Posts Tagged ‘mesa de cristal’

Tango

-  Bendita seas, mi pequeña zorra. No sabes cuánto te he echado de menos.

-  Tú lo que has echado de menos es mi sexo; únicamente mi sexo.

-  Y sé cómo te excita pensar que sólo deseo tu cuerpo, te entusiasma sentirte así, como una ramera.

-  Será que tú puedes remediar la inmensa verga que se te pone con tan sólo dirigirte la palabra.

-  Cualquier día de estos te dejo un buen fajo de billetes después de follarte toda la noche.

-  ¿Eso hará sentirte más hombre?, ¿más poderoso? Qué enfermo estás…

-  De ti, enfermo de ti. Enséñame esas tetas, vamos, desabróchate la blusa.

Sólo los tres primeros botones, de la disciplinadísima blusa, ella aflojó, mostrando la curvatura de unos redondos y prietos pechos.

El sujetador, de encaje blanco, y dos tallas más pequeño, hacía que parte de sus pezones se entrevieran, amplios y rosados.

Su mirada hacia él era deliberadamente descarada y provocadora.

-  Quiero verlas, sólo las intuyo. Destápate más.

-  No. Me gusta así. Prefiero que las imagines – ella se humedeció el labio superior con la lengua.

-  Te va a reventar la blusa, furcia. Desde aquí puedo ver tus pezones duros como pivotes.

-  Y a ti la bragueta, cabrón, los latidos de tu polla me están golpeando los pómulos.

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De Madrid al cielo – Última parte

Cuando llegamos a la enorme finca me quedé pasmada de la que tenían organizada allí dentro. Había decenas de personas divididas en pequeños grupos y en distintas zonas de la casa. No conocía prácticamente a nadie, pero Ruth actuó como perfecta anfitriona presentándome a toda la gente.

El agradable chill out que amenizaba de fondo hizo que me apeteciera quedarme en la azotea con unas maravillosas vistas a la piscina, donde había unos comodísimos sillones blancos de piel. En una larga y preciosa mesa de cristal reposaban coloreados cócteles, infinitas velas de distintas formas geométricas, y pequeños cuencos que desbordaban marihuana.

Me senté con Ruth al lado de dos tipos que acababa de presentarme.

-  ¿Qué te parece, nena?, ¿te gusta la que hemos montado?

-  Me has dejado alucinada, qué peligro tienes.

-  No más que tus besos, leona, no me hables de peligros… –me miró con una cara que daba miedo.

-  ¿Has dicho besos? –Samuel, uno de los tipos de al lado, se acercó al escuchar el coqueteo de Ruth.

-  Nada, no hemos dicho nada –ella empezó a reírse.

Samuel me pasó el porro que se estaban fumando; en aquel instante no me apetecía gran cosa, pero me pareció un desprecio rechazarlo, y lo acepté.

No sé cómo se inició la conversación, pero empezamos a tener una interesante charla de arquitectura. Me habló de su carrera y muchos proyectos que había realizado en los dos últimos años, diseños y bocetos que estaban en el aire, buenas ideas, planteamientos en los que coincidíamos plenamente. Yo también le hablé de mi gran colección de fotografía, de los eternos paraísos de los chiflados… y de arte en grandes dosis.

Ruth desapareció con su ligue surfero y Samuel me invitó a ir a la barra que tenían organizada para tomar unas copas.

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De Madrid al cielo – Última parte

Cuando llegamos a la enorme finca me quedé pasmada de la que tenían organizada allí dentro. Había decenas de personas divididas en pequeños grupos y en distintas zonas de la casa. No conocía prácticamente a nadie, pero Ruth actuó como perfecta anfitriona presentándome a toda la gente.

El agradable chill out que amenizaba de fondo hizo que me apeteciera quedarme en la azotea con unas maravillosas vistas a la piscina, donde había unos comodísimos sillones blancos de piel. En una larga y preciosa mesa de cristal reposaban coloreados cócteles, infinitas velas de distintas formas geométricas, y pequeños cuencos que desbordaban marihuana.

Me senté con Ruth al lado de dos tipos que acababa de presentarme.

-  ¿Qué te parece, nena?, ¿te gusta la que hemos montado?

-  Me has dejado alucinada, qué peligro tienes.

-  No más que tus besos, leona, no me hables de peligros… – me miró con una cara que daba miedo.

-  ¿Has dicho besos? –Samuel, uno de los tipos de al lado, se acercó al escuchar el coqueteo de Ruth.

-  Nada, no hemos dicho nada –ella empezó a reírse.

Samuel me pasó el porro que se estaban fumando; en aquel instante no me apetecía gran cosa, pero me pareció un desprecio rechazarlo, y lo acepté.

No sé cómo se inició la conversación, pero empezamos a tener una interesante charla de arquitectura. Me habló de su carrera y muchos proyectos que había realizado en los dos últimos años, diseños y bocetos que estaban en el aire, buenas ideas, planteamientos en los que coincidíamos plenamente. Yo también le hablé de mi gran colección de fotografía, de los eternos paraísos de los chiflados… y de arte en grandes dosis.

Ruth desapareció con su ligue surfero y Samuel me invitó a ir a la barra que tenían organizada para tomar unas copas.

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