento que generaban los demás al sacudírsela cerca de mí. Me rodearon hasta formar un círculo de cuerpos que esperaban su ración.
Con las manos, atrapé dos falos más para iniciarles la correspondiente paja, tratando de coordinar bien los movimientos, a la vez que, con los labios continuaba la mamada.
- Vamos zorra, ya está bien de la misma polla, ahora me la chupas a mí – dijo uno de ellos, mientras luchaba para conseguir su posición.
El viejo gordo se hizo para atrás para dejar la entrada libre, se desplazó hacia un lado, y un nuevo cuerpo se planto enfrente de mi cara. Me arreó varios golpes en los pómulos con su durísima y oscura verga. Mi boca ardía en deseos de tragársela. Saqué la lengua, y a continuación me agarró la cabeza para introducírmela hasta el fondo de la garganta.
Como si me estuviera follando, inició un rápido movimiento de pelvis que hizo aumentar considerablemente el tamaño de sus huevos, hinchados y apretujados. La saqué de la boca un instante para lamérselos.
- ¿Vas a vaciármelos en la cara? –dije.
Aquellas palabras unidas a mi cara de furcia sedienta, produjeron un balbuceo colectivo y la aceleración en las manualidades que todos ejercían sobre su polla. No cacé ni una sola palabra, todas en alemán y entre gemidos. Me excitaba aquella situación de un modo casi turbador. Quería más. Quería saborear los distintos sabores que tenía en bandeja. Necesitaba tocar todas aquellas vergas. Sentirlas palpitar encima la piel: estaba poseída.
Gateé hacia cada uno de ellos sin dejarme ninguno: primero ése, después otro, Klaus, Theo, su otro hermano, el más mayor, el gordo, el negro de cuerpo fibroso, el de aquí, el de más allá… Todos pedían y cada vez más. Se masturbaban enérgicamente y algunos empezaron a brindarme la maravillosa sensación de obtener su leche en la cara. Yo tmbién pedía más y hacía por que lo hicieran encima mío.
Entre dos me tumbaron completamente en la alfombra, y el resto terminaron de rodearme para finalizar sus pajas. Yo me retorcía como un reptil frotándome los fluídos por toda la piel. Una mano comenzó a masturbarme hasta que me corrí. Cerré los ojos y al poco tiempo empecé a notar como me bañaban de distintos ángulos, dejándome pringadísima.
No me desapareció el olor a sexo en varios días. Ni mi rostro, que permaneció desencajado durante un tiempo.
- ¿Follábais Theo y tú? –me preguntó Ana mientras sacaba la bolsita de té de la taza.
- Para serte sincera, Ana, me follé a Theo, a todos sus amigos, y a parte de los Kohlheim.
- Siempre tan bestia, veo que no has cambiado Abril –se rió-. Podríamos salir de compras después del té.
- Me parece una idea estupenda.
Autor: abril
