Sexo en San Valentín

Era el día de San Valentín. Celebración made in “El Corte Inglés´´. Por supuesto que estaba  obligado a celebrarlo, pero sin gastarme un duro en un regalo. Lo imprescindible, buscar a un candidato. Un soltero no puede celebrarlo. Publiqué unos días antes un anuncio en la prensa, decía así:

            “Soltero busca soltero para celebrar día de San Valentín juntos. Yo 20. Busco similar o  aprox. Sólo sexo, no posibilidad de “algo´´ más. Abstenerse enamoradizos. No me hago responsable de daños colaterales…Interesados llamar al 68631…´´

No me puedo quejar. Llamaron varios interesados. Algunos los descarté por la voz. Otros los rechacé por ser mayores, parecer sólo curiosos por el anuncio o por gilipollas. Uno me interesó. Tenía una voz muy excitante. Me cité con él la tarde del susodicho día. Tomamos café. Todo iba como la seda. Era muy guapo. Tenía un cuerpo que me atraía de veras, algo no muy difícil. Un perfecto candidato. Soltero como yo, estaba desilusionado en el amor. Siempre sufría por amor. Todos sus ex eran unos cabrones de cuidado. En resumen, teníamos mucho en común. A pesar de toda superficialidad y vulgaridad, ambos aún creíamos en el amor.

Nos montamos en mi coche. Yo le tenía preparada una sorpresa. Le vendé los ojos. Nos reímos. Le pregunté si estaba preparado para pasar el mejor día de San Valentín de su vida. Me contestó que sí. Conduje con calma. Le miraba la cara, su cuerpo, estudiando. Tenía una barba de tres días muy, muy atractiva. Deseé raspar mi piel con ella, mi cuello, mis mejillas, mi pecho, mi entrepierna. Puse música, Fangoria, por supuesto. Quizá no muy romántica, pero muy al caso para un día color de rosa. Aparqué. Nos bajamos. Le agarré la mano. Andamos con cuidado. Le susurraba al odio indicándole obstáculos de la calle, escalones. Yo era su lazarillo. Mi polla estaba erecta desde hacía rato. Me apretaba los vaqueros. Toqué su paquete, y comprobé que estaba tan excitado como yo.

Subimos las escaleras. Llegamos al rellano de mi piso. Abrí. Entramos y le dejé sentado en el salón. Tenía que ultimar un asunto. Regresé a su lado. Le besé con ternura. Nos acariciamos. Para ser unos completos desconocidos nos metimos muy bien en el papel. Le quité la venda.

-¡Ay, maricón!-Exclamó mi amante- ¡Qué cosa más bonita!

 La causa del grito de mi amante fue la siguiente. Un camino de pétalos rojos nos invitaba a seguirlo. Algunas velas nos alumbraban la senda del sexo y la pasión. Lo demás, todo a oscuras. Fuimos siguiendo los pétalos. Terminaba el camino junto a la chimenea de mi dormitorio. Un círculo enorme de velas encendidas nos señalaba nuestro nido de amor. La chimenea a un lado, encendida. Una botella de lambrusco, dos copas. Nos desnudamos. Entre penumbras nos sentamos en el suelo, dentro del círculo de velas. Bebimos unas copas, besándonos entre sorbo y sorbo. Reímos. Nos acariciamos. Deleitamos nuestra vista con el rabo erecto, todo erecto, del otro. Una polla a centímetros de la otra, retándose a un duelo. Deseaban darse caña una a la otra. El lambrusco no tardó en acabarse. El alcohol nos hizo efecto. Nuestros besos y caricias subieron de tono, más bien bajaron a las pollas. Nos las lamimos mutuamente. Hicimos el sesenta y nueve. Fue genial. No hubo mucha diferencia de tiempo en nuestros orgasmos. ¿Algún día conseguiré un orgasmo sincronizado?. Reposamos, fumando, abrazados. Exhalábamos el humo a nuestro alrededor. Cuando terminamos el cigarro yo ya estaba empalmado de nuevo. Le lubriqué el ano. Me lubriqué la polla. Le penetré con ternura. Le mordí el hombro. Si sueles leer mis relatos sabrás que me encanta morder con delicadeza el hombro amado. El coito iba de maravilla. Mi segunda explosión de semen tardó en llegar. Aquello me gustó. Pude bombear a gusto, deleitándome. La sacaba a ratos. Después de algún juego volvía al ataque. Nuestros gemidos eran gritos pasionales, sexuados. Tras correrme en su interior. Le tocó el turno  a mi maromo. Me la metió con intensidad. Él se entretuvo menos que yo, pero no duró menos. Incluso duro aún más que yo. Egoístamente, mejor para mí. No obstante, el clímax era perfecto, insuperable. Semen, lefa, corrido, leche…en nuestro interior. Nuestros culos habían sido inseminados. Un vano intento de fertilización. No podríamos quedar embarazados, pero ganas no nos faltaron…

Dormimos abrazados. Cuando despertamos mi semental se duchó. Desayunamos en mi cocina. Me dio las gracias por todo. Yo se las di también a él. Nos dimos un beso en la boca. Nos despedimos y se marchó. Desde luego, uno de los mejores día de San Valentín de mi vida…¡Y sin regalar nada y sin novio!

Gléz-Serna

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