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Ella dijo un adiós y un hasta nunca…

El sonido del agua al caer en la ducha inundaba el piso. Él se frotaba con fuerza. El agua estaba fría, muy fría. Él solía bañarse con agua fría.

Ella se encontraba en la cocina. Con el cuchillo jamonero cortaba tomates para hacer un aliño. Ella estaba llorando, y no por la cebolla que había cortado antes para el aliño. Ella estaba harta de la situación. Ella estaba hastiada de él, hasta el mismísimo coño. No podía soportar más la situación. Quería decirle adiós, y para siempre. De repente paró de cortar el tomate. Puso la punta del cuchillo en su barriga. Todo dispuesto para el suicidio. Con las dos manos aguantaba el mango del cuchillo jamonero. Entonces le llegó a los oídos el ruido del agua en la ducha. Durante unos minutos, infinitos y agotadores, se limitó a quedarse petrificada. Necesitaba un final para su situación pero no era tan fácil como ella pensaba. Después de ver como el dolor lo cambia todo no le fue difícil comprobar que estaba sola ante él o su suicidio.

Sin comprender lo que hacía comenzó a andar hacia el cuarto de baño. Cuchillo en mano y con ojos de loca andaba con sigilo, sacando  la predadora oculta en su interior. Oculta en la penumbra del pasillo observó por un centímetro abierto de la puerta como él se lavaba los huevos. Esa cosa le colgaba inerte y grande. Era algo desmesurado que nunca había sabido utilizar. A ella le daba asco, y no porque fuera bollera sino por el odio acumulado por los años de represión machista.

Durante el noviazgo todo había sido como un sueño. Luego, cuando se casaron, todo iba bien. La noche antes del quinto aniversario de boda todo se transformó. Esa noche él le dijo que no celebrarían el aniversario porque eso era para los enamorados. Él no la amaba, sólo la tenía de esclava.  Durante otros veinte años ella lo soportó. Un día todo cambió. Un viaje a Túnez fue el origen del cambio en ella. Sin que él se diera cuenta ella acabó acostándose con el guía del grupo de turistas españoles. Se trataba de un veinteañero, ventimuchos años menor que ella, de piel del color de la aceituna. Ojos y pelo negro zaíno. Ella soñaba que abrazada a su primer amante extramatrimonial y al primer hombre que verdaderamente amaba podría ser feliz. Ella le prometió llevarlo a España, junto a ella. Ella se entregó al guapo guía por completo, sin dudar. El guía le regaló el oído con bonitas promesas. El último día de viaje ella se dio cuenta de todo. El guía pretendía engañarla por la nacionalidad. Se percató cuando lo encontró follando con otro turista del grupo, un maricón descarado. Entonces ella se sintió utilizada por el otro. En ese instante había perdido toda ilusión y ya no pensaba en otra cosa que librarse de su marido, ese cabrón indomable que la había cohibido de por vida. Ese que veía a través de la rajita de la puerta abierta del baño, y que estaba lavándose los huevos tantas veces comidos por otras mujeres, muchas de saldo y esquina. Ella estaba cansada de ver su propio dolor por las infidelidades de su esposo y del maltrato de este. Ella le había dado los años de su juventud para nada. Ni un hijo le había dado su marido, de tan poco servía. Ese hubiera sido su mayor alegría, un hijo, y si no lo hubiera tenido al menos poder disfrutar de la buena compañía de un feliz matrimonio. Nada, ella sólo disfrutó de la mierda que le salpicaba él todos los días, de bofetadas, gritos y sexo sin el consentimiento de ella. El desengaño con el guía hizo que ella rebosara su odio por el género masculino, sobretodo de ese que se estaba lavando los huevos…

Abrió la puerta de un golpe. Él la miró extrañado, pero con ese gesto de burla y  de menosprecio que le caracterizaba. Ella se acercó. Él la amenazó. Ella le contesto que no lo soportaba más que deseaba su muerte. Él le insinuó que no tendría coño de asesinarlo allí mismo, en la ducha. Ella sólo dijo un adiós y lo apuñaló. El cuchillo jamonero se hundió en el vientre de su marido. La sangre caliente rebosó sobre su mano, que volvió a sacar el cuchillo y lo volvió a hundir de nuevo. Él no aguantó de pie más de unos segundos antes de caer en la bañera. La sangre corría mezclada con el agua del grifo por las cañerías, como alimento de las ratas de cloaca. Justo antes de morir escuchó como ella le decía de nuevo adiós y un hasta nunca…

Gléz-Serna