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Mi primera vez

La invitó a su yate y le hizo sentir la mujer más maravillosa del mundo.

Iba de camino al colegio mientras miraba distraída la gente que pasaba por la acera. Me preocupaba el examen que haría dentro de una hora escasa, para colmo de geografía, y no me había preparado nada más que el tema de la meseta. Al pasar por la tienda de frigoríficos “la carrera”, reflejado en los cristales, ví  a un muchacho con las manos en los bolsillos, un suéter de cuello vuelto azul, pelo rubio, vaqueros y botas camperas, para ver su imagen me detuve un rato delante del escaparate como si quisiera comprobar el precio de las lavadoras con sumo interés. Tendrá unos cinco años más que yo y parece muy apuesto. ¿Y si le hablara?.

Dirá que estoy loca, y con razón, no es normal que una chica se te acerque y entable conversación con un extraño, y menos en un pueblo como éste. A través de los escaparates se  podía oír el ritmo de una música empalagosa, de esas bailables en las discotecas y pensé que agarrada a su cintura, muy fuerte, bailando esa música, me sentiría feliz. ¿Y por qué no?. ¿qué malo hay en que le diga algo?. Seguí un rato más mirando el escaparate.

El reloj de la emisora dio las 12  del medio día. Joroba, mi examen de geografía. Subí la cuesta corriendo, una calle muy estrecha donde si abrías los brazos de par en par tocabas con las dos manos las paredes de las casas. Casas con balcones de hierro llenos de flores, piedra y lasca en las fachadas, tejas rojas en los tejados; me gustaba pasar mirando con detenimiento cada detalle, los escudos de las familias pudientes en las puertas, las formas de las cornisas, los frisos con sus historias.. era muy bonito, pero ahora tenía mucha prisa porque llegaba bastante tarde al dichoso examen.

Al llegar a la puerta de madera gris, toqué al picaporte y salió Doña Marí, mi maestra. No había terminado de abrirme la puerta y ya me estaba dando una buena regañina. Celia, ¿sabe tu padre que vienes a estas horas?, el examen era a las once y media, después del recreo, ¿te acuerdas Celia?. Le pedí disculpas contándole una sarta de embustes con tanta naturalidad que me dejó en paz durante todo el tiempo que duró la prueba.  Del examen sólo me sabía 5 preguntas de las siete que había, así que decidí hacerlas lo más pronto posible e irme a la calle. Me acordé del muchacho rubio de jersey de cuello vuelto y camperas… sonreí soñándolo mientras contestaba los montes más importantes de la meseta; encima tuve suerte. Jajajaja.

Recogí los folios, me acerqué a la mesa de la profe y le pedí que me dejara salir sin acabar la clase porque mi madre seguía mala con el riñón y tenía que hacer la comida para mi padre y mis hermanos. Doña Mari, una mujer de pelo totalmente blanco, a pesar de lo joven que era, a regañadientes porque no había llevado ningún justificante de mi padre, me dejó ir recogiendo el examen con cierta brusquedad y mirándome a los ojos de una forma fija, tajante, como amenazándome de las consecuencias que estaba dispuesta a sufrir si le había mentido en algo. Pero yo no le hice caso, sólo quería irme a la calle y mirar a través de los escaparates de la tienda a ver si aparecía mi sueño de pelo rubio que parecía tan atractivo.

 Bajé la calle a zancadas, sin correr, porque no quería dar la sensación de precipitación, de prisas; si me lo encontraba no quería que pareciera a propósito, tenía que parecer algo accidental. Llegué al escaparate, miré hacia todos los lados, pero no vi a mi chico. Esperé un momento y nada. Cogí mi cartera y como era muy temprano para llegar a casa (además no tenía excusa ante mi madre que era más lince que la profesora), me encaminé hacia el club de mar, más exactamente hacia las rocas que bordean el club.

Siempre me gustaba ir a aquél sitio porque había muchos cangrejos y erizos, casi siempre conseguía pillar alguno para luego volverlos a tirar al mar. Sólo quería demostrarle a mis amigos que era tan valiente como ellos, pero nunca los mataba ni los llevaba a casa. Ellos siempre. Al llegar al acantilado rocoso que formaba aquella ensenada, me subí al muro que separaba el club de la arena y giré despacio para bajar a la roca lisa, suave, donde siempre me sentaba a verlos venir tranquilamente.

Estaba así, absorta, viendo las pompitas de aire que formaban los erizos cuando se mueven hacia la arena, esperando pacientemente para tomarlo sin que me pinchara, cuando ví una sombra muy larga en el agua. Temblé de arriba abajo. A veces sentimos cosas, no nos hace falta mirar ni que nos digan qué vemos, pero las sentimos. Así sentí yo su presencia. Un fuerte dolor de estómago fue el aviso de que estaba allí, mirándome la nuca, viendo lo que hacía sin moverme. Se sentó a mi lado. Olía a colonia de marca cara, de esas que sabes que huelen muy bien pero que no son ni lavanda ni de colonia bebé, luego tenía que ser bastante cara. Giré la cabeza y me encontré con unos ojos pequeños, marrones,  muy vivos, inquietos, muy expresivos.

Me gustaron aquellos ojos que me hablaban de viajes marinos, ausencias de silencio llenas de pasión. Los pelos se me estaban poniendo de punta. Sentía como escalofríos. El chico pareció darse cuenta y me puso un brazo por encima de los hombros. ¿Damos una vuelta?. ¿A dónde?. Subamos a mi yate, quiero enseñarte algo que te va a gustar. Claro. Qué valiente yo. Ni lo dudé ni temí lo que hacía. Andamos hacia la bahía del club donde están todos los yates aparcados, los barcos de recreo y pesca. Subimos al suyo, un yate de color blanco con una franja azul de punta a cabo donde se leían las letras: “El arrecife de las sirenas”; entramos con cuidado para no darnos en la cabeza. Había cuatro escalones pequeños que separaban la cubierta del interior con los camarotes, la cocina, el baño… cuánta belleza. Me impresionó bastante tanta sencillez y originalidad, con esa madera lijada y pintada de colores salmón, azules, rosas, hacía unos dibujos preciosos. En la cocina había unos asientos en circulo que bordeaban una mesa blanca.

Voy a desayunar, te invito a unos huevos con mantequilla.. ¿Me acompañas?. Bueno, asentí, yo también tengo hambre. En un momento preparó todo y con un poco de pan blanco y un tomate partido en dos trozos con sal y pimienta me puso mi plato. Me recreé en él como quién sabe que ese acto de comer y lo que vendrá después está fuertemente unido a la memoria de mis hormonas porque mis ovarios empezaron a moverse, no sería así, pero yo los estaba sintiendo.. me estaban bailando. Comimos mientras hablábamos de los recuerdos, la niñez, de las cosas que nos impresionaban. Me tomó la mano y me llevó a un camarote con dos literas. Subió a una de ellas y se tumbó boca arriba pidiéndome que le acompañara. Me temblaban las piernas, la voz, el pecho y su entorno. Una voz me decía que no debía tomar aquello que me daban, así, con tanta facilidad, y otra gritaba que lo abrazara para que no se fuera.

Ya lo estaba besando cuando él me metió la lengua en mi boca, yo torpe, no sabía, pero debe de haber algún instinto que te dice el como, porque él, con risas, me tomó la cabeza entre las manos y me dijo que sacara la lengua, luego que la girara como si me estuviera limpiando los labios,… la boca ya era su boca porque le hacía caso y mi saliva se me hacía un nudo en la garganta, me besaba, me hablaba, al cabo de un momento sobraban las palabras, su lengua era mi lengua, las dos hablaban el mismo idioma.

Sabía a dulce de miel, sabía tanto que quería tragármelo entero.. se alejó de mi riendo, ehh, que me asfixias, jajaja, reía, suave, dulcemente, como su boca, yo jadeaba mientras le miraba entre expectante y ansiosa, tan deseosa de él que, con sus manos tomó mi cuello, acariciándome, besándome, me daba pequeños mordiscos en los lóbulos de las orejas, la nuca, mi pelo… casi gritaba de placer y no habíamos hecho más que empezar un ritual que duró hasta el anochecer.

Al llegar a casa aún sentía el latido de su sangre en mi sangre, de sus caricias. Las bragas las tenía un poco manchadas, había sido desvirgada, amada, feliz. Me habían hecho sentir como mujer y todo, por eso, merecía mi sueño, mi fantasía… mi placer en el paladar.. Me enseñó a amarle, a amar.

AMISTAD CON SEXO?

Cuando estaba en la universidad tenia un amigo, pero no era solo un amigo, era EL AMIGO, entiéndase

Señorina… ¿Me vende una barra de pan?

Un italiano perdido en la luz de la costa busca saciar su hambre,

aunque sea… con una barra de pan.

Me gustaba aquél olor  a pimentón dulce, a laurel, a ajos, a hierbabuena. Los fines de semana nos quedábamos en la tienda porque mis padres se iban de viaje al pueblo, me gustaba que se fueran. Las personas que venían estaban viciados por las costumbres de atención y su buen tacto y yo no quería despacharlos sin que se fueran pensando que allí no faltaban los Yebra.

Fotografías enviadas para la sección Erótica de lavozdelacometa.org ya desaparecida.

Un día, vísperas de San Juan, la tienda se abarrotó de gente, sobre todo chiquillería que compraba coca colas, fantas, golosinas… eran muchos y no estaba dispuesta a que faltara nada o mi padre lo notaría enseguida llevándome una buena regañina. Entre gritos de los chicos y chicas, me daba toda la prisa que podía para no impacientarles por temor a que me empezaran a romper los estantes donde mi madre colocaba en perfecta armonía montañas de cajitas de todos los colores que contenían azafrán, comino o tomate seco. Entre tanto barullo, se oyó una voz, en un meloso y sonoro italiano, preguntándome si tenía “ron negrita y mucho hielo”, …”mucho hielo señorina, mucho hielo para mi”… “¿tiene usted?”. Esa voz, tan melódica volvió todo del revés en un momento. Ya no me importó lo que hicieran los chicos, ni sus voces o sus prisas… sólo tenía oídos para este chico de acento italiano, pero tan rubio, de piel tan blanquísima que parecía bajado de la mismísima  Escocia hacía unos minutos.

Le atendí sin retirar mi mirada de aquellos ojos risueños, cariñosos, guasones, moviéndome como una autómata al sonido de su eco. Me pagó el importe de la compra y se fue dejando una estela, embriaguez en mi corazón alterado, por tan peculiar belleza. ¡Que hombre tan guapo! No tendrá más de 35 años. Tal vez algunos más. No sabría con exactitud su edad, su atuendo era muy juvenil haciendo juego con una voz que me recordaba al “loco de la colina” en sus mejores momentos… ya sabes, voz de matices, sinuosa, lujuriosa, haciendo hincapié en cada sílaba, recreándose en los tiempos y frecuencias inevitables y directos a tu corazón.

El resto de la tarde transcurrió igual, mucha gente con bolsas camino de la playa, chucherías y mucho hielo para pasarlo bomba. Sentía cansancio, las piernas embotadas de tantas horas de estar de pie y sudada. Tenía la sensación de que olía a esa mezcla tan humana y peculiar de una tarde de verano rodeada de mucha gente. Es inevitable supongo oler mal en estos momentos.

Estaba absorta, con un pie en la ducha que me iba a dar, con otro recogiendo a toda prisa todos los cuchillos, la madera de cortar el pollo, cerrando las cubiteras y reponiendo el agua de las bolsas de hielo cuando entró el italiano  por la puerta. Descaradamente me lo quedé mirando al tiempo que le pregunté qué deseaba. “Señorina, por favore, barras de pan, ¿le resta alguna barra de pan?”, preguntó con ese acento.. ¡Ay dios, qué acento tan lindo!. En la tienda no me quedaba ninguna barra, pero, previniendo por si me animaba a irme a la playa con los amigos, había metido en el congelador de casa, muy de mañana, dos barras, lo que tendría de sobra si compartía con aquel señor una. Mientras iba cerrando la caja le comenté que tenía en casa, que si me acompañaba le daría con mucho gusto una. Dijo que si, que esperaría sin problemas. Cerré las persianas de la tienda, y nos fuimos dos calles más abajo que estaba la casa de mis padres. Abrí la puerta y pensé que lo mejor sería que esperara fuera, en la calle, mientras las ponía en una bolsa y se las daba. Pero él no debió de entender mi preocupación por el qué dirá mi vecina ni entendió de costumbres o modas porque pasó detrás mía al interior de la casa sin esperar comentario alguno de mi parte.

Encendí la luz y con un gesto le señalé el sillón donde podía sentarse a esperar un momento, sólo un momento, comenté, mientras iba camino de la cocina y tomaba la barra de pan. Me estaba poniendo muy temblona, casi que me estaba sintiendo demasiado nerviosa. La situación había que controlarla. Salí de la cocina  y el pan fue directo al suelo. Allí estaba él, encima del sillón, totalmente desnudo, excitado, viéndome llegar. Mi reacción fue la de acercarme cogiendo su pantalón, pidiéndole que se lo pusiera y se marchara, al tiempo que deseaba ese miembro fuerte, viril que me estaba provocando. No podía quitarle la vista de encima y eso me irritaba. Vamos, ¡¡vístase.¡¡. Grité. Se levantó con parsimonia, se acercó a mi y cogió la camisa, pero en vez de ponérsela la puso cuidadosamente encima de una silla girando para tomarme en un abrazo sin tiempo a protestar. Su boca se juntó con la mía, me mordió en los labios, las orejas, el cuello. Al principio mis manos intentaron disuadirle para que me dejara, pero mi pecho excitado, y la saliva de mi boca decían todo lo contrario.

Me dejé llevar. Se dio cuenta rápidamente porque sin pararse un segundo en abrazos, mordiscos suaves y caricias, me desabrochó el vestido verde manzana que llevaba puesto tirándolo contra el suelo, a la vez que me subía sobre su cintura con una mano y con la otra tiraba de mis bragas, que sin llegar a quitármelas ya me la había metido hasta dentro con tanta destreza que chillé de placer. Me estuvo cabalgando una y otra vez, cada vez más fuerte, jadeante, al tiempo que me decía frases en un italiano provocante y lujurioso dándome el estómago fuertes dolores de placer y ansias.

Cuando creí que había llegado él a un orgasmo por los gritos de placer que daba, me bajó al suelo dejándome abierta totalmente de piernas encima del sillón. Se agachó besándome toda, comiéndome toda a besos, mordiscos de placer de forma que su lengua ya formaba parte de todo mi pecho al que absorbía con verdadero ímpetu e interés. Bajó al cabo de un tiempo hacia mi monte de venus, primero, después a mis labios, boca de fuego, lava a punto de estallar, que bebió sin pudor mordiendo una y otra vez cada protuberancia, cada labio, cada recoveco. Su lengua la sentía dentro de mí una y otra vez a la vez que su nariz me frotaba mi clítoris insaciable.

Levantó la cara, me miró con éxtasis la expresión de la mía y sintiendo a la vez que veía que estaba a punto de llegar al punto más álgido donde la locura, pasión y miedo a tanto placer se mezclan sin esfuerzo, me dio media vuelta y tomándome el trasero entre sus manos me la metió hasta sentir mercurio, por sus anillos, sobre mi anillo infernal, de forma unívoca en un sentimiento mutuo de tanto placer que perdí el conocimiento.

Cuando me desperté, abierta toda de piernas en el sofá, sudada y mordida por toda mi piel, sentí que era otra persona distinta a la que se había levantada aquella mañana queriendo aprender de negocios sin acritudes. Me levanté con esfuerzo y al pasar por el espejo de la consola del mueble del comedor pude comprobar como mis pezones aún se mantenía erguidos, desafiantes, mirando al techo, doloridos, pero felices, casi sintiendo sus labios que quemaban, sus dientes que acariciaban. Al pensarlo noté como un fluido viscoso bajaba por entre mis piernas. Estaba claro que había disfrutado bastante. Me preparé un buen baño con agua muy caliente y muchas sales.. Mi dulce italiano. ¿Dónde estas?.

autor: NICOLÁS XIMÉNEZ