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UN REGALO MUY BIEN APROVECHADO

BY JUAREN

Hoy era el cumpleaños de Carmen. Cumplía 25 años y había quedado con sus amigas en su casa para celebrarlo. Iban a ir: Ana, María, Rosa y también Patricia. La idea era pasar una noche tranquila, hablando como hacía tiempo que no hacían: cada una tenía su vida, algunas con marido y otras con novio. Todas menos Carmen y Patricia. El menú, tampoco muy fuerte: unos entremeses, algún canapé y Carmen se había echado a la cocina para preparar algún plato especial, pero que no fuera muy complicado, no quería ponerse después a limpiar.
Habían alquilado unas películas, de las típicas románticas, para reírse de lo absurdas que eran las mujeres de esas películas… Y también habían cogido bastante alcohol para que además fuera entretenido. Tenían de todo, sobre todo vodcka para María, y varios complementos para hacerse unos cosmopolitan.

Y por si acaso, Carmen había comprado la última temporada de Sexo en Nueva York y quizás vieran algunos capítulos. Carmen se sentía muy identificada con Samantha, una mujer abierta sin complejos y muy muy sexual.

Empezaron a llegar sus amigas y cada una traía un plato de su casa. Se repartieron besos. Al final faltó Patricia. Hacía tiempo que no la veían, pero según tenían entendido, había quedado con un hombre… Cosa que al resto no le hizo mucha gracia: primero, siempre, las amigas, luego los hombres. Pero también sabían que Patricia no es que fuera sobrada de ocasiones, y se lo perdonaron entre risas.

La comida fue tranquila, todas agradecieron el esfuerzo de los canelones que había preparado Carmen. Después de hablar y reírse se vieron la primera película. Carmen no la hizo mucho caso, pero se rió de cada tontería que hacia tanto el protagonista, como la protagonista.

Tras ver tres capítulos de “Sexo en Nueva York” y tomarse unos cuatro ó cinco cosmopolitan, la conversacion empezó a subir de tono. Cada una contaba alguna anédocta sexual reciente que había tenido: Ana contó una sobre una fiesta de fin de año, con el amigo de su sobrino; todas rieron y la llamaron asaltacunas, pero a ella le dio igual porque al final estaba en un medio rollo saliendo.
Todas se quedaron boqueabiertas y llamando suertuda a María cuando contó su historia del baile. Todas soñaron con Antonio esa noche. Carmen la dijo que se lo estaba inventado, y María entre risas, dijo: << ¿Eso crees? jajaja. Bueno pues piensa lo que quieras, pero yo seguiré yendo a bailar. Tú haz lo que quieras. >>
Rosa, más tímida, a lo Charlotte, no contó ninguna, pero dijo que tenia unas cuantas muy interesante, que quizás en otro momento se las pudiera contar.
Carmen tenía una, pero no estaba por la labor de contarla: tenía que ver con un chico y una webcam… aunque la verdad es que la hubiera gustado tener más.

Llegó la hora de los regalos y llovieron zapatos, complementos, alguna película un poco erótica, junto con ropa de lencería, que Carmen estaba deseando probar. También la regalaron una sesión de masaje en un spa.

LLegó la noche y las amigas empezaron a despedirse. Carmen terminó de recoger todo y se diópuso a dormir. Esa noche soñó con Antonio.

A la semana siguiente, Carmen decidio ir al Spa. Era sábado, no tenía planes y la semana había sido dura. Así que decidió que se lo merecía.
El sitio en cuestión estaba en el centro de la ciudad, por lo que ir en coche era una locura aunque fuera fin de semana y no quería estresarse; así que decidió ir en Metro. Llevaba una camisa y una falda que la había regalado María, la verdad es que era un cojunto muy bonito, y la marcarba las curvas. Encima llevaba una chaqueta de terciopelo ya que sabía que haría algo de frío; pero tampoco quería ir tapada hasta el cuello. Los zapatos eran de un negro brillante y con bastante tacón, lo que le daba a Carmen una altura, y eso pensaba ella que en el metro la vendría bien, además hacían resaltar sus medias blancas.

Carmen entró en el metro y casualidades de la vida, siempre que coges el metro, éste va con retraso. 10 minutos ponía en el indicador. El metro estaba a rebosar y ella tenía que hacer un transbordo para llegar a su destino. Tras cinco estaciones se bajó. Y fue andando hacia el siguiente acceso. Carmen estaba feliz: los hombres la miraban y la decían cosas. Algunas merecían ser oídas, y ella respondía con una ancha sonrisa, y a veces, si era algo  muy bonito respondía con un << gracias >>. Otras, la verdad, eran de muy mal gusto.

Al llegar al andén también estaba repleto. La verdad que esa línea siempre estaba llena, ya que llevaba al centro de la ciudad. Un montón de turistas y de gente joven hablaba entre sí.

Carmen se fijó en un hombre de unos 40 años, pero muy atractivo. Estaba leyendo el periódico y eso le daba un aire señorial, con su pelo negro con algunas canas ya visibles que él no trataba de disumular y unas gafas que le daban un aire muy atractivo a su cara. Carmen juraría que la había mirado; pero o fue muy sutil o se lo había imaginado.

Al llegar el tren todo el mundo entró a tropel, no dejaban casi salir a los de dentro y se oyeron rumores y algún que otro insulto. Carmen no soñaba con poder sentarse, la verdad que estrenar zapatos de tacón la estaba matando, pero sabía que en el masaje la ayudaría.
Como eran tres paradas se puso en la puerta de atrás. Pero allí estaba el hombre con el periódico, que hacía lo que podía para sujetarlo sin que se cayeran las hojas y seguir leyendo. A Carmen le “tocó” ponerse justo delante de él.
El tren arrancó de súbito y Carmen cayó un poco para atrás y pisó al buen hombre que no dijo ni pío. Ella se giró y le pidió disculpas, él con un gesto de cabeza dio a entender que no importaba.

El trayecto siguió y Carmen empezó a sentir un poco de calor: sentía la mirada del  hombre en su nuca y levemente su respiración, lo que la puso la piel de gallina: no de miedo sino de placer. En la siguiente estació entró aún más gente de la que salió y eso supuso que Carmen se acercara más al hombre. El metro volvió arrancar y Carmen volvió a caer para atrás esta vez sin pisar al hombre, pero se quedó muy muy pegada de él, y no tenía sitio para apartarse.

El metro empezó a moverse mucho, y en el vaivén Carmen cada vez estaba más cerca del hombre.Éste tuvo que dejar a un lado el periódico para dejarla sitio. Carmen casi se frotaba con él… Entonces notó en su trasero algo duro. Carmen se sobresaltó, no esperaba encontrarse nada así. ¿El móvil? ¿Un paraguas? No, no llovía. Carmen sabía qué era. Y para su sorpresa se excitó. El hombre estaba un poco incómodo por lo que notaba. Intentaba apartarse, se daba cuenta de que ella podía sentirlo e intentaba evitarlo. A Carmen le hacía gracia la postura de éste que en vez de aprovecharse de la situación, no quería incomodarla. Cosa que a ella la excitaba aún más. Carmen empezó a aprovecharse del hombre, y con cada momiviento del metro se frotaba, levemente para que tampoco pensara el hombre que lo hacía a posta.
El hombre no sabía dónde meterse: miraba al techo con las orejas coloradas, pero ya no se resistía; parecía que estaba entre sufriendo y disfrutando. Carmen empezó a moverse un poco más, aprovechando que ya llegaba su estación. Hasta se dió el lujo de rozarle la pierna con la mano. Ante esta situación el hombre casi botó, pero no había espacio, así que se golpeó levemente la espalda contra la puerta. Carmen rió fuerte para dentro.

Al llegar a al parada, Carmen giró la cabeza, sonrió y se fue. Había sido una perra calenturienta pero se lo había pasado genial y el hombre tampoco había debido pasarlo mal tampoco.

Salió del metro y se dirigió al Spa que encontró sin problemas.
Llegó a la recepcionista y dió su nombre, que la dijo que esperara en la sala 4 que el fisio no tardaría en llegar. Carmen se sentó, pero realmente se sentía húmeda y prefirió pasar primero por el baño para limpiarse un poco y mojarse la cara. Tardó unos 10 minutos, tranquilamente, no tenía prisa: hoy era su día.

Cuando salió vió que la puerta ya estaba abierta. Toc toc << ¿Se puede? >> preguntó entreabriendo despacio la puerta. << Sí, por favor pase, la estaba esperando. >> dijo una voz profunda, con personalidad, que a Carmen le pareció perfecta.
Cuando entró vió a un hombre de espaldas anchas, alto, moreno canoso. La habitación era preciosa, muy abierta y con unas vistas espectaculares, Estaba en lo que sería equivalente a un décimo piso y se veía toda la ciudad de fondo. Había un gran ventanal que se veía que era opaco, “perfecto” pensó ella. La música era muy relajante y había una fuente con cascada que le daba a todo el ambiente un aspecto mágico de cuento de hadas.

<< ¿Estás preparada?>> preguntó el hombre antes de darse la vuelta. ¡Era el hombre del metro! Éste al verla, se le hizo un nudo en la garganta y se le pusieron otra vez las orejas rojas rojas. Carmen también se quedó estupefacta y no pudo evitar poner una sonrisa picarona. Carmen no se dió cuenta si se mordió el labio o no, pero cree que se le escapó. El hombre carraspeó, como para quitarse el nudo de la garganta. Llevaba una bata blanca, y ahora que se fijaba tenía unas manos enormes. Carmen empezó a pensar para sí lo que había oído sobre si los hombres con las manos grandes, correspondía su miembro a tal proporción, lo que la hizo reír de una forma casi bobalicona.

<< Por favor >> al hombre le temblaba un poco la voz, ya no era tan potente como antes: sabía que ella le reconocía y estaba bastante avergonzado, pensando que la culpa del incidente del metro había sido suya. << Pase detrás del biombo y póngase la bata.>> Carmen obedeció sin ningún problema: se puso detrás del biombo y se quitó la camisa despacio, como si estuviera haciendo algún tipo de streeptease en un club donde se transparenta el biombo, aunque ella no sabía si él podía verla o no. Esperaba que si. A la camisa la siguió el sujetador y después se quitó la falda de espaldas al biombo. Creía que si se veía algo, porque era blanco y la luz del foco estaba encima de ella. Se puso la bata y salió. Al salir  creyó ver que el hombre se daba la vuelta muy deprisa, como si se hubiera quedado absorto mirando el nombo. Sí. Tenía que poder verse la forma del contorno de la mujer al menos. Cosa que la calentó mucho.

<< Por favor, túmbese en la camilla con la cabeza hacia la ventana >> volvió a decir el hombre que parecía haber recobrado la compostura. Ella sensualmente se subió a la camilla boca abajo. Él bajó lentamente la bata hasta justo encima del culo. Carmen estaba tensa, la había recorrido un escalofrío de placer por todo el cuerpo. El hombre extendió un aceite por el cuerpo de Carmen. Olía que embriagaba y su tacto era un poco frío, lo que con el contraste de Carmen, casi la hizo soltar un leve gemido. El hombre la tocó, y ese primer contacto, abrió la imaginación de Carmen. Cerró los ojos y dejó que su cuerpo la dijera todo lo que ella no podia ver.

Él sabía lo que se hacía: la tocaba con suavidad, pero con una firmeza impresionante. Tenía unas manos grandes, pero que sabian lo que se hacian… ella se preguntó qué más sabrían hacer. La tocó el cuello, la espalda, relajándola por completo. Era un juguete en las manos de ese hombre. Como la tocaba, la hacía sentir cada centímetro de su cuerpo. Cuando la tocó por las curvas, pensó que ella misma empezaría a gritar que la poseyera, pero supo controlarse. El hombre era un profesional y ella sabía que cada presión que la hacía era por pura profesionalidad, la estaba quitando todos los nudos que tenía en su cuerpo, la apretaba hasta casi doler, para luego relajar.
Volvió a echar ese maravilloso aceite, que ya le preguntaría más tarde cómo se llamaba, y volvió al cuello: donde Carmen tenía más contracturas. La movía el cuello con una facilidad y con fuerza, pero a la vez con una suavidad que la dejaba tonta. Así estuvo el hombre por lo menos 30 minutos. Ella tenía dos horas de masaje, y una más si quería pagar un pequeño plus de hidromasaje en una sala distinta.

Esos 30 primeros minutos se le pasaron volando. Las manos del hombre recorrían todo su cuerpo. El hombre subió la  bata y la tapó hasta los omoplatos y subió la bata de los tobillos hasta casi el final de sus muslos.Carmen empezó a excitarse más: la encantaba que los hombres la tocaran las piernas: era muy sensual para ella. El hombre empezó a masajear los pies y ella no pudo contener ahora el pequeño gemido de placer.Se mordió el labio hasta hacerse daño. ¡Qué manos tenía aquel hombre! ¡Un dios! éso era lo que era. Siguió masajeando por los tobillos y los gemelos, llegando a la parte posterior de la rodilla, donde Carmen tenia un poco de cosquillas, pero se le pasaron. Cuando el hombre le tocó los muslos sintió otra vez ese escalofrío de placer. ¡Cómo la tocaba! Estaba claro que sabía como hacerlo.

Cuando Carmen ya casi no estaba en sí notó que el hombre paraba, se alejaba de la camilla y oyó un click. “¿Click?” pensó ella, pero no le dió importancia. Entonces volvió a notar otro aceite por sus muslos´. Este estaba más caliente, cosa que agradeció, porque aunque no hacía frío, al estar desnuda con solo una bata venía bien ese calorcito.El hombre volvió a tocarla los muslos, esta vez menos fuerte, más sobándola pensó ella, aunque no la importaba lo más mínimo. Las manos empezaron a subir hasta rozar la bata y entonces Carmen notó como las manos pasaban entre ella y la bata. Carmen abrió sus piernas. Las manos del hombre la estaban tocando todo el culo, dándola un masaje que la estaba excitando cada vez más: estaba poniéndose húmeda.

Y entoces notó como una mano se posaba en su sexo, y lo acariciaba con una suavidad hasta entonces desconocida, apretaba y relajaba todo su sexo y Carmen empezó a resoplar. Su respiración empezó a volverse más rápida. Definitivamente el hombre sabía muy bien lo que hacía. Encontró su clítorix ya excitado y empezó a acariciarlo como si sus dedos fueran su lengua. Con la otra mano volvió a acariciarla la espalda subiendo hasta el cuello, tocándola de una forma muy diferente a como lo había hecho antes. Ahora era mucho más sensual, mucho mas provocativo y su nuca era un núcleo perfecto de nervios. Notaba al hombre muy excitado, sabía que no era normal lo que estaba haciendo; quizás era la primera vez en toda su carrera que intimaba con una paciente. Se le notaba porque a veces paraba, como dudando si hacía lo correcto o no, pero como Carmen solo gemía o respiraba y no le decia nada él volvía.

Estaba muy húmeda, cosa que el hombre aprovechó: introdujo sus dedos dentro de ella con suma facilidad y empezó a estimularla. Carmen estaba tan caliente que no tardó nada en correrse. Sus piernas temblaron ante aquellas maravillosas manos. ¡Qué regalazo estaba teniendo aquel día!

Carmen giró la cabeza y le susurró: << Ven >>. El hombre, dudativo, sacó la mano del sexo de Carmen. Ella se puso de medio lado y el hombre se acercó a su cabeza. Las manos de Carmen volaron hacia el pantalón de aquel maravilloso desconocido. Le desabrochó el pantalón de dónde salió un maravilloso y enorme pene, que estaba también bastante húmedo. El hombre estaba rojo y Carmen se puso un dedo en la boca y le dijo: << Será nuestro pequeño secreto, no te preocupes >> Dicho esto, sonrió y se mordió el labio inferior de la forma más sensual posible, lo que relajó bastante al hombre.

Carmen acercó la puntita de la lengua a la puntita del pene de aquel hombremientras con la mano le bajaba todo el prepucio. Le quitó las goltitas de la punta y empezó a lamer por debajo de la cabeza, donde se junta la piel con la cabeza del pene. El hombre se puso a temblar. Notaba que al hombre le tiritaban las piernas de placer. Seguido le pasó la lengua, desde la base, donde se junta con los huevos, hasta la cabeza, y tras llegar a ésta, se la comió entera. El hombre no pudo evitar gemir y Carmen empezó a ir de menos a más, a hacerle una maravillosa felación, metiéndosa casi hasta la garganta, aprentando fuerte los labios y dándole golpecitos con la lengua. Llevaba un ritmo frenético que acompasaba con la mano. Tampoco sabia cuanto podría aguantar aquel hombre, pero sabia que todavía no era el momento.
Agarró fuerte los huevos y se los tiró un pelín para abajo para cortar una posible eyaculación. Lo que hizo que el hombre gimiera un pelín más alto, de puro placer. Carmen se sacó ese maravilloso pene de la boca, entre un hilito de su boca y del amor de aquel hombre.

Tras limpiarlo Carmen se sentó en la camilla y abrió las piernas. El hombre no dudó y cogió el pene en su mano y tras rozarlo leventemnte con el clítorix de Carmen, se la introdujo. Fue una sensación increíble: era cálida y grande. Carmen gimió mientras el hombre la penetraba. Sus manos la agarraban los pechos y la acariciaban, los masajeaba, como ningún otro hombre sabía, apretando y jugeteando con sus pezones. Carmen se frotaba el clítorix, lo que sabía que al hombre le excitaba más. Para su sorpesa, notó que el pene se ponía aún más duro si cabe. El hombre se acercó a ella y la besó en la boca. Carmen le agarró por el cuello y se acercó bien  a él. El juego de lenguas era pefecto, una compenetración exacta: primero en la boca de uno, luego en la de otro y también entre medias. El hombre cogió una de las piernas de Carmen y la levantó lo que hizo que las penetraciones fueran más y más profundas. Carmen soltó la boca del hombre para poder gemirle en el oido y él se puso a chupetearle todo el cuello. Besos con lengua, Carmen estaba en un frenesí.

Entonces el hombre paró, la bajó de la camilla y la dio la espalda. Carmen obedecía. Entonces se puso a penetrarla desde detrás. Carmen se dejó caer en la camilla. Era increíble; la fuerza de ese hombre. Y sus manos… ¡qué manos! Era como si todo su cuerpo fuera un clítorix y ese hombre no dejara de estimularlo con sus caricias: su espalda, sus costados, su pecho, su culo… todo estaba excitadísimo. El hombre le levantó una pierna y se la colocó encima de la camilla y siguió dándola. Carmen no podía creerselo: volvía a correrse. Tres veces en una sola vez y lo mejor es que este podía no ser el último. Pero estaba siendo muy largo: con cada penetración su orgasmo aumentaba y el hombre iba cada vez más y más rápido. Ella no podía contenerse, se mordía el labio y se hacía daño por no gritar… no podía gritar allí por mucho que lo deseara. El hombre empezó a tener la respiración muy agitada: se venía ya y ella lo sabía. Apretó todo lo que pudo su sexo para darle más placer así a él. El hombre en un gemido ahogado se separó de ella y se corrió en todo el culo de ella y en su espalda. Carmen notaba el calor  por cada zona donde él se había terminado.

El hombre se echó encima de ella y buscó su boca, ella giró la cabeza y se volvieron a besar. Carmen se puso como en el metro: a rozar su culo contra el pene excitado del hombre y a acariciarlo con una mano. El hombre ante esto se corrió un poquito más, esto resbaló por la pierna de Carmen. El beso fue igual de intenso que si estuvieran en pleno acto.

Cuando se separaron el hombre estaba entre cansado, excitado y un poco ruborizado. Carmen se giró y se acercó a él, le cogió de la cara, le dio un pico y le dio las gracias. El hombre sonrió. Carmen le miró y le dijo si le podía hacer otro favor. El hombre asintió. Carmen se volvió a tumbar en la Camilla con las piernas abiertas. Él cogió una silla y se sentó a la altura de sus piernas y empezó a besarla, a comere todo sus sexo. Carmen se mordía el dedo, no solamente era bueno con las manos y su pene, sino que su lengua como ya había comprobado era similar o mejor. El hombre jugó con su clítorix apretándolo y dándole toda la importancia que se merecía. Sus manos se posaban en el vientre de ella y en sus labios. Cuando el empezó apretar y hacerle una felación en el clítorix Carmen consiguió su cuarto orgasmo, muy dulce y apasionado, que el hombre no desaprovechó para besarlte en todo su sexo. Carmen estaba exhausta. El hombre se levantó, cogió una toalla y empezó a limpiar a Carmen con sumo cariño sus piernas, su sexo y su espalda. Ella se levantó volvió a besarle y así pudo saborear el sabor de su sexo que la encantaba.

Tras esto ya habían pasado casi las  dos horas. Carmen se vistió y dijo que se iba a dar un hidromasaje o un jacussi para terminar de asimilar lo que había sucedido. Los dos se quedaron mirándose. Carmen preguntó : << ¿Puedo saber tu nombre?>> El la miró sorprendido ante aquella pregunta, sonrió y dijo: << El que tu quieras que sea, soy un hombre nuevo gracias a tí, así que te dejo que me pongas el nombre que quieras. >> Carmen se sonrojó más que si la fueran a echar en la camilla. Le sonrió, se acercó a él, se besaron y ella antes de salir dijo: << Seras mi rey. Sin más, mi rey >> y salió de la consulta que estaba cerrada. Sonó un “click” que la hizo sonreír y se fue hacia el hidromasaje.

¡Qué buen regalo había tenido ese año! Ahora sus amigas serían las que tendrían celos de su anécdota.

Fin