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De Madrid al cielo – Última parte
Cuando llegamos a la enorme finca me quedé pasmada de la que tenían organizada allí dentro. Había decenas de personas divididas en pequeños grupos y en distintas zonas de la casa. No conocía prácticamente a nadie, pero Ruth actuó como perfecta anfitriona presentándome a toda la gente.
El agradable chill out que amenizaba de fondo hizo que me apeteciera quedarme en la azotea con unas maravillosas vistas a la piscina, donde había unos comodísimos sillones blancos de piel. En una larga y preciosa mesa de cristal reposaban coloreados cócteles, infinitas velas de distintas formas geométricas, y pequeños cuencos que desbordaban marihuana.
Me senté con Ruth al lado de dos tipos que acababa de presentarme.
- ¿Qué te parece, nena?, ¿te gusta la que hemos montado?
- Me has dejado alucinada, qué peligro tienes.
- No más que tus besos, leona, no me hables de peligros… –me miró con una cara que daba miedo.
- ¿Has dicho besos? –Samuel, uno de los tipos de al lado, se acercó al escuchar el coqueteo de Ruth.
- Nada, no hemos dicho nada –ella empezó a reírse.
Samuel me pasó el porro que se estaban fumando; en aquel instante no me apetecía gran cosa, pero me pareció un desprecio rechazarlo, y lo acepté.
No sé cómo se inició la conversación, pero empezamos a tener una interesante charla de arquitectura. Me habló de su carrera y muchos proyectos que había realizado en los dos últimos años, diseños y bocetos que estaban en el aire, buenas ideas, planteamientos en los que coincidíamos plenamente. Yo también le hablé de mi gran colección de fotografía, de los eternos paraísos de los chiflados… y de arte en grandes dosis.
Ruth desapareció con su ligue surfero y Samuel me invitó a ir a la barra que tenían organizada para tomar unas copas.
De Madrid al cielo – Última parte
Cuando llegamos a la enorme finca me quedé pasmada de la que tenían organizada allí dentro. Había decenas de personas divididas en pequeños grupos y en distintas zonas de la casa. No conocía prácticamente a nadie, pero Ruth actuó como perfecta anfitriona presentándome a toda la gente.
El agradable chill out que amenizaba de fondo hizo que me apeteciera quedarme en la azotea con unas maravillosas vistas a la piscina, donde había unos comodísimos sillones blancos de piel. En una larga y preciosa mesa de cristal reposaban coloreados cócteles, infinitas velas de distintas formas geométricas, y pequeños cuencos que desbordaban marihuana.
Me senté con Ruth al lado de dos tipos que acababa de presentarme.
- ¿Qué te parece, nena?, ¿te gusta la que hemos montado?
- Me has dejado alucinada, qué peligro tienes.
- No más que tus besos, leona, no me hables de peligros… – me miró con una cara que daba miedo.
- ¿Has dicho besos? –Samuel, uno de los tipos de al lado, se acercó al escuchar el coqueteo de Ruth.
- Nada, no hemos dicho nada –ella empezó a reírse.
Samuel me pasó el porro que se estaban fumando; en aquel instante no me apetecía gran cosa, pero me pareció un desprecio rechazarlo, y lo acepté.
No sé cómo se inició la conversación, pero empezamos a tener una interesante charla de arquitectura. Me habló de su carrera y muchos proyectos que había realizado en los dos últimos años, diseños y bocetos que estaban en el aire, buenas ideas, planteamientos en los que coincidíamos plenamente. Yo también le hablé de mi gran colección de fotografía, de los eternos paraísos de los chiflados… y de arte en grandes dosis.
Ruth desapareció con su ligue surfero y Samuel me invitó a ir a la barra que tenían organizada para tomar unas copas.