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“Varada en la ruta” 1ra Parte
Todo indicaba ser un día más…
Una hermosa jornada, con el sol brillando en su total plenitud.

Estaba en mi local (boutique) reponiendo mercadería cuando de pronto suena el teléfono.

Era de la editorial de mar del plata para decirme que ya tenían la muestra, y que necesitaban de mi aprobación para imprimir (la tapa y contratapa de lo que será mi primer libro de cuentos eróticos) ahí nomás y sin dudar le pregunté a mi empleada/compañera si se animaba a quedar lo que restaba del día sola.
Todo un desafío para ella y también para mí, pero confío en Sole, por eso me animé.
Entré eufórica a mi casa a contarle a mi madre (sabe del libro, pero no que mis relatos son tan, tan, “explícitos”) Le pregunté si me quería acompañar, pero no pudo porque tenía turno con el kinesiólogo (algún día tengo que contarles de él, me sobra material) háganme recordar que les cuente.
Me di un baño ligero y me cambie de ropa. Me puse una pollera color chocolate de corderoy, que sin ser mini, no es muy larga. Cubriendo mi torso con un lindisímo suéter de hilo rosa combinado con unos dibujos en colores: blanco, chocolate, y algunos detalles en relieve rosa fuerte, sin llegar a fucsia. Y sin dudar estrené mis nuevas botas “rosa” con flecos, están súper, re “fashion”.
Manotee la cartera, me cercioré que tuviese suficiente dinero, que llevase el DNI, la agenda, y salí…
Saqué el auto de la cochera y encaminé hacia la estación más cercana a cargar combustible. Mientras esperaba la carga entré al free shop y me compré unas golosinas para el viaje.
Faltaban escasos minutos para las 11 de la mañana, aún me separaba unos 40 km de la ciudad feliz cuando de la nada el auto me comenzó a fallar. Ahí nomás me bajé a la banquina, lo paré, levanté el capot (como si entendiera algo) no vi nada fuera de lugar, no humeaba, no había levantado temperatura, ¡nada! Lo volví a encender y de nuevo apareció ese ruido en el motor. No me gustó para nada. Lo apagué y decidí llamar a la grúa.
En esos momentos son los que odio ser mujer, una por no entender de mecánica, además les doy la razón a los hombres cuando se quejan de que no encontramos lo que buscamos dentro de ese “nido de ratas”
¿Porqué llevaremos tantas cosas en la cartera?
Cuando buscas algo apurada empezás a sacar cosas y sale: el cepillo para los rulos, la planchita del pelo, el otro cepillo para cuando nos pasamos la planchita, el mp4, la famosa barrita de cereal por si nos da hambre, el lápiz labial, otro lápiz labial, el delineador, el perfume, la cremita hidratante, la otra cremita, esa que disimula las ojeras, un desodorante, el paquete de toallitas femeninas, el estuche con los cd preferidos, los guantes por si hace mucho frío, un paquetito de pañuelitos tissue, un vibrador, las bolitas chinas (jamás pueden faltar) para esos días de extrema excitación, je je. Otra tanga por si manchamos la que llevamos puesta, y por las dudas siempre llevamos algunos tampones, no sea cosa que “justo” nos indispongamos… de todo menos lo que buscamos, en ese caso “el celular”.
Soy por demás ansiosa para ponerme a buscar minuciosamente dentro del bolso, así que opté por volcar todo lo que había en él sobre el asiento de al lado.
¡D E S E S P E R A C I Ó N!

¡H I S T E R I A!
Todo junto me agarró, cuando comprobé que no lo tenía.
¿Cómo olvidarme algo tan importante?…
No me quedó otra que bajarme del auto y pedir auxilio a los transeúntes que circulaban por aquella ruta.
Pasó un auto, luego otro, y otro, ignorándome.
El tráfico era escaso y encima parecía importarles poco que yo estuviese allí varada.
Hasta que por fin el dueño de una Peugeot partner se solidarizó parando a ver en qué podía ayudar.
El sol de frente no me dejaba saber cuántos ocupantes eran, ni siquiera podía ver si la silueta de la persona que manejaba se trataba de un hombre o una mujer…
Cuando desciende de la camioneta sólo alcanzo a ver los pies, eran grandes, llevaba puesto unos zapatos negros de vestir, muy brillosos “impecables”…
Continuará
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Besitos húmedos para todo@s
Martina
Las aventuras de Nena Palote y su cipote ( 3ª Parte)
De pequeña mi padre me hartaba de hostias. Eso mismo te cuento, así de claro. Mientras me hostiaba me insultaba diciéndome invertido, degenerado, enfermo, maricón, marica, maricona, travestón… Lo hacía porque me gustaba jugar con las muñecas de mis hermanas, pero particularmente el día que me pilló vestida con la ropa de ellas. Aquel día perdí el conocimiento de la paliza que me propinó. ¿Suena duro, verdad?.
Lo peor es que desde que tuve uso de razón quise ser travesti. Siempre me atrajeron las pollas. No era como mis hermanos varones, que jugaban a fútbol y a seguir a las chicas.
Soñé desde un principio con ponerme tetas (De hecho son mejores que muchas de verdad). He barajado la posibilidad de ponerme un coño de los sintéticos, pero le debo mucho a mi cipote. Es grande, enorme, y tiene la facilidad de empalmarse continuamente. Por esto me llamo Nena Palote. Cuando fui puta lo triunfaba muy bien. Mis compañeras me envidiaban, ya que mi cipote atraía a la clientela. Era famosa.
Pero hoy quiero hablar de mi niñez. Estoy melancólica, maricón. Odio a mi padre. No nos hablamos. Desde que me puse tetas no quiere ni verme. No puedo ir a casa de mis padres. Me echó a la puta calle. Por eso me metí a puta. Por rebote, para ver a mi madre tiene que ser a escondidas. Mi madre tardó en asimilar lo mío. Pero al final las madres siempre ceden porque nos escupieron por su sagrado coño. También tengo la teoría de que todas las mujeres tienen algo de bollera, por eso entienden a los maricones. Al fin al cabo aguantamos las mismas gilipolleces de los tíos.
Cuando me puse las tetas mis hermanos y hermanas me dejaron de hablar. Salieron al cabrón de mi padre. Como nunca sabemos realmente que hombre nos engendró, espero que mi madre lo hiciera follando con otro tío, puede que con el butanero, fontanero, el vecino de al lado, un compañero de trabajo, un desconocido, el cura del barrio o cualquier otro tipo. Pero mi padre es tan hijo de puta que seguro que me engendró él y su asquerosa polla, la única que me da asco.
En la escuela siempre fui blanco de los abusones. Me decían las mismas cosas que mi padre. Algunos de ellos me insultaban en público, pero en privado bien que se dejaban hacer una mamada por mi boquita de oro.
Mi colegio era de curas. Un doble sufrimiento. Eran unos cabrones de cuidado, pero muchos también eran maricones. Alguno me miraba con ojos de deseo. Por suerte ninguno me llegó a meter mano, no se atrevían. Franco había muerto tiempo atrás de todo esto. Esta experiencia me ha hecho sentir compasión por las mariconas que se veían obligadas a mariconear a escondidas del régimen. Los polvos a escondidas y siempre con miedo a la cárcel. Por esto no comprendo a los maricones reprimidos de mi generación, que se casan, tienen hijos y comen coños imaginando que es una polla. Pobre de ellos…
No he ido a la universidad. Mi carrera ha sido la de la calle y actualmente cantar en los escenarios de los garitos gays. Muchos de los maricones fracasan en los estudios por la misma razón, insultos y vejaciones. Los que no tienen pluma lo sufren más en silencio, como las almorranas. Acabamos trabajando en muchas cosas diferentes. Intentamos sobrevivir, como canta la Naranjo, muy divina ella. Nos refugiamos con los demás “apestados´´ socialmente.
El sida nos hizo mucho daño. No sólo por la salud individual, también porque la sociedad nos tachó de colectivo enfermizo. La peste rosa. Gracias al señor o a la zorra que esté allí arriba, la cosa ha mejorado. Los seropositivos descienden en número. Yo he enterrado a más de un amigo y compañera de la calle. Siempre temí un contagio…
Tengo veinticinco años, maricón. Nací en 1984. En este tiempo he sufrido por estas cosas que he contado y por muchas más. Todas ustedes, maricones, bolleras, travestis, bisexuales sufrís por lo mismo que yo. ¿Tenemos problemas y vivencias similares, verdad?. Las cosas cambian, es cierto. Hoy día podemos casarnos y todo eso, pero la sociedad no sigue criticando a escondidas. Tenemos que luchar todavía mucho más. Juntas podemos, chicas.
Perdonarme, pero estoy borrachísima. Estoy sentada en un bar de ambiente, por la tarde. Y como no tengo compañía, me alivio con ustedes contando mis chorradas, pero quiero que sepáis que detrás de este precioso cuerpo hay un corazón, una historia, una vida como la tuya…
Nena Palote
Sexo en San Valentín
Era el día de San Valentín. Celebración made in “El Corte Inglés´´. Por supuesto que estaba obligado a celebrarlo, pero sin gastarme un duro en un regalo. Lo imprescindible, buscar a un candidato. Un soltero no puede celebrarlo. Publiqué unos días antes un anuncio en la prensa, decía así:
“Soltero busca soltero para celebrar día de San Valentín juntos. Yo 20. Busco similar o aprox. Sólo sexo, no posibilidad de “algo´´ más. Abstenerse enamoradizos. No me hago responsable de daños colaterales…Interesados llamar al 68631…´´
No me puedo quejar. Llamaron varios interesados. Algunos los descarté por la voz. Otros los rechacé por ser mayores, parecer sólo curiosos por el anuncio o por gilipollas. Uno me interesó. Tenía una voz muy excitante. Me cité con él la tarde del susodicho día. Tomamos café. Todo iba como la seda. Era muy guapo. Tenía un cuerpo que me atraía de veras, algo no muy difícil. Un perfecto candidato. Soltero como yo, estaba desilusionado en el amor. Siempre sufría por amor. Todos sus ex eran unos cabrones de cuidado. En resumen, teníamos mucho en común. A pesar de toda superficialidad y vulgaridad, ambos aún creíamos en el amor.
Nos montamos en mi coche. Yo le tenía preparada una sorpresa. Le vendé los ojos. Nos reímos. Le pregunté si estaba preparado para pasar el mejor día de San Valentín de su vida. Me contestó que sí. Conduje con calma. Le miraba la cara, su cuerpo, estudiando. Tenía una barba de tres días muy, muy atractiva. Deseé raspar mi piel con ella, mi cuello, mis mejillas, mi pecho, mi entrepierna. Puse música, Fangoria, por supuesto. Quizá no muy romántica, pero muy al caso para un día color de rosa. Aparqué. Nos bajamos. Le agarré la mano. Andamos con cuidado. Le susurraba al odio indicándole obstáculos de la calle, escalones. Yo era su lazarillo. Mi polla estaba erecta desde hacía rato. Me apretaba los vaqueros. Toqué su paquete, y comprobé que estaba tan excitado como yo.
Subimos las escaleras. Llegamos al rellano de mi piso. Abrí. Entramos y le dejé sentado en el salón. Tenía que ultimar un asunto. Regresé a su lado. Le besé con ternura. Nos acariciamos. Para ser unos completos desconocidos nos metimos muy bien en el papel. Le quité la venda.
-¡Ay, maricón!-Exclamó mi amante- ¡Qué cosa más bonita!
La causa del grito de mi amante fue la siguiente. Un camino de pétalos rojos nos invitaba a seguirlo. Algunas velas nos alumbraban la senda del sexo y la pasión. Lo demás, todo a oscuras. Fuimos siguiendo los pétalos. Terminaba el camino junto a la chimenea de mi dormitorio. Un círculo enorme de velas encendidas nos señalaba nuestro nido de amor. La chimenea a un lado, encendida. Una botella de lambrusco, dos copas. Nos desnudamos. Entre penumbras nos sentamos en el suelo, dentro del círculo de velas. Bebimos unas copas, besándonos entre sorbo y sorbo. Reímos. Nos acariciamos. Deleitamos nuestra vista con el rabo erecto, todo erecto, del otro. Una polla a centímetros de la otra, retándose a un duelo. Deseaban darse caña una a la otra. El lambrusco no tardó en acabarse. El alcohol nos hizo efecto. Nuestros besos y caricias subieron de tono, más bien bajaron a las pollas. Nos las lamimos mutuamente. Hicimos el sesenta y nueve. Fue genial. No hubo mucha diferencia de tiempo en nuestros orgasmos. ¿Algún día conseguiré un orgasmo sincronizado?. Reposamos, fumando, abrazados. Exhalábamos el humo a nuestro alrededor. Cuando terminamos el cigarro yo ya estaba empalmado de nuevo. Le lubriqué el ano. Me lubriqué la polla. Le penetré con ternura. Le mordí el hombro. Si sueles leer mis relatos sabrás que me encanta morder con delicadeza el hombro amado. El coito iba de maravilla. Mi segunda explosión de semen tardó en llegar. Aquello me gustó. Pude bombear a gusto, deleitándome. La sacaba a ratos. Después de algún juego volvía al ataque. Nuestros gemidos eran gritos pasionales, sexuados. Tras correrme en su interior. Le tocó el turno a mi maromo. Me la metió con intensidad. Él se entretuvo menos que yo, pero no duró menos. Incluso duro aún más que yo. Egoístamente, mejor para mí. No obstante, el clímax era perfecto, insuperable. Semen, lefa, corrido, leche…en nuestro interior. Nuestros culos habían sido inseminados. Un vano intento de fertilización. No podríamos quedar embarazados, pero ganas no nos faltaron…
Dormimos abrazados. Cuando despertamos mi semental se duchó. Desayunamos en mi cocina. Me dio las gracias por todo. Yo se las di también a él. Nos dimos un beso en la boca. Nos despedimos y se marchó. Desde luego, uno de los mejores día de San Valentín de mi vida…¡Y sin regalar nada y sin novio!
Gléz-Serna



