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Conversación con Marcos – Tercera parte
- Te brillan los ojos, Abril.
- Hace una noche espléndida.
- ¿Preparada?
- ¿Tú qué crees?
- Estás espectacular, no sé si podré esperar a que sea mi turno para follarte.
- Pues deberás hacerlo, cielo.
- Me la sigues poniendo más dura que nadie.
- No me adules tanto, anda. ¿Llamamos al timbre?
Me recoloqué bien el vestido y comprobé que la rosca de los pendientes estuviera en su correcto lugar, ya que no era la primera vez que perdía un pendiente en una orgía salvaje.
Marcos me miró, le contesté con un guiño de ojos, y alargó la mano para pulsar el llamador de la enorme puerta blanca.
Tras los elegantes cipreses que hacían de barrera, se adivinaba un enorme chalet en el que no parecía escasear ningún tipo de lujo. No se escuchaba nada, ni siquiera algo de música, sólo a lo lejos, parecía querer marcar territorio el sonido de un grillo.
- ¿Has llamado? –pregunté.
- Sí, pero primero tienen que asegurarse, a través de la cámara, que somos nosotros. Acércate un poco a ese objetivo del punto rojo, Abril –Marcos me cogió del brazo y juntó su cara con la mía como si estuviéramos en un fotomatón.
- ¿Les puedo sacar la lengua? –bromeé.
- Abril, no empieces…
- Es que me siento un poco idiota sonriendo a la cámara, la verdad –empecé a reírme. Él tampoco lo pudo evitar.
- Eres de lo que no hay, bruja.
- Lo sé.
Se abalanzó sobre mis labios y dimos inicio a un furioso duelo de lenguas. Marcos estaba excitadísimo, reconozco ese modo de besar. Su boca era fuego.
La puerta corredera empezó a abrirse en el instante que empezábamos a meternos mano, me separé de él y, como una cría, me quedé observando cómo nos abrían paso al delicioso camino del vicio.
Conversación con Marcos – Segunda parte
- ¿Qué me dices?, ¿estás preparada para escuchar mi proposición?
- Dispara –volví la mirada hacia él, que seguidamente sonrió.
- Este último año me he movido por unos ambientes algo singulares, Abril, digamos que… ¿poco corrientes? He tratado con personajes que ni te puedes llegar a imaginar; muchos de ellos conocidos políticos, célebres de la televisión, algún que otro intelectual… la mayoría con la vida organizada, familia… pero todos ellos con un interés en común: el sexo en todo su esplendor.
- ¿Me estás hablando de las famosas partouzes?
- En cierto modo sí, pero no exactamente.
- ¿Prostitución de lujo?, ¿sado clandestino?
- ¿Te acuerdas de Brigitte?, ¿aquella novia de Montpellier?
- ¿La escultora?
- La misma. Pues bien, hemos vuelto a tener contacto, a través de ella he entrado en esta asociación.
- ¿Asociación? Me estás acojonando, Marcos.
- No hacemos nada más que exponer nuestras fantasías sexuales llevándolas a cabo si éstas son posibles. Nos reunimos una vez al mes, generalmente en España, y ponemos sobre la mesa las de cada socio del club. Normalmente estamos de acuerdo, siempre hay el típico pasado de rosca que solicita cosas ilegales, ya sabes… pero lo llevamos bastante bien.
Conversación con Marcos
- Por la calle paralela encontraremos muchas cafeterías.
- Lo que tú digas, Abril, conoces mejor la zona que yo, pero, por dios, no me hagas andar mucho que estoy molido.
- Oye, corazón, te recuerdo que la que lleva unos tacones de infarto soy yo.
- No sé cómo puedes andar con esto, bueno, sí lo sé, tratándose de ti…
- Por esa calle mejor –cambié la dirección del paso- acortaremos un poco.
- Sigues exactamente igual que antaño, niña, ¿te cuidas mucho o qué?
- Si entiendes por “cuidarse” ir al gimnasio, hacer dieta y dormir ocho horas diarias: no.
- Muchas te envidian. ¿Lo sabes, no?
- Las mujeres son muy perras, siempre ha existido la envidia femenina, los famosos repasos fulminantes de arriba abajo, el “qué mala cara tienes hoy” cuando te has pasado la noche anterior follando como una loca, y estás radiante y sin gota de maquillaje.
- ¿Y por qué hablas en tercera persona del plural, si se puede saber?
- Porque si lo hiciera en primera del singular no sería cierto. Sabes que me gusta ver mujeres bellas, observarlas desde cualquier ángulo. Joder, Marcos, es genial andar detrás de una morenaza llena de curvas y ver cómo éstas se mueven de un lado a otro; o el duro esfuerzo, en medio de una conversación para tratar de mirar a los ojos a la Barbie rimbombante de talla cien. Debes saber de qué te estoy hablando.
- Sí, sé de qué me hablas, te comprendo. Pero, ¿ni siquiera envidia sana?
- La envidia sana no existe. No es más que un invento estúpido para distorsionar un poco el duro significado del pecado capital, lo cual hasta me parece más perverso, pero no existe.