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Conversación con Marcos – Segunda parte

-  ¿Qué me dices?, ¿estás preparada para escuchar mi proposición?

-  Dispara –volví la mirada hacia él, que seguidamente sonrió.

-  Este último año me he movido por unos ambientes algo singulares, Abril, digamos que… ¿poco corrientes? He tratado con personajes que ni te puedes llegar a imaginar; muchos de ellos conocidos políticos, célebres de la televisión, algún  que otro intelectual… la mayoría con la vida organizada, familia… pero todos ellos con un interés en común: el sexo en todo su esplendor.

-  ¿Me estás hablando de las famosas partouzes?

-  En cierto modo sí, pero no exactamente.

-  ¿Prostitución de lujo?, ¿sado clandestino?

-  ¿Te acuerdas de Brigitte?, ¿aquella novia de Montpellier?

-  ¿La escultora?

-  La misma. Pues bien, hemos vuelto a tener contacto, a través de ella he entrado en esta asociación.

-  ¿Asociación? Me estás acojonando, Marcos.

-  No hacemos nada más que exponer nuestras fantasías sexuales llevándolas a cabo si éstas son posibles. Nos reunimos una vez al mes, generalmente en España, y ponemos sobre la mesa las de cada socio del club. Normalmente estamos de acuerdo, siempre hay el típico pasado de rosca que solicita cosas ilegales, ya sabes… pero lo llevamos bastante bien.

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El delicioso coño de Suzanne

-  Estoy agotada, acalorada…este calor es insufrible.

Suzanne estaba tirada en el sofá, abanicándose vehemente con un abanico horterísimo de color naranja. Sudaba. Desde la mesa podía ver cómo descendían de su cuello pequeñas gotas de sudor que más tarde se esconderían bajo su escote.

Sólo llevaba un minúsculo vestido de niña, estampado de flores pequeñas de tonalidades amarillas, que resaltaban un oscuro bronceado de monte.

Me gustaba mirarla. En realidad siempre me ha interesado observar a Suzanne, pero en aquella tórrida sobremesa empezó a gustarme especialmente.

Le ofrecí café, pero no quiso. Me serví uno solo para mí y fui a la nevera para coger un par de cubitos de hielo. Lo eché caliente en el vaso con hielo y me quedé observando el contraste del calor encima del frío.

-  Qué ruido, ¿no? –Suzanne se sorprendió al escuchar el sonido del hielo crujir.

-  ¿Nunca has oído este sonido? –me acerqué el vaso para beber.

-  No, es la primera vez que lo oigo.

Me chocó que fuera la primera vez que escuchaba el sonido del hielo crujir, pero tampoco demasiado tratándose de ella.

Permanecimos en silencio el tiempo que tardé en tomarme el café. Ella continuaba abanicándose mientras veía uno de esos vulgares programas de televisión.

Encendí un cigarro y continué observándola. Hacía un calor de muerte aquel en el piso y no disponíamos de nada más que un pequeño ventilador que lo único que hacía era remover más el aire caliente.

Suzanne iba cambiando de posturas en el sofá, ofreciéndome un espectáculo de su cuerpo en todos los ángulos.

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Sexo celestial…

Me besó sin importarnos las miradas ajenas. La gente nos observaba, extrañados al ver dos tíos besándose y comiéndose la boca. Nuestras manos exploraron al otro, ante la inquietud de los presentes. Sin mirar a nuestro alrededor sólo centrábamos nuestra mirada en las curvas del otro.  Me desabrochó la camisa, poco a poco, botón a botón. Mi torso quedó al descubierto, sólo tapado por lo poco que ocupaba la palma de su mano. La gente abría la boca escandalizada por aquello. Se descamisó y ahora tan sólo nos tapaban los pantalones…

Me agaché. En cuclillas me encontraba a su disposición. Yo era suyo, yo haría lo que él me pidiera. Con tan sólo mirarme entendí sus deseos. Le desabroché la bragueta. Agarré su polla mientras le miraba a los ojos. La concurrencia se comenzaba a espantar. Algunas personas se tapaban la vista. Ante los comentarios de “enfermo´´ me metí su polla en la boca. Mi lengua se reconcilió con el sexo masculino tras un periodo de castidad voluntaria. Cerré los ojos y comencé a recordar todos los nabos que he tragado mientras mi lengua recorría su sexo. Sus ojos estaban desorbitados por la pasión, los del público también se desorbitaron, pero por el escándalo…

Cuando debía faltar poco para recibir su semen en mi lengua se distanció. Con un movimiento de la mano me ordenó incorporarme. De pie nos miramos con fijeza. Ambos cuerpos desnudos y brillantes por la purpurina de la fiesta pasada se estudiaban. Yo imploraba para mis adentros que me tomara, me poseyera como otros me habían poseído. El público elevó el ruido con los comentarios impertinentes. Clamaban al cielo por nuestra depravación.

Lo peor fue cuando me la metió. Me inclinó forzándome con sus manos y tras lubricarme y dilatarme me la fue introduciendo poco a poco. Mi cuerpo se arqueó de nuevo. Por fin volvía a reconciliarme con mi propio sexo. Su polla fue entrando en su totalidad. Cuando noté la presión total de su miembro mi perdón sexual había sido otorgado por el dios del sexo. El público se levantaba de sus asientos. Algunos se iban con las manos en la cabeza. ¡Como un hombre se deja follar por otro! Contra más lo gritaban más imploraba a mi dueño que continuara dándome placer. Mi sudor era frío, entrecortado, nervioso. Borbotones de placer salían por mis labios elevando mi voz junto a los ángeles. Todo parecía tan perfecto y maravilloso que terminó demasiado pronto. Todo parecía un reflejo del paraíso. Me sentía follando al lado de Cristo y sus apóstoles como en una orgía celestial. Todo terminó cuando mi amante eyaculó en mi interior…

Gléz-Serna