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Yvette, la más furcia
La señora Yvette es una rica aristócrata, culta y atractiva, que roza la cuarentena. Su clara piel, blanca como la cal, contrasta a la perfección con su cabellera negro azabache. Es una de esas féminas que levanta pasiones allá donde va.
Adora el sexo en todo su esplendor. La relación abierta que mantiene con su segundo marido ha sido, para ella, una vía de escape; una puerta abierta ante el mundo, un manantial de agua pura y valiosa… un retroceder delicioso a su más indómita juventud.
Es sagaz con sus amantes, extremadamente selectiva y puntillosa. A veces pérfida y despiadada con según qué individuos. No obstante, siempre mantiene la calma y actúa con una elegancia única.
Yvette goza del sexo sin compromiso con el beneplácito de su marido, asistiendo a grandes fiestas en las que el placer es el único protagonista. A menudo con acompañantes, tanto masculinos como femeninos, y a veces sola, en busca de mentes y cuerpos que seduzcan su más refinado apetito sexual.
Es conocida como la mayor de todas las furcias del sur de Francia, bien que lo sabe. Le gusta, y es más, se regodea con ello.
Dicen que sus felaciones con los guantes puestos son el paraíso. Uno de sus mayores fetiches es el de arrodillarse, súbitamente, ante un buen hombre, seducirle con su mirada felina al mismo tiempo que se relame los labios, y esperar a que se despliegue ante ella un hermoso y palpitante falo. Ella nunca utiliza las manos más que para acariciarse mientras penetran su boca, su coño o su apretado y apetitoso culo. Siempre espera a que la asalten, ella jamás hace el solo ademán de tocar, se limita a esperar con su particular cara de zorra; es entonces cuando nadie se le resiste.
El Americano contraataca…
Ya os hablé una vez de él. El Americano volvió a aparecer en mi camino. ¿Recuerdas que te hablé de él? Seguro que no… Más o menos te conté que un americano, marine por supuesto, me entró una vez. Le gusté al muchacho, qué culpa tengo de estar tan bueno. Yo le rechacé, entre otras cosas porque mi prototipo de hombre es el mediterráneo (¿Hay algo mejor que un moreno, con el pelo y los ojos como el azabache tumbado en una playa tomando el sol y luciendo palmito? Para mí no…). La cosa es que aquella noche de nuestro primer encuentro yo estaba demasiado borracho como para pensar en el sexo. A veces me ocurre…
En este segundo encuentro yo estaba borracho de nuevo, para no perder la costumbre. Bailaba sintiéndome como la reina de la pista y de los maricones allí aglomerados. Aunque te confieso que bailo fatal, pero me importa un comino (por no decir un carajo…). No me lo esperaba, pero fue en un giro de cabeza. Ahí estaba él, mirándome. ¿Cómo se podía acordar de mí casi un año después? Le debí de gustar de veras, porque otra cosa…
Entonces se acercó a mi lado. Bailando, sus manos se aproximaron. Yo predije que volvería al ataque, y así ocurrió… Sus manos pasaban por mi cuello, mis hombros. Yo hice por distanciarme, pero tanto maricón de por medio me lo impedía seriamente. Sus manos bajaron a mi cintura. Un sudor frío recorrió mi espalda, hasta el mismísimo culo. Me volvía a dar igual lo bueno que estuviera, lo muy marine de los USA que fuera. Soy terco como un mulo y así moriré, cuando no quiero es que no y punto. Se lo hice ver dándole un manotazo a una de sus manazas. Pero se ve que al muchacho le va el sado y eso de los golpes porque el efecto producido fue todo lo contrario a lo deseado por mí. Arrimó sus labios a mis oídos y me dijo:
-¿No muerdo, eh?
-¿Ah, no? –Respondí con un falso gesto de decepción.
-No te voy a morder…-Me volvió a trincar por la cintura.
-Ni lo intentes…
-¿Te acuerdas de mí?
-¿La verdad? Pues no… -Una mentira en toda regla.
-Yo de ti sí…
-Eso es normal…
-Quiero follarte…
-¿Otra vez con esas? –Me di cuenta de que había destapado mi mentira, cosas del alcohol… Él se limitó a sonreír y con gesto cansado dije- Ois, qué pesado eres…
-Follemos…
-Mira, te voy a decir una cosa. Follamos y te olvidas de mí. ¿Ok?
-Mmmm
-¿Esa qué clase de respuesta es? Sí o no…
-Un sí, hijo…
-Así me gusta, con claridad… Pero antes espera un segundo, que voy al baño. No te muevas… -Le besé, gustándome, deleitándome y perdiéndome en el interior de su boca profidén.
Me separé de él y me dirigí al baño. Meé. ¿Sabes qué hice luego? Irme de la discoteca… ¡Me volví a escapar de las garras (léase polla) del americano… Espero no volver a verlo… ¡Por Dios! Sino al final tendré que follar con él y entre huevo y huevo tengo metido que no me apetece hacerlo…
Gléz-Serna