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Las aventuras de Nena Palote y su cipote ( 23ª Parte)

Hacía tiempo que no iba a la playa. Una amiga me había recomendado cierta playa nudista donde el cruissing abunda. Me gustan las playas nudistas, así puedes tomar el sol sin las odiadas marcas, pero la verdad es que me encanta poder sentirme deseada y convertida en el centro de la humanidad. Mi vista también se entretiene. Un surtido de pollas se pasean delante de una. Las hay depiladas y peludas. Otras son intermedias. Algunas son enormes y van chocando con las rodillas de su dueño como si de un cencerro se tratara. Hay pollas que están escondidas y arrugaditas en la entrepierna de su amo, son las que parecen más tímidas. Algunos nabos crecen de repente cuando ven mis tetas, es comprensible. Se elevan poco a poco hasta su plenitud. Me llaman la atención las pollas de piel oscura, en contraste con la piel blanca de su dueño. Podría escribir una tesis sobre el sexo masculino y sus formas. He visto demasiadas. Quizá yo tenga algún problemilla sexual, pero estoy segura de que el problema lo tienen los demás. Maricón, no me entretengas más porque así no termino de contarte…

Te decía que había acudido a una playa nudista, donde abundan maricones. Una amiga me había recomendado una muy famosa por el cruissing de la zona, favorecido por las dunas de dicha playa…

Yo estaba tumbada en la toalla con mi polla al aire. Sabes que mi cipote es famoso por su tamaño, por lo que reposaba fláccido sobre mi muslo. Una postura sexy, ya que estaba un poco incorporada para lucir al cien por cien mis domingas. Entre la postura y mi toalla (muy mona por cierto y donde pone en letras negras: Si te gusto fóllame, maricón…) estaba muy bien publicitada a la concurrencia. De vez en cuando me levantaba. Me la meneaba un poco mientras miraba a alguien que me atrajera. Algún viejo verde que otro me merodeó. Aquel día no tenía ganas de sacarle los cuartos a algún vejestorio. Aquel día tenía ganas de echar un polvo de los buenos.

Un semental ideal se acercaba paseando por la orilla del mar. Nos mirábamos desde lejos. Nos lanzamos sonrisas y miradas descaradas. ¡Era guapísimo! Qué coño guapísimo, era un monumento tallado en carne y hueso. Con un cuerpo definido sólo un poco conseguía estar en el atractivo de un hombre que se cuida pero no de un maricón de gimnasio, donde el noventa por ciento de los machotes son más maricones que un palomo cojo… Parecía curtido a causa de algún trabajo físico. ¿Sería albañil? Se cuidaba demasiado como para vivir sobre los andamios. Seguramente sería dependiente de tienda de ropa o cosméticos. Todos son maricones y saben vestir bien y cuidarse. Éste maromo sabía cuidarse casi taaaan bien como yo, la más guapa de todas. Se paró en la orilla observándome detenidamente. Se alejó de la orilla hacia las dunas, mirándome y sonriendo. Se perdió tras ellas y yo le seguí…

Me lo encontré tumbado en la arena, a los pies de la duna. Entre flores que no se nombrar (pero que la amiga que me recomendó la playa se conoce al dedillo) mi hombre se masturbaba, esperándome. El momento se me antojó mágico. La arena hacía de cama. El mar era la música de fondo, animando nuestro coito. El sol pegaba fuerte y calentaba nuestros sexos, aún más si cabe… Me tumbé a su lado. Sus manos se acercaron a mis tetas y las magrearon. Yo mientras haciéndome una paja. Seguimos así por un tiempo. De vez en cuando nos besábamos con lengua. Orgullosos de nuestros excesos con el sexo fuimos mostrando al otro nuestras habilidades con la lengua en un sesenta y nueve insuperable. Nuestras lenguas mojaban la polla del otro. Nuestros labios besaban los cojones del otro. Nuestras salivas humedecían el sexo del otro. Gemíamos con verdadera naturalidad, entre lametón y lametón. Me costaba respirar con toda su polla en mi boca. Mi respiración era difícil. El calor era brutal. El ansia me hacia lamer su nabo en su longitud, apretando mi lengua. Suplicaba recibir su semen mirándolo a los ojos. Seguimos así durante un tiempo infinito. Me corrí. Cuando mi amante sintió el placer de recibir mi lefa en su boca no pudo evitar hacer lo propio. Casi al segundo se corrió sobre mi lengua, que fuera de la boca esperaba recibir su premio bajo la cabeza de su polla. Algo de su semen se desbordó por mi lengua, una parte me manchó la cara y me la extendí con las yemas de los dedos. Degusté el líquido de la pasión y tragué con regusto.

Descansamos tumbados sobre la arena. Nos observamos durante un rato, uno al lado del otro. Al tiempo nos despedimos con dos besos y con un “ha sido un placer, maricón´´.

Nena Palote

AVISO: Relato dedicado a una amiga muy querida,  estudiosa de la naturaleza y amante de la flora dunar…