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El sueño

Siento como su lengua se desliza por mis pechos, entreteniéndose largo rato en mis pezones, mientras sus dedos buscan la fuente de la humedad que mana de mi, acariciando suavemente mi entrepierna. Al notar el contacto de sus dedos, mi espalda se arquea y elevo mis caderas tratando de sentir aún más sus caricias, empiezo a moverlas en círculos acompasando mis movimientos con los suyos, incrementando la intensidad de sus movimientos sobre mi piel. Poco a poco sus dedos se van introduciendo en mi, los gemidos escapan de mis labios según la penetración se hace más profunda. Su boca sigue en mis pechos, haciendo delicias con mis pezones, saboreándolos como si fuera el manjar más exquisito de la tierra. Incrementa el movimiento con sus dedos, penetrándome aún más profundamente y con mayor intensidad, haciéndome llegar en ese momento a un placentero orgasmo. Lleva sus dedos a mis labios y me hace lamer y saborear los flujos que los empapan. Sin parar de besar mis pechos se coloca sobre mí y me penetra con su miembro, suavemente, hasta que nuestros cuerpos se unen completamente. Empieza a moverse de manera acompasada, con pequeñas embestidas que me hacen vibrar de placer. Mis manos rodean su cuello y mis piernas su cadera, quedando sujeta con fuerza a él. Acrecienta cada vez más sus movimientos, haciendo estos más profundos si cabe, saliendo casi al completo de mi para luego volver a entrar completamente. Me hace delirar de placer y cuando ya me encuentro ciega y sorda a todo lo que me rodea, solo concentrada en el punto de unión de nuestros cuerpos estalla él en un sonoro orgasmo haciendo que le acompañe yo también al unísono.

En ese momento me despierto, aún sintiendo los últimos coletazos del orgasmo que acabo de sentir. Por desgracia todo ha sido un sueño, ojalá tuviera a mi lado a un hombre que me hiciera vibrar así de placer. Pero no vale la pena lamentarse, algún día aparecerá mi príncipe azul. Es hora de comenzar el día.

LIBRE DE PECADO relato sensual

A pesar de que era la primera vez que acudía a su cita, la humedad y el frío del lugar la hacían sentir extrañamente cómoda, sabedora de que allí no tenía nada que temer… Ese extraño olor a humedad y humo caliente le reconfortaba. El ruido de la pesada puerta que se abrió a su espalda le hizo alejarse de ese momento de ficticia paz que creía estar viviendo.

Al oír sus pasos acercándose a ella prefirió permanecer en silencio, sin atreverse a volverse y mirarle a los ojos – para no huir – oculta entre una oscuridad que no la hacía invisible, y menos para él, que sería, a partir de entonces, el carcelero no solo de su alma sino también de su cuerpo. Desnuda en cuerpo y alma, con las rodillas apoyadas sobre el frío suelo, cerró los ojos intentando reunir esas fuerzas necesarias que la capacitaran para alejar el pudor primario que siempre nacía cuando se acercaba a él.

Por suerte ese miedo desaparecía cuando llegaba a ella el olor de su ropa negra, impregnada de ese suavizante de lavanda que ella misma utilizó años atrás. De rodillas ante él, esperándole en medio de la oscuridad y su propia desnudez, aún temblaba, incapaz siquiera de gesticular, y temerosa de ser descubierta en su pecado. Por eso miraba a un lado y a otro, aunque supiera que allí no podía haber nadie, y que, como siempre había imaginado, solo estaban ellos dos.

La tranquilidad esperada llegó al escuchar esa ronca y aterciopelada voz, capaz de extraer cualquier remordimiento y lavarlo. Y al oírle volvía a nacer esa extraña y mágica sensación, ese ameno dolor de unos senos que recuperaban una vitalidad capaz de rivalizar con la que ellos mismos la deleitaron en medio de su juventud.    Al ver sus musculosos dedos dirigiéndose hacia ella, los pechos, ya henchidos, querían escapar de la tibia blusa que los separaba del aire que ella misma respiraba. El liviano movimiento de sus labios, susurrándole palabras con cadencia rítmica, eran capaces de abrir un cielo que, hasta ese momento, a ella le había estado denegado.

Cada una de sus palabras, acompañadas de ese vaho ameno y caliente, era como un latigazo para su alma, como una condena de la que  no se quería librar, y allí, volvía a disfrutar de nuevo de ese intenso latir entre sus muslos. Esa fría humedad, con el enigmático deleite añadido del intenso olor a incienso hacían que aún no pudiera alejarse de ese hombre sin antes alejar el peso del miedo que tenía. Solo él podría salvarla. Solo él podría hacerla volver a sentir mujer.

Con la punta de la lengua se recorrió la longitud de los labios para acabar frenada entre los dientes, intentando así encontrar la dulzura que suavizara ese momento que iba a recordar junto a él. Todo se hizo difícil y ameno de nuevo, y fue allí, aún de rodillas ante él, donde tan difíciles de soportar se hicieron las punzadas que recibió entre sus piernas aún ardientes y de unas manos manchadas por el pecado del robo.

Ni siquiera apretando los muslos entre sí pudo detener la urgente necesidad de huir o hacerse suya, y cuando quiso darse cuenta su mano ya bajaba desde el regazo, entreteniéndose en mecer donde su cuerpo temblaba, dispuesta a lidiar con todos los calores desmedidos que nacían en ella.

Como siempre le pasaba, el miedo se convirtió en excitación… y el miedo se hizo bello. Mirándole, con cierto recelo, apretó sus rodillas al suelo y alargó su mano hasta él, intentando mostrarle la necesidad de  seguir incrementando el placer de una curiosidad aún no satisfecha. Intentando descubrir el sincero brillo de los ojos de ese hombre, luchaba por abandonarse a su suerte, decir todo al fin, y recibir así ese consuelo que tanto necesitaba y que solo él podría entregarle.

Pero volvió el miedo. ¿Cómo hacer para dejarse llevar y hablar sin miedo?

El silencio sepulcral se bastaba para acallar los ardores de su carrera hacia ningún lado, esa que estaba segura que nunca podría terminar, y mucho menos ganar. De rodillas sobre ese suelo que ya parecía la hierba fresca de un pasto enorme, bebió del agua que nacía de sus labios, y, jadeante, dejó que sus labios fueran más allá de su dominio y se comunicaran con ese hombre que esperaba expectante a su lado.

Entonces él la miró desde la oscuridad que los separaba, y ella, ajena al miedo y a la hipocresía que ella misma cultivaba, le devolvió la mirada, escondida tras las celosías de la vergüenza. Más excitada y temerosa que nunca cerró de nuevo sus ojos y volvió a ver a su amante, su cuerpo, su boca, y su masculinidad.

Abrió sus labios, y los mojó con la saliva caliente que descansaba sobre su lengua. Abriendo de nuevo los ojos, le escuchó al fin, y su mundo se tranquilizó… al menos por unos segundos.

- Ave María Purísima – dijo él, apoyando la cabeza sobre las celosías de madera que les separaban

- sin pecado concebida – dijo ella, olvidando todas las cosas que tenía que contarle, saboreando al fin los laureados aromas del perdón.

- Perdóneme padre porque he pecado – dijo, antes de romper a llorar.

Y lloró.

descargar en pdf…………, el momento

Me gusta oirte

Llevaba poco tiempo viviendo en aquel edificio, apenas un mes. No conocía aún a ningún vecino, y dudaba el llegar a hacerlo en aquella colmena de apartamentos donde el ritmo de entrada y salida era casi frenético, al igual que la vida de sus habitantes.
Aún le quedaban algunas cajas que desmontar y colocar, pero aquella noche estaba completamente rendida. Decidió acostarse pronto, con un libro, hasta que el sueño la atrapara, situación que seguro que ocurriría rápido debido a su estado.

Apoyada con varios cojines sobre la pared/cabecero de la cama, se enfrascó en su lectura, ayudada por el silencio que reinaba en el ambiente. Estaba atrapada en la lectura del último libro de Stephen King, cuando oyó el sonido característico de una llave de la luz al pulsarse. Dio un pequeño respingo pues la había sentido en su misma habitación,y la lectura del maestro del terror no ayudaba mucho,aunque se dio cuenta que en realidad el problema residía en unos tabiques demasiado estrechos. Pasado el susto inicial, siguió con su libro. Pero el movimiento de la habitación al otro lado del tabique, la acabó de desconcentrar. Distinguía la voz de un hombre y una mujer, aunque no lo que decían; escuchó sus risas,que pronto pasaron al silencio, y como imaginaba que iba a suceder, se  transformaron en gemidos de placer. Sus vecinos se lo estaban montando a una pared de distancia. No los conocía, pues realmente sus casas estaban situadas en bloques distintos y era el patio interior, aparte de aquel delgado tabique, su nexo de unión.
Oir los gemidos de placer de ella empezaron a excitarla; llevaba demasiado tiempo sin echar un polvo, y en el fondo le empezaba a dar envidia lo bien que se lo debía estar pasando su vecina; cerró el libro y apagó la luz, se tumbó por completo en la cama y con las piernas abiertas y las manos entre ellas, agudizó su oido concentrándose en los sonidos que venían a través de la pared; imaginaba que era lo que provocaba el placer de aquella voz, que gemía y le pedía más a su amante hasta que consiguió arrancarle un orgasmo. Su coño estaba más empapado que nunca, jamás pensó que aquella situación de escucha furtiva pudiera excitarla tanto. Le sacó de su asombro el sonido de la cama golpeando contra la pared por lo que imaginó, las embestidas de él. Con los dedos dentro de su coño, acompañó el ritmo que golpeaba su pared, imaginándoselo sobre ella, escuchando los gemidos de ambos, que pronto en él se hicieron más fuertes, aceleraba el ritmo con sus suspiros, que acabaron en un gruñido de bestia cuando se corrió, provocando aquel sonido tal excitación que no pudo tener un orgasmo simultáneo a través del muro.

Al despertarse, descubrió que no había sido un sueño, aún tenía las bragas en las rodillas. Recordando el momento, al principio se avergonzó de si misma un poco, pero el sólo evocar aquel gruñido animal volvía a mojarle las bragas.

No volvió a tener noticias de la pareja folladora hasta la noche del miércoles, cuando volvió a oir como encendía la luz. Al principio no escuchó ninguna voz, aunque de repente inundó la habitación el sonido de la tele, dedujo. Sintió como crujía la cama al sentarse sobre ella, escuchó como cambiaba de canal atentamente hasta que oyó gemidos nuevamente. Vaya, esta noche tocaba porno. Escuchó atentamente, ya con la mano entre sus piernas, intentando adivinar de cual de los dos inquilinos se trataba. Una tos la sacó de dudas, era él. Se le pusieron los pezones tan duros al descubrirlo que inevitablemente su coño se humedeció más de lo que ya estaba y decidió acompañar a su furtivo amante desconocido en su orgasmo nuevamente. Esta vez cuando le oyó gruñir en su orgasmo, tuvo que taparse la cara con la almohada para que no fuera él quien escuchara su tremendo gemido de placer. Se durmió pensando en como sería aquella bestia en la cama.
Durante las dos noches siguientes no hubo movimiento en el piso de al lado, aunque si en su cama; su libido se había despertado de una manera salvaje, y aprovechó el anonimato de internet para comprarse un consolador que la acompañara esas noches. Y lo usó, mientras esperaba a que apareciera, simulando como sería estar entre sus brazos y tenerle dentro y oirle rugir con esa fuerza cuando se derramara dentro de ella. Gozaba en su cama, sin reprimir sus orgasmos, acompasando sus jadeos con los que tenía grabados en su cerebro a fuego.

No fue hasta la noche del sábado cuando volvió, a escuchar encenderse la luz y risas en el apartamento de al lado. Por una parte se alegró, por otra sintió unos pequeños celos de la mujer que le acompañaba, esta vez no se trataba de un video. Alguna privilegiada iba a sentir ese gemido salvaje final pegado a su oído mientras ella se tenía que conformar con imaginárselo a través del tabique que los separaba. Aún asi, estaba tan cachonda por su vuelta, que emprendió su ritual de gata atenta a cualquier movimiento que sucediera al otro lado. Enseguida empezaron los jadeos y suspiros, y notó un golpe contra la pared. Pensó que él la había puesto contra ella y se la iba a follar alli mismo. Se puso de pie en la cama, pegó su cuerpo al yeso frio de la pared y se imaginó que por fin estaba al otro lado, y que el trozo de latex que llenaba su coño en realidad era su polla taladrándole. Los tres se corrieron al tiempo, y esta vez no se molestó en silenciar su orgasmo.

El domingo por la mañana se despertó recordando la noche anterior. Excitada nuevamente, no dudó en masturbarse varias veces pensando en su vecino; pensó en buscar su piso en los buzones, presentarse en su casa y pedirle que la follara; soñaba con oirle gemir mientras le taladraba el coño, y comprobar si cambiaría el tono cuando se la metiera por el culo o si se corría en el fondo de su garganta. Pasó todo el día en la cama fantaseando con ser follada, orgasmo tras orgasmo, hasta que cayó dormida, antes de decidirse a dar el paso.

El lunes por la mañana, más relajada, se preparó para irse a trabajar.

“me encanta oir como te corres”decía la nota que encontró en su buzón.