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la calle de la Alcazaba
| Cada día María va al trabajo, pero hoy Sebastian, el portero, le comenta que el agua de la fuente está muy caliente. |
Como cada día, María se preparó para ir al trabajo. Aquella tarde hacía demasiado calor. De entre su amplio vestuario decidió que lo mejor era ponerse ese vestido blanco que se compró en las segundas rebajas del Corte Inglés. Por otro lado, sentía un inmenso remordimiento, especialmente en aquél momento, porque sabía que, de camino al trabajo, como siempre, tendría que pasar por la zona más “peligrosa” de la ciudad llamada la zona de “las perchas”, y no precisamente de buena fama…. se encontraría, con toda seguridad, con situaciones difíciles de solucionar o la menos, la podían poner en un gran aprieto, .. Pero, no iba a dejar de ser ella misma por cuestiones de tipo, llamémosle.. “inevitables”.
Era todo un reto. Vestida, al fin, con un gran escote en forma de corazón que sobre su pecho latía como nube de algodón, le favorecía de tal forma que parecía había sido diseñado para cubrir aquellos preciosos pechos, duros, bien formados, y muy jóvenes, que ella, con apenas 23 años recién cumplidos, lucía con todo descaro y desconsideración para con sus compañeras de trabajo, mucho más gruesas que ella y con menos estilo en el vestir. Cerró la puerta con sumo cuidado. Sus padres estaban echándose una siesta placentera, y a ella no le gustaba que la oyeran marcharse con aquellos tacones de aguja, de color blanco con tira azul y bolso a juego, que tan especialmente esbelta le hacían. Suponía que su madre, y con toda la razón, le llamaría la atención recordándole que tendría que pasar por la gran avenida que conduce a lo alto de la calle La Reina, o lo que es lo mismo, la oficina de información y turismo de La Alcazaba.
Al pasar por enfrente de la puerta de los cines Monumental, se dio cuenta que pequeñas gotas de sudor brotaban de su frente, por entre su flequillo despeinado con gran estilo y al gusto de su estilista, que suponía que era lo mejor para aquél espíritu siempre inquieto y rebelde.
Tomó un pañuelo de su bolso y se paró a asearse aquél estado de su cara que, por mucho que se empeñara su estilista, ella consideraba que no era el apropiado para ir a una mediocre oficina a trabajar todo el tiempo con la cabeza gacha y resoplando para poder ver los manuscritos que tenía que copiar y leer.
De espaldas, se dejaba ver la perfecta línea que marcaba su espalda, sólo alterada por la forma del sujetador y unas braguitas que marcaban su perfecta silueta. A través del espejo de la puerta, vió como, no creyéndose vistos por nadie a esas horas, un chico se para y de forma impetuosa sienta en el capó de un coche azul a una chica y la besa una y otra vez, sin dejar de levantarle la falda y acariciarle las nalgas y la espalda.
Lo que vió le hizo enrojecer. Se dijo que hacía mucho calor y siguió su camino, sintiendo como cierto pudor le corría sus mejillas y un cierto calor en su vientre le producía una sensación de celo que la desorientó.
Tocó al timbre, y al abrirle la puerta Sebastián, sintió como si toda la imagen que tenía en su mente se reflejara en su rostro como si de una película se tratara. Le preguntó que si le pasaba algo y la acompañó a la entrada principal hacia las escaleras de piedra que conducen a la oficina de Información al cliente.
Suba usted, señorita. Sintió la mano de Sebastián en su espalda y un escalofrío, mezclado con la sensación de calor que todo el camino la había acompañado.
Deseó estar sentada en su acogedor asiento y poner el aire acondicionado, secuencia que repetía cada tarde nada más llegar. Cuando ya estaba a punto de entrar en el pequeño saloncito, acogedor y bien decorado de su estancia, miró el reloj y se dio cuenta de que aún faltaban más de 15 minutos antes de que sus compañeros vinieran, entre otras cosas porque no era precisamente la puntualidad su cualidad más destacada.
Dejó el bolso sobre la estantería y salió. No había hecho más que volver hacia la esquina de la oficina en dirección a los baños termales cuando sintió la mirada fija de Sebastián en su espalda. Prefirió no mirar hacía atrás y hacerse la desentendida. A esa hora era totalmente imposible que nadie la observara ya que Sebastián era el portero de la Alcazaba y la hora de apertura al público con explicaciones históricas de cada aposento y demás no la empezada su compañera Rosario hasta las 18 y 15h., por lo menos, por aquello de la puntualidad que habíamos dicho antes.
Aceleró el paso y entró en la estancia que la madre naturaleza se había encargado de hacer y que los jardineros se preocupaban de mantener con todo esmero. Por algo se había, con el paso del tiempo, producido un entramado de ramas y flores que mantenían como oculta la entrada a los baños y daban esa sensación de seguridad que da cualquier pared de ladrillo de una casa normal.
Nada más entrar le embriagó el olor intenso a alhelíes y narcisos que tanto le gustaban. Con calma se desabrochó la gran cremallera que corría su espalda desde el cuello hasta la altura de la cintura y dejándolo caer sobre la piedra ocre y limpia se sujetó el pelo con unas horquillas y dejó los zapatos en un lado para que no se mojaran con el chapoteo del agua.
Unos rayos de sol cubrían su cuerpo cobijándola del mismísimo sol y del aire caliente que atontaba. Avanzó despacio, bajó un escalón, luego otro, y cuando el agua ya estaba por su cintura se dejó caer del todo sintiendo que todo su cuerpo se abría y se dejaba mecer por aquella agua cristalina y templada producto del sol y de las propiedades termales que la caracterizaban.
Jugó un rato con el agua. Sintió que estaba aún bastante acalorada, excitada por las imágenes que más que haber visto, había imaginado y sentido dentro de sí como fuego que abrasa. Pasó sus manos por sus pechos, su vientre, con suavidad, y tembló de deseo y placer. Estaba en esa pose, como quién hace el muerto en el agua, cuando sintió que otra mano la cogía de la espalda y una sombra tapaba los rayos de sol que cubrían su cara. Miró, dio un respingo y fue a levantarse cuando Sebastián le dijo que se dejara llevar, que no pasaba nada, con esa voz profunda y tan personal que le caracterizaba, así como con una mirada fija y segura en sus ojos. Nunca supo porqué ni se lo preguntó porque no encontró respuesta que le satisficiera, pero se dejó llevar…. Sebastián la empujó suavemente por entre el agua y los nenúfares del estanque jugando con su cuerpo, que ahora se dejaba deslizar hacia abajo y luego hacía arriba formando un remolino que a la vez que le producía cosquilleo le daba, entre las piernas, una sensación de quemazón que cada vez le estaba gustando más y más. Las manos de Sebastián, firmes, seguras, cogían ahora su espalda, luego bajaban por sus nalgas, sus piernas, con ritmo y suaves a la vez.. que la embriagaban.
No abría los ojos. Se dejaba llevar. Cuando de pronto, sintió que en una de esas veces que él la deslizaba hacia abajo, le abrió las piernas con suavidad y la atrajo hacía si, sintiendo que con dureza y fuerza como la paraba con su sexo y la rozaba con pequeños golpes en los labios una y otra vez, sin ningún esfuerzo, como si flotara sobre una nube de algodón, más que nadar en aquellas aguas tan cristalinas. Parecía una pluma en sus manos. Una sensación liviana, sutil, etérea,… así se sentía y así lo parecía. Se dejaba llevar y traer.
Contrajo las piernas, la pelvis, sentía como si en cada vaivén se tragara el agua del estanque y sentía cierto pudor.. Sebastián la cogió por la cintura con una mano y con la otra le rozó los labios de su coño así como le introducía los dedos sin esfuerzo para ir excitándola cada vez más.. Le pasó la mano por entre su pelo rizado y rubio, sus labios cada vez más rojos y excitados, su clítoris duro y prominente.. que la estaban haciendo gritar de placer. Gemía con fuerza. Y no podía parar. En ese juego pausado, suave, y sin parar estaban cuando oyeron el timbrar ensordecedor de aviso a los clientes de que empezaba el recorrido hacia el interior de la Alcazaba. Con esfuerzo y rabia salieron a toda prisa, se secaron y se vistieron, tirando cada uno por un camino distinto de vuelta a la oficina. Sintió un dolor agudo en el bajo vientre y en la pelvis una gran quemazon.. fue una jornada sin acabar y estaba deseando hacer algo.. no podía más. Saludó con cierta aparente frialdad a sus compañeras, más por estar ajena a ellas que por dejadez y se metió a toda prisa en la habitación que conduce a los aseos de señoras a la derecha y caballeros a la izquierda.
Una ligera brisa de aire movió su pelo con cierta soltura. Miró la ventana y se dedujo que la habían abierto sus compañeras al entrar. Iba a coger el pomo de la puerta de entrada a uno de los aseos cuando la levantaron por detrás. Y la pasaron hacía dentro. Una mano en la boca le impidió gritar.. era Sebastián.
Si ella estaba excitada, él, fuerte, varonil y fogoso estaba ansioso y angustiado por el placer que sentía.. Sin mediar más palabras la subió sobre sus rodillas y la penetró con fuerza una y otra vez. La besaba para que no se oyeran sus gemidos y la hablaba al oído con palabras cada vez más obscenas y excitantes…
Mi primera vez
| La invitó a su yate y le hizo sentir la mujer más maravillosa del mundo. |
Iba de camino al colegio mientras miraba distraída la gente que pasaba por la acera. Me preocupaba el examen que haría dentro de una hora escasa, para colmo de geografía, y no me había preparado nada más que el tema de la meseta. Al pasar por la tienda de frigoríficos “la carrera”, reflejado en los cristales, ví a un muchacho con las manos en los bolsillos, un suéter de cuello vuelto azul, pelo rubio, vaqueros y botas camperas, para ver su imagen me detuve un rato delante del escaparate como si quisiera comprobar el precio de las lavadoras con sumo interés. Tendrá unos cinco años más que yo y parece muy apuesto. ¿Y si le hablara?.
Dirá que estoy loca, y con razón, no es normal que una chica se te acerque y entable conversación con un extraño, y menos en un pueblo como éste. A través de los escaparates se podía oír el ritmo de una música empalagosa, de esas bailables en las discotecas y pensé que agarrada a su cintura, muy fuerte, bailando esa música, me sentiría feliz. ¿Y por qué no?. ¿qué malo hay en que le diga algo?. Seguí un rato más mirando el escaparate.
El reloj de la emisora dio las 12 del medio día. Joroba, mi examen de geografía. Subí la cuesta corriendo, una calle muy estrecha donde si abrías los brazos de par en par tocabas con las dos manos las paredes de las casas. Casas con balcones de hierro llenos de flores, piedra y lasca en las fachadas, tejas rojas en los tejados; me gustaba pasar mirando con detenimiento cada detalle, los escudos de las familias pudientes en las puertas, las formas de las cornisas, los frisos con sus historias.. era muy bonito, pero ahora tenía mucha prisa porque llegaba bastante tarde al dichoso examen.
Al llegar a la puerta de madera gris, toqué al picaporte y salió Doña Marí, mi maestra. No había terminado de abrirme la puerta y ya me estaba dando una buena regañina. Celia, ¿sabe tu padre que vienes a estas horas?, el examen era a las once y media, después del recreo, ¿te acuerdas Celia?. Le pedí disculpas contándole una sarta de embustes con tanta naturalidad que me dejó en paz durante todo el tiempo que duró la prueba. Del examen sólo me sabía 5 preguntas de las siete que había, así que decidí hacerlas lo más pronto posible e irme a la calle. Me acordé del muchacho rubio de jersey de cuello vuelto y camperas… sonreí soñándolo mientras contestaba los montes más importantes de la meseta; encima tuve suerte. Jajajaja.
Recogí los folios, me acerqué a la mesa de la profe y le pedí que me dejara salir sin acabar la clase porque mi madre seguía mala con el riñón y tenía que hacer la comida para mi padre y mis hermanos. Doña Mari, una mujer de pelo totalmente blanco, a pesar de lo joven que era, a regañadientes porque no había llevado ningún justificante de mi padre, me dejó ir recogiendo el examen con cierta brusquedad y mirándome a los ojos de una forma fija, tajante, como amenazándome de las consecuencias que estaba dispuesta a sufrir si le había mentido en algo. Pero yo no le hice caso, sólo quería irme a la calle y mirar a través de los escaparates de la tienda a ver si aparecía mi sueño de pelo rubio que parecía tan atractivo.
Bajé la calle a zancadas, sin correr, porque no quería dar la sensación de precipitación, de prisas; si me lo encontraba no quería que pareciera a propósito, tenía que parecer algo accidental. Llegué al escaparate, miré hacia todos los lados, pero no vi a mi chico. Esperé un momento y nada. Cogí mi cartera y como era muy temprano para llegar a casa (además no tenía excusa ante mi madre que era más lince que la profesora), me encaminé hacia el club de mar, más exactamente hacia las rocas que bordean el club.
Siempre me gustaba ir a aquél sitio porque había muchos cangrejos y erizos, casi siempre conseguía pillar alguno para luego volverlos a tirar al mar. Sólo quería demostrarle a mis amigos que era tan valiente como ellos, pero nunca los mataba ni los llevaba a casa. Ellos siempre. Al llegar al acantilado rocoso que formaba aquella ensenada, me subí al muro que separaba el club de la arena y giré despacio para bajar a la roca lisa, suave, donde siempre me sentaba a verlos venir tranquilamente.
Estaba así, absorta, viendo las pompitas de aire que formaban los erizos cuando se mueven hacia la arena, esperando pacientemente para tomarlo sin que me pinchara, cuando ví una sombra muy larga en el agua. Temblé de arriba abajo. A veces sentimos cosas, no nos hace falta mirar ni que nos digan qué vemos, pero las sentimos. Así sentí yo su presencia. Un fuerte dolor de estómago fue el aviso de que estaba allí, mirándome la nuca, viendo lo que hacía sin moverme. Se sentó a mi lado. Olía a colonia de marca cara, de esas que sabes que huelen muy bien pero que no son ni lavanda ni de colonia bebé, luego tenía que ser bastante cara. Giré la cabeza y me encontré con unos ojos pequeños, marrones, muy vivos, inquietos, muy expresivos.
Me gustaron aquellos ojos que me hablaban de viajes marinos, ausencias de silencio llenas de pasión. Los pelos se me estaban poniendo de punta. Sentía como escalofríos. El chico pareció darse cuenta y me puso un brazo por encima de los hombros. ¿Damos una vuelta?. ¿A dónde?. Subamos a mi yate, quiero enseñarte algo que te va a gustar. Claro. Qué valiente yo. Ni lo dudé ni temí lo que hacía. Andamos hacia la bahía del club donde están todos los yates aparcados, los barcos de recreo y pesca. Subimos al suyo, un yate de color blanco con una franja azul de punta a cabo donde se leían las letras: “El arrecife de las sirenas”; entramos con cuidado para no darnos en la cabeza. Había cuatro escalones pequeños que separaban la cubierta del interior con los camarotes, la cocina, el baño… cuánta belleza. Me impresionó bastante tanta sencillez y originalidad, con esa madera lijada y pintada de colores salmón, azules, rosas, hacía unos dibujos preciosos. En la cocina había unos asientos en circulo que bordeaban una mesa blanca.
Voy a desayunar, te invito a unos huevos con mantequilla.. ¿Me acompañas?. Bueno, asentí, yo también tengo hambre. En un momento preparó todo y con un poco de pan blanco y un tomate partido en dos trozos con sal y pimienta me puso mi plato. Me recreé en él como quién sabe que ese acto de comer y lo que vendrá después está fuertemente unido a la memoria de mis hormonas porque mis ovarios empezaron a moverse, no sería así, pero yo los estaba sintiendo.. me estaban bailando. Comimos mientras hablábamos de los recuerdos, la niñez, de las cosas que nos impresionaban. Me tomó la mano y me llevó a un camarote con dos literas. Subió a una de ellas y se tumbó boca arriba pidiéndome que le acompañara. Me temblaban las piernas, la voz, el pecho y su entorno. Una voz me decía que no debía tomar aquello que me daban, así, con tanta facilidad, y otra gritaba que lo abrazara para que no se fuera.
Ya lo estaba besando cuando él me metió la lengua en mi boca, yo torpe, no sabía, pero debe de haber algún instinto que te dice el como, porque él, con risas, me tomó la cabeza entre las manos y me dijo que sacara la lengua, luego que la girara como si me estuviera limpiando los labios,… la boca ya era su boca porque le hacía caso y mi saliva se me hacía un nudo en la garganta, me besaba, me hablaba, al cabo de un momento sobraban las palabras, su lengua era mi lengua, las dos hablaban el mismo idioma.
Sabía a dulce de miel, sabía tanto que quería tragármelo entero.. se alejó de mi riendo, ehh, que me asfixias, jajaja, reía, suave, dulcemente, como su boca, yo jadeaba mientras le miraba entre expectante y ansiosa, tan deseosa de él que, con sus manos tomó mi cuello, acariciándome, besándome, me daba pequeños mordiscos en los lóbulos de las orejas, la nuca, mi pelo… casi gritaba de placer y no habíamos hecho más que empezar un ritual que duró hasta el anochecer.
Al llegar a casa aún sentía el latido de su sangre en mi sangre, de sus caricias. Las bragas las tenía un poco manchadas, había sido desvirgada, amada, feliz. Me habían hecho sentir como mujer y todo, por eso, merecía mi sueño, mi fantasía… mi placer en el paladar.. Me enseñó a amarle, a amar.
Quién fuera tierra
| Realiza un larguísimo viaje en tren para reencontrarse con su amado. |
El estaba allí. Tal y como ella había imaginado se saludaron sin dejar de mirarse caminando hacia el auto. Hablaba. Decía que echaba de menos las largas noches de duermevela contándose las mil y una cosas que por su mente pasaban, esa sensación de conocerse desde siempre, desde hacía muchos años. Ella escuchaba. Habían estado mucho tiempo separados. Contemplaba su rostro y sonreía. Tuvo el deseo de tocarle el flequillo. Se contuvo.
……..quien fuera tierra
de la calle donde pisas….
<minarete para llamar a la oración>> Imagínate calles estrechas, vacías, paredes blancas, puertas de madera pequeñas, como para enanitos, huele a especia, la gente lleva chilaba y pasa a tu lado despacio y mira al suelo. Sólo el ruido de las monedas de tu bolsillo, no hay prisa y no sabes, excepto por tu ropa, en que siglo estas. . Me paro. Me siento en el suelo. Hace una ligera brisa que me seca el sudor. Ahora huele a tabaco, alguien fuma a mi lado. Miro hacia arriba, al cielo, el azul es blanco y la puerta de enfrente es azul, añil, alguien a mi lado me da un té con hierbabuena, está ardiendo. Miro a mi derecha, lentamente la pared blanca, la ventana enrejada de madera, la calle empedrada, y tú: ¡gracias por el té!>>
Llegamos. Te tocas los bolsillos, miras en la chaqueta. En el pantalón. En el bolso de mano. No sabes dónde has puesto las llaves. Te quedas un momento parado. Te ríes a la vez que te llamas de todo.. ¡espera!, ya se donde están. La espera del ascensor que llega al décimo piso se hace larga. Al final del pasillo el tintineo de unas llaves colgadas de la puertecita del magnifico buzón te esperan. Con cara confundida las coges. Aun no sabes como tuviste tal despiste. Cómo en tan poco tiempo habías olvidado lo que era de continuo una costumbre. Llegar a casa todos los día. coger la correspondencia, leerla en el ascensor. No recuerdas nada.
……quien fuera el agua
con la que calmas tu sed..
Perdón. Perdón. Chocaba una y otra vez con los pasajeros que lo mismo que ella querían llegar a ese aroma tan especial. Ya olía a café. Sentía la espuma en los labios. Sí, tenía hambre y sed. Depositó el vaso en la mesa y fue a sentarse junto a ella. Quiso conversar y no supo como comenzar. Ella le comentaba que venía del Rocío, con voz muy ronca, apenas se la oía tanta felicidad acumulada por días de fiesta y abundancia de sol, ese sol que lo traía aún reflejado en su pelo corto, en su nariz quemada. Era la tierra que aún le abrazaba como cada noche de fiesta. El año que viene volveré, le decía muy segura. Volveré.>
……quien fuera el aire
que penetra por tu boca……
Pasaron un largo pasillo. Los reflejos del atardecer jugaban con las elegantes cortinas como dándome la bienvenida. ¿Quieres algo?. ¡Ven!, te muestro la casa. No lo oía.enternecía hasta la fibra más íntima de mi ser. Lo titulé, sin dudarlo “Paternidad” ¿Cómo una persona, por muy artista que fuese podía expresar tanto amor, tanta compenetración en aquél cuadro sin haber tenido hijos propios?.
… quien fuera espuma
para acariciar tu piel…..
<En aquél instante se hizo el cambio. La atmósfera se hizo más densa. Empezó a llover con tanta fuerza que parecía traspasarían los cristales. Sintió algo de frío. Un cierto temblor le recorrió por todo el cuerpo. Se sentó con cierto desasosiego y se puso a leer la revista que había comprado en el anden anterior. La lectura duró muy poco. No podía leer. El paisaje que se dejaba ver entre los cristales atraía con fuerza. Mejor lo veo y oigo un poco de música.>
….quien fuera el sol
para iluminar tu cara
quien fuera luna
para en tu lecho yacer….
Le miró. Con un gesto le decía que se sentase a la mesa. Había preparado varios entrantes y bebidas. Un combinado con mucha cocacola hielo y un poco de whisky para ella, un vocka con naranja para él. Querían ver la pelicula “City of Angels” con Nicolas Cage, Meg Ryan, Andre Braugheroco. todo, poco a poco, iba dejando de tener interés.