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Llegando a casa

Ese día salí de trabajar más tarde de lo normal por lo que cuando llegué a cada era ya noche cerrada. Nada más entrar deje el bolso tirado de cualquier manera sobre el aparador y me dirigí al salón sin encender las luces para depositar la chaqueta sobre el sofá. Cuando me estaba acercando alguien me agarró por detrás, tapándome la boca y empujándome con su cuerpo, dejándome apoyada en el reposabrazos del mueble. Me ató las manos a la espalda, subió mi falda y bajo mis braguitas metiéndolas en la boca para que sirvieran de mordaza.

En esa postura mi trasero quedaba más elevado que el resto de mi cuerpo, los pies los tenía apoyados en el suelo, pero para mantener el equilibrio tuve que separar mis piernas. De esa manera le daba a mi agresor una visión total de mis dos agujeros pues iba completamente depilada y no había manera de ocultar nada. Con una de sus manos presionaba en mi espalda para que no pudiera moverme, mientras que con los dedos de la otra comenzó a acariciarme consiguiendo que me humedeciera rápidamente. Comenzó a introducir sus dedos por mi coño, sin ninguna compasión, aún no estaba mojada del todo y me hacía daño al entrar, pero lejos de importarle siguió cada vez abriéndome con más dedos hasta tener cuatro en mi interior. Me follaba con su mano salvajemente, girando sus dedos cuando estaban dentro para luego sacarlos y volverlos a meter. Intentaba resistirme y empecé a patalear lo que hizo que me ganara un par de azotes y sacará sus dedos violentamente de mi. Se separó unos instantes de mi cuerpo, pero rápidamente volvió y escupiendo sobre mi ano empezó a meter un objeto redondeado por el mismo. Cuando estuvo bastante dentro, me habló y me dijo con una voz que no reconocí:

-          Te acabo de meter una vela por el culo, ahora encenderé la mecha y dejaré que se vaya derritiendo la cera. Si te mueves e intentas impedir lo que te estoy haciendo, la cera resbalara mucho más rápido y te quemaras con ella. Yo que tú me estaría quietecita…

Y así fue, escuché el chasquido de un mechero al encenderse y prendió la vela que sobresalía de mi trasero. Y comenzó a follarme de nuevo con sus dedos, yo intentaba no moverme, simplemente dejarme hacer, pero ya sólo con el movimiento de mis caderas al recibir las embestidas de sus dedos la cera comenzó a derramarse quemando la piel cercana a la entrada de mi recto. Empezó a jugar de esa manera, me los metía cada vez más profundamente de un solo golpe, haciendo que si yo poder impedirlo, moviera mis caderas y un chorro de cera caliente cayera sobre mi piel. Permaneció así durante mucho tiempo, la rajita entre mis nalgas estaba casi cubierta en su totalidad por la cera derramada y mi coño completamente humedecido por las manipulaciones de sus dedos. Sin previo aviso sacó sus dedos y apagó la vela, sacándola también de mi interior pero dejando la cera que había caído donde estaba.  Volvió a hablar:

-          Ahora te voy a limpiar la cera que tan estupendamente ha quemado tu culito, no te muevas mucho, pues lo haré con los golpes que te daré con mi cinturón. Cuanto más te muevas menos preciso podré ser y mas azotes te llevaras.

Y dicho y hecho, se desabrochó el cinturón y comenzó a azotarme, al principio suavemente, yo escuchaba como cortaba el aire antes de estrellarse contra el centro de mis nalgas, pero poco a poco fue incrementando la intensidad de los golpes, cada vez más rápido, ya no conseguía distinguir el ruido entre un azote y otro que cruzaban ahora la totalidad de mis nalgas. Cuando se quedó satisfecho con el resultado soltó el cinturón y esta vez acercando sus dedos a mi ano comenzó a penetrarlo. Siguió el mismo ritual que había seguido antes con mi coño, metiendo cada vez más dedos por él y cuando ya estaban dentro empezando a girarlos en mi interior.

Trabajo nuevo - 9

Desperté cuando empezaba a amanecer, Santiago estaba sentado a mi lado acariciándome la cara suavemente. Cuando abrí los ojos me dijo que quería comprobar si tenía fiebre, así que se levantó y al rato volvió con un termómetro en sus manos. Pensé que me lo pondría en la boca o bajo el brazo, pero él tenía otras ideas… me hizo recostar sobre sus rodillas, con el trasero en pompa y las piernas separadas. Separó con sus dedos mis nalgas e introdujo poco a poco el termómetro por mi recto. Pesé a que los últimos días había tenido cosas mucho más grandes introducidas por ahí, me resultó muy incomodo, estaba muy frío, lo que hacía que mi culito se contrajera e impidiera su entrada. Lo mantuvo dentro durante 5 largos minutos, en los que permaneció en silencio, solo me acariciaba suavemente las nalgas. Pasados esos minutos lo sacó de mi interior, comprobando que no tenía fiebre.

Acto seguido comenzó a azotarme, recriminándome por no haber seguido sus indicaciones y habernos extraviado en el bosque. Al contrario de otras veces que cuando me azotaba lo hacía con una fuerte connotación sexual, esta vez lo hacía con ira, descargando en mis nalgas toda la preocupación que sufrió la noche anterior. Después de un buen rato azotándome, cuando mi trasero debía estar ya completamente rojo, me indicó que me levantara y le esperara de cara a la pared, que iba a ir a por algo para asegurarse de que no enfermaría. Seguí sus indicaciones y me puse frente a la pared, sin tocarla, con los brazos detrás de mi cuello para esperar así hasta que volviera. Pasaron bastantes minutos hasta que escuché como se volvía a abrir la puerta del dormitorio, no me atreví a mirar si era él, sólo seguí así en espera de sus instrucciones. Se acercó a mi y empezó a extender un poco de crema hidratante por mis maltrechas nalgas, cuando acabó me indicó que me volviera a poner sobre sus rodillas. Obedientemente así me coloqué y acercando sus dedos a la entrada de mi culito separó mis nalgas para introducirme un supositorio bastante grueso por cierto. Estaba más frío que el termómetro que me había introducido anteriormente, así que mi trasero de nuevo se contrajo dificultando su entrada. Pero no le importó, simplemente empujó con un poco más de fuerza introduciéndolo en su totalidad seguido del dedo que lo guiaba. Hizo que permaneciera así durante largo rato, sobre sus rodillas, con el culito en pompa y penetrado por uno de sus dedos. Cuando se cansó cambió su dedo por un consolador de proporciones bastante reseñables, lo introdujo sin ningún tipo de lubricación, haciendo que me retorciera de dolor pero sin atreverme a quejarme demasiado no queriendo potenciar su enfado. Ya con él consolador dentro de mi culito,  me puso un tanguita bastante ceñido que impedía que se saliera de su sitio. Y volvió a azotarme, con cada azote notaba aún más en intruso que tenía dentro de mi, haciendo que se moviera con cada golpe. Yo intentaba mantener mis nalgas relajadas, sin contraer los músculos para no sentir con tanta intensidad mi culito penetrado, pero con cada nuevo golpe era incapaz de no hacerlo, por lo que a parte del escozor que me provocaban los azotes tenía que añadirle el dolor que me provocaba el consolador.

Después de administrarme mi castigo me permitió recostarme boca abajo en la cama, aún con el consolador puesto. Me dijo que había informado de que estaba enferma debido a que me había resfriado la noche anterior y tenía que guardar cama, lo que me permitía no asistir a las actividades programadas. También me dijo que debido a mi desobediencia, durante toda nuestra estancia allí, me tomaría la temperatura varias veces al día y me administraría el tratamiento que considerara más adecuado para que no enfermara, lo que incluía los azotes, los supositorios y los consoladores. Acabé quedándome dormida y solo desperté cuando noté que él bajaba mi tanguita dejando al descubierto mi agujero penetrado y sacaba el consolador sin miramientos, de un solo tirón. Me llevó al baño donde me ayudo a ducharme, me enjabonó todo el cuerpo con sus manos, deteniéndose sobretodo en las nalgas, sobándolas y estrujándolas, tal era el dolor que sentía en ellas que no pude evitar que se me escaparan las lagrimas.  Después de secarme me hizo colocarme de nuevo sobre sus rodillas y en esa postura, extendió de nuevo crema hidratante por mis nalgas consiguiendo reducir un poco el escozor que sentía en ellas.

Me permitió volver a tumbarme en la cama mientras él iba a por las bandejas de la comida. Cuando volvió con las bandejas las colocó sobre un escritorio que estaba en una de las esquinas de la habitación y así sentados uno al lado del otro dimos cuenta de ellas. Terminamos de comer y me dijo que volvería a tomarme la temperatura, se sentó sobre la cama y yo sin esperar más indicaciones me coloqué sobre sus rodillas con las piernas un poco separadas. Volvió a repetir la misma operación de esa mañana, con los dedos de una mano separaba mis nalgas mientras que con la otra introducía el termómetro lentamente para dejarlo dentro durante 5 minutos. Seguía sin tener fiebre, pero por si acaso me puso también un supositorio, introduciéndolo seguido por uno de sus dedos. Durante varios minutos permanecimos así hasta que de nuevo cambió su dedo por un consolador, que tendría metido durante toda la tarde.

En ese momento decidió que sería bueno que me diera el sol, así que vistiéndome con un vestido holgado y una chaqueta para que no me enfriara salimos a pasear por el bosque. Yo andaba muy despacio debido a la incomodidad que me producía el consolador en mi interior. Se notaba que él conocía muy bien el paraje donde nos encontrábamos, pues después de caminar durante unos 10 minutos llegamos a un cenador construido en mármol realmente bonito. En su interior tenía una serie de bancos dispuestos en círculos pero ocultos a la mirada de los demás debido a los frondosos arbustos que rodeaban la construcción. Nos dirigimos a los bancos, donde Santiago me hizo colocar a cuatro patas a lo largo de uno, levantó la falda de mi vestido, bajo mi ropa interior hasta la mitad de mis muslos y sacó el consolador para sustituirlo por su miembro. Se corrió en mi culito recordándome que llevar su semen en mi interior también era parte del tratamiento para no enfermar y acto seguido volvió a meterme el consolador y subir mi tanguita para regresar a su dormitorio.

Felatio interruptus…

La lengua subía y bajaba, se detenía, golpeaba, lamía, chupaba la punta. El ansia se apoderaba de mi ser, deseoso, necesitado de más pasión. Cerraba los ojos mientras trabajaba aquella polla, mientras  me la metía poco a poco en el interior de la boca. Las manos las tenía apoyadas en los muslos del otro, los recorría por completo con los dedos, con fuerza.

Paré, me detuve. Apoyé la mejilla en su pierna y lo miré, allí, a lo lejos. No noté que él tuviera algún tipo de prisas, necesidad, anhelo, interés. Esa es la palabra, interés…  Yo tampoco lo tenía. Me dolía la mandíbula, por cosas del estrés se me queda bloqueada. Nervios… Los mismos fantasmas personales de siempre, que impedían que me concentrara en la mamada. No tenía la mente puesta ahí, ni mucho menos cerca, la tenía a kilómetros de distancia. Cada vez me sabe más insípido el sexo. El porno no harta. No deja de ser una necesidad vital. Lo que cansa es lo inocuo, lo banal, lo inútil, lo insípido que resulta repetir ese papel con tantos rostros diferentes que se olvidan al día siguiente. Terminar aquella mamada me suponía de la misma utilidad que el semen del ahorcado o del drogadicto que se corre por cosas de la abstinencia.

No recuerdo como se llamaba el tipo, quizá ni me lo dijo, o no le pregunté. Poco importa, era uno más. ¿Existe el amor? Mi eterna pregunta. A mis veintiuno digo que no existe. Existe el sexo con un grado más o menos de aprecio. Punto. Mierda. Creo que estoy condenado a no vivirlo jamás, aunque sea una falsa, una patraña. Le importo a poca gente, y si le importo a alguien no es por amor. Se supone que mi condición de bisexual me garantiza mayor probabilidad para encontrar el amor: Una puta mierda para el que lo piense…

La polla del nota se encogía por segundos. Observé cómo se empequeñecía poco a poco, como si de pulsaciones se tratara. Me resultaba triste esa forma de acabar una relación, algo tan insulso. Era como parar por desgana. ¡Qué triste, una polla fláccida!

Gléz-Serna