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Arreglos en la casa.
Esta historia contiene un chiste oculto. Espero que quien se lo sepa lo aprecie, y quien no, pues sacarle una sonrisa al menos ^^.
BY JUAREN
Leticia era una mujer de su casa, la tenÃa siempre impecable, aún sabiendo que tenÃa un par de monstruos por la casa, que se lo intentaban poner difÃcil. Uno era su marido, y otro su hijo de 12 años. Y no sabÃa cual era peor… Uno lo hacÃa sin querer y el otro… todavÃa no lo tenia claro.
Ella se tenÃa que encargar de todo: de la cocina, de que la nevera siempre estuviera llena, de llevar al niño al colegio, de estar pendiente si habÃa algún encargo que sólo se pudiera hacer por la mañana. Asà que no paraba quieta, siempre de arriba a abajo. No la importaba hacer la mayor parte de las labores porque asàtenÃa tiempo para ella.
A su hijo lo querÃa con locura, era lo más importante en su vida, y siempre intentaba estar algún tiempo con él, aunque éste ya estaba empezando la edad del pavo, asà que cada vez tenÃa menos mamitis. Lo dejaban todo por medio y no conseguÃa que recogieran la mesa pero por lo menos conseguÃa que la ropa sucia llegara al ponlotodo, y ya parecia que era mucho. Al niño le regañaba e intentaba que ayudara más, pero el padre ya era perro viejo, y difÃcil de enseñar. A él le aguantaba menos, y para que sufriera un poco y ponerle un poco celoso, siempre intentaba alargar el viaje al supermercado. Encima siempre que se rompÃa algo en casa, no conseguÃa que se pusiera a arreglarlo.
Se rompió una silla cuando él estaba sentado, (cosa que a Leticia no le sorprendÃa; tanto por el peso de su marido, como las posturas que cogÃa al comer) y ella siempre tan educada, pero decidida: << ¿Puedes arreglar la silla cuando tengas un momento? >>. Él la miraba, se señalaba la frente y decÃa: << ¿Pone aqui carpintero?¿No? Pues entonces… >>. Ella suspiraba e intentaba hacerlo ella, siempre habia sido muy manitas desde niña, pero ya se cansaba de tener que poner ella la tirita a todos los problemas.
Otro dÃa se rompió el fregadero: una tuberÃa atascada o no sabÃa qué. << ¿Me harÃas el favor de mirar el fregadero y ver si puedes hacer algo?. Y él, como siempre, respondÃa señalándose la frente: << ¿Pone aquà fontanero? ¿No? Pues entonces… >>
A Leticia le sacaban de sus casillas sus malas contestaciones siempre, y llegó a pensar en dejar la pila llena de platos sin limpiar, y que comieran en el suelo como cerdos. Pero era tan amante del orden y la limpieza, que sabÃa que no podrÃa aguantar sin limpiarlos, por lo menos todavÃa funcionaba el lavavajillas y la lavadora… de momento.
Un dÃa, cuando llegó su hijo de clase, la dijo que le habÃan llamado la atención en clase, y que el director habÃa pedido hablar con sus padres. Eso sacó de quicio a Leticia << ¿Pero qué has hecho?! >>. Su hijo dijo que no entendÃa cómo un sucio borrachÃn pretendÃa enseñarle educación… lo habÃa discutido con el profesor, y éste le habÃa mandado al director. El padre, malhumorado, gritaba, pero sin ningún tipo de efecto. Además a las dos horas ya estaba roncando en el sofá. Asà que Leticia dijo que ya irÃa ella a hablar con el director.
Asà que fue a hablar con el director. Al salir por la puerta se encontró con su vecino: un chico que ya no era tan chico, le conocÃa ya desde hace años. Y ¡cómo habia cambiado! Ella le sacarÃa unos 13 años… ella tenÃa ahora mismo 39, casi los 40, y él tendrÃa unos 25 ó 26. Pero le conocÃa desde que tendÃa la edad de su hijo. Siempre habÃa sido muy educado, y la habÃa sacado la basura, sujetado el ascensor, deseado los buenos dias… El tÃpico chico que toda madre querÃa para su hija. Pero el niño habÃa cambiado, y se notaba que para bien. No habÃa perdido las buenas costumbres, pero además ahora era un buen mozo.
Se despertó de su sueño cuando al parecer el chico le repitio un tercer << Hola >> ya moviendo la mano por delante de sus ojos. << Perdona Gonzalo no te habÃa visto >> mintió muy mal Leticia. << Jajajaja >> rió alegremente el chico. << No pasa nada, yo muchas veces estoy tan enfrascado en mi mundo, que a veces no se ni donde estoy cuando vuelvo en mi >> y la sonrió con una mirada que era pura inocencia. << ¿Dónde vas a estas horas? >> preguntó Gonzalo. Entonces la nube se rompió. Leticia recordó que tenÃa que ir a por un desatascador, unos tornillos y algo de madera para solucionar el problema de la cocina y la silla. Además se habÃa estropeado un enchufe y tendrÃa que comprar otro, ya que su marido la habia respondido lo de siempre “¿Pone electricista?…bla bla bla”. Además tenÃa que ver al director.
Entonces, para su sorpresa, Gonzalo respondió: <<Si quieres yo puedo echarte una mano, tengo la mañana libre. Iba a correr un rato, pero con el frÃo que parce que hace tampoco me apetece tanto. Entonces ¿qué? ¿Te apetece que te vea si puedo solucionarlo? >>. Leticia suspiró por el gran favor que le estaba haciendo. Le dió la nota de lo que habÃa que comprar en la ferreterÃa y le dejó una copia de la llaves de la casa. Era un chico de confianza y además conocÃa a toda su familia. SabÃa que no habÃa ningún problema. << Te veo entonces a la hora de comer>> y se fue corriendo por las escaleras todo feliz.
Ella no le perdio de vista ni un instante, mientras veÃa ese culito redondo y duro bajar cada escalón.”¡Quién tuviera unos 10 años menos!” pensó para sà Leticia. Ella era una mujer que se cuidaba, no era una quinceañera, pero todavÃa sabÃa que podÃa despertar pasiones. Era alta, bien conservada, con bonitas curvas, y aunque habia cogido algo de peso, lo tenÃa bien repartido. Y como ella decÃa: “¡a quien no le guste que no mire!”.
Llegó al colegio y fue a secretarÃa. Preguntó por el director y esperó sentada. No habÃa estado nunca en esa parte del colegio, se limitaba más bien a dejar al niño y volver a sus quehaceres. LLegó el director. Era un hombre mayor de unos 50 años pero se veÃa que todavÃa tenÃa guerra que dar. El colegio era privado, y de curas, no era algo que entusiasmara demasiado a Leticia, pero era el mejor colegio de la zona, y para sus hijos lo mejor. Aunque no tenÃa claro si habÃa hecho lo mejor, después de lo que le habÃa contado su hijo. El director no era cura, era un hombre normal. Al entrar al despacho vió la foto de su mujer y de dos de sus hijos, fotos de graduación de su hija en la facultad y un bebé, que imaginó que serÃa algún nieto suyo.
<< Buenos dias, gracias por venir>> dijo el director. Entonces se percartó que con la mirada no sólo la habÃa mirado a los ojos, sino que se habÃa fijado en su abultado pecho. Eso la desconcertó, pero mantuvo la compostura. << He querido hacerla venir porque su hijo ha tenido un comportamiento desconsiderado hacia un profesor, y creo que deberÃa ser castigado de una manera adecuada. Ni muy dura, pero tampoco suave, tanto en el colegio como en casa. >>
El director empezó a andar por su despacho, pero estaba claro que lo que hacÃa era darla un repaso de arriba abajo, lo que no podia hacer sentado. Ella empezó a sentirse entre molesta, y muy agradecida. Por lo menos un hombre se daba cuenta de que todavÃa era una mujer. << No quisiera tener que suspender a su hijo la asignatura de ese profesor, o mandarle a casa unos dÃas. Sobre todo esto, por que algunos alumnos lo consideran más bien unas vacaciones que un castigo >>.
El hombre empezaba a cantearse un poco. << Además eso quedarÃa grabado en su historial, y… no queremos eso, ¿verdad? >> ¿La estaba chantajeando? Ahora si que estaba algo más molesta que agradecida. << ¿Qué quiere decir? ¿Qué puedo hacer? >> preguntó Leticia, aunque no sabÃa si habia elegido las palabras correctas. << Bueno, podrÃa convecer a la junta para que lo dejaramos en una leve advertencia nada más. Me costarÃa un poco, son muy duros, pero creo que usted y yo nos entedemos, ¿ verdad? >> y dicho esto la guiñó un ojo.
Ella se levantó, se acercó a él, y le puso la cara mas ardiente que pudo. Al hombre que casi se le caÃan las gafas, empezó a sonreir nerviosamente. Ella se acercó más a él, cada vez estaba más excitada porque veÃa ese momento llegar: él la deseaba y ella lo sabÃa, lo que hacÃa que lo que iba a pasar la excitara mucho más. Se acercó a su oreja y le susurro: << Como vuelva a amenazar a mi familia, le prometo que no podrá sentarse en mucho tiempo >>. Se separó de él, sonrió y dijo: << Bonita familia. ¿Es suya?. Su hija tiene su misma nariz, aunque al chico pequeño no le saco ningún parecido. Que tenga un buen dia. Espero no tener que volver por aquÃ. Ya hablaré yo con mi hijo. Adios. >> Y se fue.
Leticia estaba eufórica, se sentÃa enorme: habÃa dado con la puerta en la narices a un machista como su marido; y eso la encantaba. Estaba muy muy excitada. SabÃa que habÃa estado sublime, que el hombre habÃa pasado de estar muy caliente, a llevarse una buena ducha helada. Estaba con unas ganas enorme de llegar a casa y pegarse una ducha. “¡¡¡Qué leches!!! ¡¡¡UN BAÑO!! ¡Como Dios manda!”. “¡¡La casa!!” recordó, “Debe estar allà Gonzalo y le he dejado todo a él. Pobrecito mÃo. ¿Seguirá alli?” se preguntó… y deseó fervientemente que asà fuera.
Al llegar a casa abrió la puerta y dió la luz. ¡Si estaba roto el enchufe! Pero no. Ya funcionaba pefectamente. Un punto para Gonzalo. Fue a la cocina y se encotró al muchacho tirado en el suelo, con una camiseta corta azul oscura, un patalón de electricista y uno de esos cinturones de electricista donde se guardan toda las herramientas… “Mmmmm ¡Qué morbazo tiene el chico ahora mismo!”
<< Gonzalo, ¿estás bien? >> preguntó un poco preocupada oyendo jadear al chico. ParecÃa que estaba haciendo mucha fuerza. << Sip >> dijo en un tono eufórico. << EL enchufe ya funciona, a la silla la he puesto un refuerzo que deberÃa aguantar por lo menos 200 kg, y sobre esto… ¿me puedes acercar, o cogerme la llave inglesa que tengo aquà en el cinturon? Es que no llego. >> Leticia se acercó y vió la llave inglesa, entendÃa poco de herramientas, pero hasta ahà llegaba. Lo que no esperaba encontrar es que al lado de la llave inglesa estuviese otra herramienta, bastante grande por lo que dejaban entrever aquellos ceñidos pantalones. Por un momento estuvo tentada de equivocarse a propósito de herramienta, pero … No podÃa. Asà que alargó la mano, rozó “sin querer” la otra “herramienta”, y cogió la llave inglesa. Creyó notar un leve movimiento en Gonzalo de estremecimiento, pero pensó que era cosa suya, y dio la llave a Gonzalo.
Ella estaba ahà de pie, encima de Gonzalo y él debajo del fregadero aprentando algo. Gonzalo sacó un poco la cabeza para decirla algo, pero entonces se ruborizó un poco y volvió a meter la cabeza como una avestruz. Leticia no entendÃa nada. Miró a su alrededor para buscar cuál podÃa ser el problema. Entonces lo vió. Sonrió de oreja a oreja. Eso la satisfajo más que cualquier cosa en ese momento. No se habÃa fijado que llevaba un vestido que no le llegaba ni a las rodillas, y justamente estaba encima de él… asà que él al salir tenÃa que haberla visto hasta la campanilla. ¡¡¡Y encima se habÃa ruborizado!! ¡¡Tres puntos más para Gonzalo!! Intentó dejarle ver más sin ser muy cantosa y entonces se puso al lado, dónde sólo pudiera ver sus largas piernas. Al chico se le veÃa más nervioso y aunque no le viera la cara, solo oÃa como debÃa estar pillándose los dedos y dándose golpes al tener la cabeza en otro lado.
Entonces se oyó: << Creo que he terminado. ¿Puedes darle al agua?>> Ella obedeció, y la conectó. << Perfecto >> y salió de debajo del fregadero. Al salir, Leticia fue la que se ruborizó: tenÃa delante a un chico alto, moreno, bien formado, con unos patnalones y una camiseta ceñidas… El chico tenÃa la barba de cuatro dÃas que le quedaba que ni pintada, y además estaba un poco sucio y sudado; pero que con el cinturón y todo le daba un morbazo que tuvo que apretar fuerte el fregadero y morderse el labio.
Se giró y fue a por la cartera. << ¿Qué te debo Gonzalo? >> Mientras intentaba contar los billetes que tenÃa, él se acercó a su espalda y la dijo: << Pues tenÃa dos opciones: o que me hicieras una tarta, o que me echaras un buen polvo >>. Leticia se quedó blanca. Dejó caer el bolso encima de la mesa de la cocina, y la empezaron a temblar las piernas. Él se acercó más a su espalda , y empezó a tocarla los brazos. Ella se estremeció al oÃr nuevamente su voz. << ¿Y bien? >>
Ella se giró y le besó directamente en la boca, normalmente ella era dulce, romántica y esas cosas que tanto soñaba. Pero esto que ahora mismo sentÃa, no era lo que sale en los cuentos de hadas, era mucho mas ardiente. Estaba como una locomotora, y se dejó llevar. Se besaron fuertemente, sus lenguas se entrecruzaron en un sÃmbolo infinito. Él la deseaba y sus manos no dejaban de desnudarla. El vestido cayó pronto sobre la cocina. El chico no dejó de acariciar cada centÃmetro de su piel: llevaba muchos años deseándola. << LLevo desde que tengo uso de razón sobre las mujeres deseándote. Siempre ha sido asÃ. Años mirándote, intentando coincidir contigo en el ascensor, pasar un momento a tu lado. Eres una diosa >>.
Leticia se dejaba llevar por las palabras de Gonzalo mientras le quitaba la camiseta y le soltaba el cinturón de electricista. Notaba su herramanienta dura dentro de aquel pantalón que parecÃa que se le fuera a saltar el botón en cualquier momento. Él no paraba de besarla el cuello y el pecho. Sus manos, aunque un pelÃn inexpertas y temblorosas por la emoción, se compesaban por la pasión que tenia. Su cuerpo notaba que deseaba al de Leticia y éste respondia: << SÃ, soy tuya >>.
Aunque el que habÃa empezado esta historia era Gonzalo, la tenÃa muchÃsimo respeto, y aunque la deseaba , pronto empezaron a cambiar las tornas, y Leticia empezó a tomar la iniciativa: habÃa estado mucho tiempo bajo el yugo de su marido, y esta mañana, iba a ser ella la mandona. Bajó los pantalones a Gonzalo y le tumbó en la mesa. Bajó sus canzoncillos y se acercó admirando tan increÃble ejemplar: su marido no se le podÃa ni comparar. Susurró al oido a tan espectacular miembro << ¿Dónde has estado escondida tú tanto tiempo? >>. Esto no llegó a oirlo Gonzalo. Leticia empezó a lamer, iba a disfrutar cada segundo de esta maravillosa sesión; no sabÃa si algún dÃa se iba a repetir, y querÃa retener cada momento.
Primero empezó a besar de arriba a abajo, mientras le acariciaba sus testÃculos, luego, haciendo espirales con la lengua, subió por todo su tronco. Sacó una gotitas de Gonzalo, y las cogió con mucha aceptación y las saboreó… “Mmmmm”. Empezaba una mañana de sexazo. Se introdujo toda la cabeza en la boca, estaba muy caliente, y poco a poco empezó a apretarla más. Cada vez iba a subiendo y bajando más profundo, mientras se ayudaba con la mano. Notaba como a Gonzalo le latÃa más fuerte el corazón, y esto influÃa en su miembro. Ella apretaba más y más, y le daba más rapido; de vez en cuando la liberaba, para que hiciera contraste con el aire de la cocina, y volvia a las andadas. Cuando notó que Gonzalo estaba ya histérico, que su respiración era muy rápida, le apretó un poco los testÃculos para cortarle, y retarsarle su venida. QuerÃa aprovecharle el mayor tiempo posible. Era egoÃsta, sÃ, pero hoy seguro que Gonzalo se lo perdonarÃa.
Levantó a Gonzalo de la mesa y le sentó en la silla, y ella se sentó encima casi de un salto. << Si que aguanta 200 kg>>rió Leticia. Gonzalo se ruborizó nuevamente, aunque casi no le quedaba sangre en el cuerpo ya que tenÃa toda concentrada en el mismo sitio.
Ella comenzó a cabalgarle, cada vez más y más rápido. Él la empujaba arriba con las manos, mientras buscaba su boca. Leticia sabÃa que él la deseaba y que casi era más: la querÃa. Ella sabÃa que más bien era un rollo de esa noche, o quizas no. Pero que él la deseaba como algo más no cabÃa duda. Sus besos eran delicados, casi suplicantes, como si lo llevara guardado mucho tiempo. Ella, que al principio pensó que era puro sexo, se dió cuenta que ella también le habÃa estado deseando y que de alguna forma, era amor. No del amor que salen siempre en las historias, pero si otra clase de amor.
Ella le devolvÃa los besos y le acariciaba ese cabello sedoso que tenÃa. Él después de besarla en la boca, volvÃa a sus pechos, y a esos duros pezones que pedÃan ser chupados. Él no los dejaba tranquilos, los pechos de Leticia botaban en la cara de Gonzalo que estaba en un éxtasis tanto fÃsico como emocional. Gonzalo, sin sacar su enorme miembro de ella, la levantó y la llevó al fregadero. Leticia se dejó inclinar hacia atrás, para que esta vez fuera él quien llevara los movimientos: primero más lentos, hasta que el cogió carrerilla. La altura era un poco alta, pero el supo como llevarla.
Leticia veÃa como Gonzalo la miraba y remiraba, estaba disfrutando no solo con el sexo sino con tenerla allÃ. A su musa. A su objeto de deseo. La veÃa hermosa, y ella lo vió reflejado en sus ojos. Se vió no como ella siempre se veÃa, sino en una forma idealizada, y eso la llenó mucho más de lo que podrÃa llenarla de otra forma. Estaba llegando al orgasmo cuando Gonzalo cogió una las piernas de Leticia y se la puso por encima de los hombros. Leticia ya no tenÃa edad para virguerÃas, pero la postura no era del todo incómoda, y menos cuando notó la profundidad con lo que entraba ahora Gonzalo en ella, y el punto donde la tocaba. No pudo gemir gritando el nombre de Gonzalo mientras llegaba a un inmenso orgasmo. Era distinto, sabÃa que no se estaba corriendo fÃsicamente, era más un estado de placer intenso, que parecÃa no tener fin. Era como llegar a la cúspide de la montaña y mantenerse allÃ. Su repiración era muy rápida, tanto como la de Gonzalo. Y éste, en unas ultimas penetracciones sacó su herramienta, y se corrió sobre el sudoroso cuerpo de Leticia.
Ésta estaba todavÃa muy excitada aún después del gran trabajo de Gonzalo, y ya veÃa el fin de su gran placer, cuando éste se alejó de ella, cogió la silla y se sentó entre las piernas de Leticia. Ella le miró con los ojos como platos y gimió otra vez de placer al notar su lengua en su sexo. HacÃa tiempo que no sentÃa eso. Los besos de Gonzalo eran apasionados, estaba limpiándola entera y su lengua jugaba dentro de su sexo como antes habÃa estado haciéndolo su miembro. Luego cambió y se dirigió al excitado clÃtorix que ya estaba fuera de sÃ. Gonzalo fue muy mimoso, sabÃa que estaba delicado, pero con paciencia, mucho cariño y con ayuda de sus manos que acariciaban las piernas de ella, consiguió que sintiera llegar a otro orgasmo. Notaba cómo llegaba, cómo Gonzalo lo estaba consiguiendo. Gonzalo bajó nuevamente, pero se pasó, y empezo a besarla en el culo.
¿¿Qué hacÃa Gonzalo?? se decÃa Leticia. Nunca la habÃan besado por ahÃ: su marido nunca habÃa querido hacerlo, aunque ella se lo hubiera propuesto. Y ahora este chiquillo ni se lo habia pensado. “Mmmmmmmmmmmmmmmmmm” ¡Qué placer le produjo sentir la lengua de él dibujando todo el circulo de su culito! Mientras la mano seguÃa en el clÃtorix, el orgasmo empezaba a coger forma. Gonzalo se forzó mucho en satisfacer aquel gran desconocido para Leticia. Introdujo un dedo el sexo de ella, para luego empezar a introducirselo por el culito a e ella. Poco a poco empezo a entrar más y más. A Leticia le dolÃa un poco, pero con la suavidad con que lo hacÃa, rápidamente se convirtió en el mayor de los placeres. Gonzalo se metio todo el sexo de Leti en la boca, esperando que llegara lo que tanto asiaba.
Entre sus dos manos. que se movÃan sin descanso: una en el clÃtorix y otra en el culo, Leticia no tardó en llegar en un grito que tuvo que ahogar mordiéndose un dedo. Esta vez a diferencia de la otra, si que notó cómo se corrÃa entera, llenándole la boca a Gonzalo, que con una sed voraz, no dejó de chupar y mover la lengua dentro de ella. Ésta dió unos últimos latigazos de placer que le estremecieron las piernas, y le apretaron la cabeza de Gonzalo contra sus muslos. Él poco a poco fue sacando el dedo y separando la mano, mientras la boca, iba dando sus últimos besos, y deslizándose por los muslos de esta.
Se incorporó besando el cuerpo aún ardiente de Leticia, pasando por sus pechos, donde los pezones volvÃan poco a poco asu posición de reposo, y la besó en la boca, para compartir juntos su amor. Se quedaron un poco en esa postura hasta que empezaron a limpiarse y a vestirse. Él, que estaba un poco nervioso la dijo << ¿Te volveré a ver? ¿Podré otra vez estar…?>> Ella le tapó la boca con un dedo y sonriéndole dijo: <<Eres mi vecinito favorito, ¿cómo no vamos a volver a vernos? >> y le guiñó un ojo. Él riendo tontamente como un loco enamorado cogió sus trastos y se fue.
Ella se sentó en la silla, rememorando cada instante. SabÃa lo que tenÃa que hacer ahora y ser fuerte.
A las dos horas llegó su marido a casa. Vió el enchufe que funcionaba, fue a la cocina y vió la silla, dió al agua y vió que no habia fugas. Buscó a su mujer que estaba echada en la cama con un cigarrillo a medio terminar. << Leticia, ¿qué ha pasado que todo funciona?>>. << He llamado a alguien que lo reparara >> << ¿Cuánto te ha costado? >>. Ella, esperando este momento le dijo: << Me ha dicho que le hiciera una tarta, o que le hechara un polvo >>. El marido todo rojo la gritó. << ¡¡¿¿Y qué has echo??!!!? >>. Ella levantó un dedo, se señaló la frente y dijo: < ¿Pone aquà pastelera? ¿No? Pues entonces… >>
FIN !