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En el cine
Pocas veces he ido a ver una película española al cine y de hecho pocas veces veo una en casa, pero una noche aburridos sin nada que hacer decidimos ir al cine a pasar el rato. La cartelera era poco interesante y a él le habían dicho que la película estaba entretenida, así que allí nos metimos. En total estábamos 8 personas en la sala, contándonos a nosotros, las butacas no eran numeradas, así que como era de esperar nos sentamos cada pareja lo más alejado posible de los demás.
La película, como era previsible, era un coñazo infumable: empezaba con un tío feo follándose a una chica mientras intentaba ver a la vez un partido de fútbol… Puedo decir que es lo único que vi de todo el film, después de ver el espectacular comienzo me entretuve en otros menesteres más entretenidos. Comenzamos a besarnos y a meternos mano descaradamente (con la poca gente que había era imposible que nadie viera nada, además, estábamos sentados justo al final de la sala, los demás estaban más hacía delante). Sin perder mucho tiempo se bajó los pantalones y sacó su bien dotado miembro a la vista, agarrándome de la cabeza me empujó hacía abajo para que comenzara a chupársela y así lo hice, recorriendo su polla desde la base hasta la punta con mi lengua, para luego introducirla poco a poco en mi boca. Con un leve empujón la metió hasta llegar al fondo de mi garganta y una vez así comenzó a follarme la boca sin pausa. Cada vez que la metía hasta el fondo me producía unas pequeñas arcadas, que lejos de disgustarle le excitaban aún más.
Tiempo después me permitió levantarme y volvimos a besarnos en la boca mientras sus manos se peleaban con mi pantalón tratando de bajarlo, al final, para ayudarle me puse de pie y así bajo mis pantalones y mis braguitas de una sola vez. Me senté sobre él dándole la espalda y en esa posición me penetró mi ya bien lubricado coñito. Apoyé las manos en el respaldo de la butaca de delante y así dándome impulso con los brazos empecé a subir y bajar metiendo y sacando su polla totalmente de mi interior. Yo estaba tan excitada que notaba como chorros de flujo se resbalaban entre mis piernas mientras continuábamos con el mete-saca en el que estábamos inmersos.
De nuevo cambiamos de postura, esta vez me senté de frente a él, con las piernas a un lado y agarrada a su cuello, por lo que todo el movimiento lo tenía que hacer él haciendo fuerza con las piernas y elevándome y bajándome con sus brazos. Mientras lo hacía yo no paraba de lamerle el cuello, haciendo círculos con mi lengua, acercándome a sus orejas y arañándolas con mis dientes.
Ya no aguantábamos mucho más ninguno de los dos y al final llegamos los dos al orgasmo a la vez, fundidos en un interminable abrazo. Cuando elevamos la vista vimos que empezaban a salir los títulos de la película y comenzaban a encenderse las luces de la sala, justo a tiempo para recomponer nuestra ropa y salir de allí como si nada hubiera pasado.
Y ahora, dime: ¿Qué hacemos?
El timbre de la puerta sonó y al abrirla, allí estaba ella. Mirándole directamente con aquellos ojos. Dulces. Excitantes. Negros .Muy negros. Tan negros como el chocolate que a él más le gustaba.
-Querido…tenemos un problema…
-Y ahora, dime: ¿qué hacemos?-Le preguntó con voz entrecortada.
La respuesta estaba clara.
————–
Que Cristina y Quique se hubiesen conocido hace diez años, no tiene la menor importancia, es puramente anecdótico. De hecho el día que se conocieron el rechazo fue mutuo. A Cristina, Quique le interesaba la misma mierda que a Quique Cristina. Sí, por supuesto, tenían algún que otro amigo en común y gracias a ellos, siempre tenían la información suficiente como para no coincidir jamás.
Todo cambió hace un mes, cuando, inesperadamente, coincidieron en aquella fiesta derrochando alcohol, alegría y arco iris de colores. Fue inevitable, ambos se dieron cuenta de que nada mas verse se miraron a la boca con animo de comérsela sin mediar palabras…Pero dadas las circunstancias, y rodeados de amigos comunes, solo pudieron darse esos dos besos de cortesía en la mejilla que sirvieron para acercar sus cuerpos un instante que hubieran deseado fuese infinito.
Tras un incomodo silencio Quique se atrevió a preguntar:
-Bueno Cris, coño, ¿cómo tu por aquí? ¿Qué es de tu vida?
-Pues eso digo yo, qué cómo tu por aquí. Mi vida bien, ¿y la tuya?
-Pues ahí voy tía, tirando, tirandillo … me he quedado en paro… me he echado novia…¡lo típico!
-¡Mira qué bien! Lo de la novia, lo del paro tío es una putada…Bueno, ¿y donde has dejado a tu chica?
-Bueno, es que ella no vive aquí, vive en un pueblito chiquito de Italia, pero si encuentro curro me la traigo y nos casamos.
-Ah! Pues fenomenal! Un amor mediterráneo, jajjajaa.
-Eres una cabrona.
-¿Yoooo? Venga ya, hombre que me alegro mazo! A ver si encuentras curro, y me invitas a esa boda.
Voy a por otra copa!
Durante horas se hicieron los escurridizos para no encontrase nada más que en las soslayadas miradas que apartaban en cuanto estas se cruzaban.
Fue a la salida del baño y en un descuido cuando sintiéndose solos ocurrió todo. El primer beso apasionado, mordiéndose la lengua, mordiéndose los labios, arañándose la espalda por encima de la ropa, para a los diez minutos de pasión terminar recordando que el tenía novia.
A Cristina le entró la risa y le mandó a tomar por culo, cuando salió del baño desapareció entre la multitud y no se volvieron a encontrar.
Todo quedó en el olvido hasta hoy, hasta este preciso momento, justo un mes después.
Cristina, siente la vibración de su black Berry y al abrir su correo lee:
ASUNTO: Querida, tenemos un problema.
Cierto tipo de caricias no se olvidan fácilmente. Pensarás que soy un cerdo, y sí tienes razón, lo soy, y además, soy un cerdo enamorado.
He pasado noches imaginando que te llamaba y te invitaba a casa, y en menos de media hora sonaba el timbre y al abrir la puerta, ahí estabas tú, mirándome con esos ojitos de pícara, con tu semblante sincero, amable, acogedor. Pero la imagen de esa preciosa cara siempre se evapora en un suspiro, y se corrompe, dando paso de forma fulminante a tu cuerpo, enganchado al mío. Mientras tu gimes de placer y tus piernas tiemblan por la excitación, te arremolino el pelo moviéndome frenéticamente dentro de ti y sudo como el animal que en estos momentos piensas que soy, sí, como un cerdo. Por eso no te llamo ni te invito a casa. Para qué lo iba hacer. Para nada…por que todo se corrompe, y yo me arrepentiría, porque estoy enamorado de otra mujer que no me causa ni la mitad de excitación que tú, que no me hace sentirme ni la mitad de animal que tú me haces sentir. Sé que me entiendes y que ella no me entenderá jamás. Tú sabes que a los hombres hay que mentirles para que se crean el animal que llevan dentro, y por eso, Cristina, no te llamo ni te invito. Espero sepas perdonarme y sé que, en esto, igual que en todo, también me sabrás mentir.
Llegando a casa
Ese día salí de trabajar más tarde de lo normal por lo que cuando llegué a cada era ya noche cerrada. Nada más entrar deje el bolso tirado de cualquier manera sobre el aparador y me dirigí al salón sin encender las luces para depositar la chaqueta sobre el sofá. Cuando me estaba acercando alguien me agarró por detrás, tapándome la boca y empujándome con su cuerpo, dejándome apoyada en el reposabrazos del mueble. Me ató las manos a la espalda, subió mi falda y bajo mis braguitas metiéndolas en la boca para que sirvieran de mordaza.
En esa postura mi trasero quedaba más elevado que el resto de mi cuerpo, los pies los tenía apoyados en el suelo, pero para mantener el equilibrio tuve que separar mis piernas. De esa manera le daba a mi agresor una visión total de mis dos agujeros pues iba completamente depilada y no había manera de ocultar nada. Con una de sus manos presionaba en mi espalda para que no pudiera moverme, mientras que con los dedos de la otra comenzó a acariciarme consiguiendo que me humedeciera rápidamente. Comenzó a introducir sus dedos por mi coño, sin ninguna compasión, aún no estaba mojada del todo y me hacía daño al entrar, pero lejos de importarle siguió cada vez abriéndome con más dedos hasta tener cuatro en mi interior. Me follaba con su mano salvajemente, girando sus dedos cuando estaban dentro para luego sacarlos y volverlos a meter. Intentaba resistirme y empecé a patalear lo que hizo que me ganara un par de azotes y sacará sus dedos violentamente de mi. Se separó unos instantes de mi cuerpo, pero rápidamente volvió y escupiendo sobre mi ano empezó a meter un objeto redondeado por el mismo. Cuando estuvo bastante dentro, me habló y me dijo con una voz que no reconocí:
- Te acabo de meter una vela por el culo, ahora encenderé la mecha y dejaré que se vaya derritiendo la cera. Si te mueves e intentas impedir lo que te estoy haciendo, la cera resbalara mucho más rápido y te quemaras con ella. Yo que tú me estaría quietecita…
Y así fue, escuché el chasquido de un mechero al encenderse y prendió la vela que sobresalía de mi trasero. Y comenzó a follarme de nuevo con sus dedos, yo intentaba no moverme, simplemente dejarme hacer, pero ya sólo con el movimiento de mis caderas al recibir las embestidas de sus dedos la cera comenzó a derramarse quemando la piel cercana a la entrada de mi recto. Empezó a jugar de esa manera, me los metía cada vez más profundamente de un solo golpe, haciendo que si yo poder impedirlo, moviera mis caderas y un chorro de cera caliente cayera sobre mi piel. Permaneció así durante mucho tiempo, la rajita entre mis nalgas estaba casi cubierta en su totalidad por la cera derramada y mi coño completamente humedecido por las manipulaciones de sus dedos. Sin previo aviso sacó sus dedos y apagó la vela, sacándola también de mi interior pero dejando la cera que había caído donde estaba. Volvió a hablar:
- Ahora te voy a limpiar la cera que tan estupendamente ha quemado tu culito, no te muevas mucho, pues lo haré con los golpes que te daré con mi cinturón. Cuanto más te muevas menos preciso podré ser y mas azotes te llevaras.
Y dicho y hecho, se desabrochó el cinturón y comenzó a azotarme, al principio suavemente, yo escuchaba como cortaba el aire antes de estrellarse contra el centro de mis nalgas, pero poco a poco fue incrementando la intensidad de los golpes, cada vez más rápido, ya no conseguía distinguir el ruido entre un azote y otro que cruzaban ahora la totalidad de mis nalgas. Cuando se quedó satisfecho con el resultado soltó el cinturón y esta vez acercando sus dedos a mi ano comenzó a penetrarlo. Siguió el mismo ritual que había seguido antes con mi coño, metiendo cada vez más dedos por él y cuando ya estaban dentro empezando a girarlos en mi interior.