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Aprendiendo idiomas

Llegaba el verano y las vacaciones y yo no tenía ningún plan!! Después de pensarlo durante algún tiempo decidí irme esos días al extranjero a terminar de perfeccionar mi inglés. Realmente era algo que llevaba queriendo hacer mucho tiempo, y unas veces por motivos económicos, otras porque tenía pareja y otros planes nunca lo hacía. Así que esta era la ocasión, me lié la manta a la cabeza, busqué, pregunté, investigué hasta dar con el curso y el destino perfecto en Nueva York, USA. Una ciudad a la que siempre había querido ir, así mataba dos pájaros de un tiro.

Mi vuelo salía un sábado a las 06:40 de Barajas y después de cumplir con todos los tramites aduaneros allí estaba, sentadita en el avión. Salimos a la hora y con el madrugón no me iba a costar nada dormirme, esperaba pasar dormida la mayor parte del viaje. Pero nada más despegar el niño que tenía sentado inmediatamente detrás empezó a llorar y a quejarse de que quería vomitar. No sé si la madre o la azafata no llegaron a tiempo, el caso es que el niño acabo haciendo lo que avisaba que iba a hacer y acabé completamente pringada!! Menos mal que como me conozco el tema de las perdidas y retrasos de las maletas suelo llevar en el equipaje de cabina algo de ropa para cambiarme por si acaso. Así que me encaminé al baño ayudada por una solicita azafata que me proporcionó una bolsa de plástico para que pudiera guardar la ropa sucia. Después de asearme, lavándome un poco como los gatos eso si, me dirigí de nuevo hasta mi asiento con temor de que el niño de las narices volviera a liar alguna, pero antes de que llegara apareció la sobrecargo disculpándose y diciéndome que por las molestias ocasionadas me reubicarían en primera clase. Así que hasta allí me acompañó, mientras yo me frotaba las manos imaginariamente pensando en lo bien que iba a dormir sin tantas estrecheces.

Me sentaron al lado de un hombre de unos 30 o 35 años, bien parecido, vestido con traje pese a lo largo del viaje. Enseguida empezamos a entablar conversación, yo contándole mi desventurado comienzo de viaje y los motivos de este y él explicándome sus idas y venidas por motivos laborales. Al poco rato apareció una azafata ofreciéndonos almohadas y mantas para poder descansar reclinando nuestros asientos, los dos aceptamos ambas. Entre unas cosas y otras yo no conseguía coger una postura cómoda, así que él muy caballerosamente me ofreció su hombro para que me apoyara y pudiera dormir. Después de unos instantes de duda accedí a ello, como iba a dormir mejor que entre los brazos de un hombre tan atractivo… Reclinamos del todo nuestros asientos, me apoye contra su hombro, me arropó con unas de las mantas y cerré los ojos.

Notaba como pasaba una de sus manos por mi espalda, dándome un leve pero placentero masaje mientras su otra mano acariciaba uno de mis muslos. Ante mi falta de rechazo a sus caricias se mostró más valiente y empezó a introducir su mano por debajo de mi falda, subiendo hasta mis braguitas y volviendo a bajar, una y otra vez por la cara interna de mis muslos. Cada vez que subía su mano, esta se acercaba más y más a mi entrepierna, notando sin duda la humedad que se iba acumulando en ella. Cada vez se detenía más tiempo entre subida y bajada, solo separando mi coño de sus dedos la fina tela de mi ropa interior. Mi respiración comenzó a hacerse entrecortada presa de la excitación como estaba, no quería moverme para que el resto de pasajeros notaran nada, pero él notó mi turbación y colocándome mejor contra su cuello introdujo por fin sus dedos por dentro de mis braguitas. Moví levemente las caderas para incrementar el contacto con sus dedos, deseando que se introdujera por fin en mi, quería notar esos dedos abriéndose paso hacía mi interior. Cuando por fin lo hizo llegué al orgasmo en cuestión de segundos, apretando mi cara en el hueco de su cuello, intentando ahogar así mis gemidos. Mientras el seguía follándome lentamente con sus dedos yo alargué una mano hacía su bragueta, que ya estaba deformada de la presión que ejercía su polla empalmada. Le desabroché el pantalón y liberé de su prisión a su magnífico miembro, grueso, largo y duro como una piedra. Empecé a masturbarle, lentamente como lo hacía él, rodeando con mis dedos su capullo para luego bajar hasta la base y volver a subir, notando como con cada movimiento él se excitaba cada vez más. Concentrado como estaba en su propio placer dejó de mover sus dedos a lo que yo para recordarle lo que tenía que hacer decidí torturarle un poco.

Agarré su polla desde la base, ejerciendo presión con mis dedos, sin moverla, solo apretaba. Poco a poco la sangre comenzó a acumularse, marcando todas las venas, endureciéndose cada vez más. El comenzó a mover sus caderas, indicándome que siguiera con lo que había comenzado. Yo sonreí a su vez moviendo las mías, indicándole que siguiera también él. Después de unos minutos más de “masajes” mutuos sacó sus dedos y agarrándome me recostó en el asiento dándole la espalda. Subió mi falda y bajó mis braguitas y sin más me penetró de un solo golpe, tapándome la boca para que no gritara. Llevó una de sus manos a mis pechos, pellizcándome los pezones sin parar de bombear. Y así estuvo follándome durante horas que parecieron minutos, arrancándome multitud de orgasmos hasta que él también se corrió, derramándose dentro de mi. Cuando acabó, los dos estábamos tan cansados que no fuimos capaz de movernos y así nos dormimos, todavía unidos, con su semen resbalando de mis entrañas.

Una única noche

Ese era el plan, pasar una única noche amandonos a la luz de las estrellas, solo los dos, sin ninguna separación entre nuestros cuerpos.

Así fue como comenzó, las prisas por quitarnos la ropa el uno al otro, nuestros labios recorriendo cada centímetro de nuestra piel, nuestros dedos acariciandonos, nuestros dientes mordiéndonos, nuestras uñas arañandonos…

Y así estaba yo, desnuda sobre una toalla a la orilla del mar, a cuatro patas, con las piernas separadas ofreciéndome completamente, disfrutando de tu lengua y tus dedos que sin compasión se alternaban entre mi vagina y mi ano, haciéndome alternar gemidos y gritos cada vez mas fuertes. Deseando que me penetraras ya de una vez, no me importaba por donde, solo quería sentirte dentro, hasta lo mas profundo de mi cuerpo, unidos completamente.

Cuando lo hiciste fue cuando comencé a amarte, cuando note como te abrías paso hacia mis entrañas, poco a poco al principio hasta el empujón final que me hizo estremecerme en un orgasmo sin final. No parabas de bombear, bien dentro de mi coño, dejandome irritada, excitandome cada vez más; tus dedos pellizcando mis pezones, a veces te separabas un poco para darme un azote y dejarme los dedos fuertemente marcados en mis nalgas.

El tiempo pasaba mientras subía la marea, el agua ya nos lamía los pies, pero él seguía dentro de mi, follandome como si fuera el último día, haciéndome gemir con cada empujón. Ya cansado de esa postura, me hizó tumbar boca arriba sobre la toalla, cogió mis pies y los colocó sobre uno de sus hombros y estando así volvió a penetrarme. Yo no sabía donde agarrarme, mis manos acabaron pellizcando mis pechos, retorciendo mis pezones al compás de sus embestidas. De repente se separó de mi, manteniendo mis pies aún sobre su hombro, llevó sus dedos hasta la su boca, donde los lamió con deleite y los llevó a la entrada de mi culo, donde empezó a jugar sin dejar de mirarme a los ojos.

Primero me acarició suavemente, embadurnandome bien con su saliva, para luego empezar a meter uno de sus dedos, girándolo, dándole vueltas, como queriendo agrandar el espacio. A ese dedo le siguió otro, y después otro, todos con la misma operación, lentamente, metiendolos, girándolos… Entonces los sacó y sentí un vacío tan intenso, pero acto seguido ocupó ese vacío que había dejado con su polla, sin compasión, de un solo golpe la metió entera.

Y yo gemía y me retorcía de placer, me sentía tan llena, tan atractiva, tan plena. Y si, así fue como comencé a amarte y no pude mantener mi promesa, no sería solo una noche sino el comienzo de muchas otras.

Trabajo nuevo - 9

Desperté cuando empezaba a amanecer, Santiago estaba sentado a mi lado acariciándome la cara suavemente. Cuando abrí los ojos me dijo que quería comprobar si tenía fiebre, así que se levantó y al rato volvió con un termómetro en sus manos. Pensé que me lo pondría en la boca o bajo el brazo, pero él tenía otras ideas… me hizo recostar sobre sus rodillas, con el trasero en pompa y las piernas separadas. Separó con sus dedos mis nalgas e introdujo poco a poco el termómetro por mi recto. Pesé a que los últimos días había tenido cosas mucho más grandes introducidas por ahí, me resultó muy incomodo, estaba muy frío, lo que hacía que mi culito se contrajera e impidiera su entrada. Lo mantuvo dentro durante 5 largos minutos, en los que permaneció en silencio, solo me acariciaba suavemente las nalgas. Pasados esos minutos lo sacó de mi interior, comprobando que no tenía fiebre.

Acto seguido comenzó a azotarme, recriminándome por no haber seguido sus indicaciones y habernos extraviado en el bosque. Al contrario de otras veces que cuando me azotaba lo hacía con una fuerte connotación sexual, esta vez lo hacía con ira, descargando en mis nalgas toda la preocupación que sufrió la noche anterior. Después de un buen rato azotándome, cuando mi trasero debía estar ya completamente rojo, me indicó que me levantara y le esperara de cara a la pared, que iba a ir a por algo para asegurarse de que no enfermaría. Seguí sus indicaciones y me puse frente a la pared, sin tocarla, con los brazos detrás de mi cuello para esperar así hasta que volviera. Pasaron bastantes minutos hasta que escuché como se volvía a abrir la puerta del dormitorio, no me atreví a mirar si era él, sólo seguí así en espera de sus instrucciones. Se acercó a mi y empezó a extender un poco de crema hidratante por mis maltrechas nalgas, cuando acabó me indicó que me volviera a poner sobre sus rodillas. Obedientemente así me coloqué y acercando sus dedos a la entrada de mi culito separó mis nalgas para introducirme un supositorio bastante grueso por cierto. Estaba más frío que el termómetro que me había introducido anteriormente, así que mi trasero de nuevo se contrajo dificultando su entrada. Pero no le importó, simplemente empujó con un poco más de fuerza introduciéndolo en su totalidad seguido del dedo que lo guiaba. Hizo que permaneciera así durante largo rato, sobre sus rodillas, con el culito en pompa y penetrado por uno de sus dedos. Cuando se cansó cambió su dedo por un consolador de proporciones bastante reseñables, lo introdujo sin ningún tipo de lubricación, haciendo que me retorciera de dolor pero sin atreverme a quejarme demasiado no queriendo potenciar su enfado. Ya con él consolador dentro de mi culito,  me puso un tanguita bastante ceñido que impedía que se saliera de su sitio. Y volvió a azotarme, con cada azote notaba aún más en intruso que tenía dentro de mi, haciendo que se moviera con cada golpe. Yo intentaba mantener mis nalgas relajadas, sin contraer los músculos para no sentir con tanta intensidad mi culito penetrado, pero con cada nuevo golpe era incapaz de no hacerlo, por lo que a parte del escozor que me provocaban los azotes tenía que añadirle el dolor que me provocaba el consolador.

Después de administrarme mi castigo me permitió recostarme boca abajo en la cama, aún con el consolador puesto. Me dijo que había informado de que estaba enferma debido a que me había resfriado la noche anterior y tenía que guardar cama, lo que me permitía no asistir a las actividades programadas. También me dijo que debido a mi desobediencia, durante toda nuestra estancia allí, me tomaría la temperatura varias veces al día y me administraría el tratamiento que considerara más adecuado para que no enfermara, lo que incluía los azotes, los supositorios y los consoladores. Acabé quedándome dormida y solo desperté cuando noté que él bajaba mi tanguita dejando al descubierto mi agujero penetrado y sacaba el consolador sin miramientos, de un solo tirón. Me llevó al baño donde me ayudo a ducharme, me enjabonó todo el cuerpo con sus manos, deteniéndose sobretodo en las nalgas, sobándolas y estrujándolas, tal era el dolor que sentía en ellas que no pude evitar que se me escaparan las lagrimas.  Después de secarme me hizo colocarme de nuevo sobre sus rodillas y en esa postura, extendió de nuevo crema hidratante por mis nalgas consiguiendo reducir un poco el escozor que sentía en ellas.

Me permitió volver a tumbarme en la cama mientras él iba a por las bandejas de la comida. Cuando volvió con las bandejas las colocó sobre un escritorio que estaba en una de las esquinas de la habitación y así sentados uno al lado del otro dimos cuenta de ellas. Terminamos de comer y me dijo que volvería a tomarme la temperatura, se sentó sobre la cama y yo sin esperar más indicaciones me coloqué sobre sus rodillas con las piernas un poco separadas. Volvió a repetir la misma operación de esa mañana, con los dedos de una mano separaba mis nalgas mientras que con la otra introducía el termómetro lentamente para dejarlo dentro durante 5 minutos. Seguía sin tener fiebre, pero por si acaso me puso también un supositorio, introduciéndolo seguido por uno de sus dedos. Durante varios minutos permanecimos así hasta que de nuevo cambió su dedo por un consolador, que tendría metido durante toda la tarde.

En ese momento decidió que sería bueno que me diera el sol, así que vistiéndome con un vestido holgado y una chaqueta para que no me enfriara salimos a pasear por el bosque. Yo andaba muy despacio debido a la incomodidad que me producía el consolador en mi interior. Se notaba que él conocía muy bien el paraje donde nos encontrábamos, pues después de caminar durante unos 10 minutos llegamos a un cenador construido en mármol realmente bonito. En su interior tenía una serie de bancos dispuestos en círculos pero ocultos a la mirada de los demás debido a los frondosos arbustos que rodeaban la construcción. Nos dirigimos a los bancos, donde Santiago me hizo colocar a cuatro patas a lo largo de uno, levantó la falda de mi vestido, bajo mi ropa interior hasta la mitad de mis muslos y sacó el consolador para sustituirlo por su miembro. Se corrió en mi culito recordándome que llevar su semen en mi interior también era parte del tratamiento para no enfermar y acto seguido volvió a meterme el consolador y subir mi tanguita para regresar a su dormitorio.