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Yo 19, él 50

La primera vez, él me quitó la ropa lentamente, como ningún joven lo había hecho (ni lo ha vuelto a hacer) antes. Con los ojos cerrados, comenzó a acariciar esos senos de diecinueve años de edad. Poco a poco, se arrodilló frente a mí para tocar cada una de mis partes.

Yo, esa primera vez, estaba esperando la penetración. Vaya, estaba excitada, eso era lo que quería. A eso me tenían acostumbrada los hombres de mi edad (y hasta la fecha…).

Pero no. Él, que me doblaba la edad y un poco más, quería disfrutar de mi cuerpo, sentirlo, tocarlo, acariciarlo, amasarlo, hundirse en él, introducir un dedo poco a poco en mi vagina para sentir su humedad en aumento y luego, si acaso, penetrarme.

Yo estaba desnudísima; él, con ropa. Me hizo recordar un momento que relata Almudena Grandes en su libro Las edades de Lulú. Mientras el otro esté vestido y tú desnuda, te sentirás desnudísima. Entonces entendí lo que la escritora quiso decir.

Su pene estaba en erección, pero él quería esperar. Ese momento no lo he olvidado jamás, porque me enseñó a disfrutar de las caricias, del placer y de alargar el momento como entonces no lo había hecho nunca. Desde ese día, cada que repito una escena así se trata de un momento altamente erótico.

Esa vez comencé a abandonarme al placer y a sentir cada una de sus caricias. Después de algunos minutos, me colocó sobre el sillón y me penetró por primera vez. Yo estaba más excitada y húmeda que nunca y él tuvo una erección que me hizo gemir como nadie lo había provocado en mí. Sentí entrar y salir su pene una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Mojado, humedecido, saliendo de mí. Y yo, con mi vagina, abiertísima, comiéndolo todo.

Esa fue la primera vez que tuve sexo con alguien mayor. Yo, como lo dije, estaba en mis diecinueve años. Él ya estaba en el otoño de su vida. Yo, antes había tenido otros encuentros con hombres mayores, pero nunca sexuales. Con él sí. Y es hasta ahora una de mis experiencias más memorables, una de las más eróticas, una de las más tiernas también…

Sólo de recordar, puedo excitarme nuevamente. Claro, hoy es diferente y los gustos cambian. A menos que en estos días me encuentre un Sean Connnery o un Robert De Niro, la verdad es que prefiero a alguien de mi edad. Pero ese es otro tema que hoy no pienso tocar. Hoy, en particular, estamos hablando del erotismo entre una joven y alguien mayor, sean cuales sean las razones.

Cuando una está en la flor de la juventud y busca hombres mayores, ¿por qué lo hace? ¿Qué es lo que nos lleva a tener algún tipo de encuentro con ellos?

En aquel entonces, mis senos eran muy firmes y grandes, como hasta hoy. Pero mis curvas eran menos pronunciadas y a mi cadera le faltaba ensancharse. Con él, de a poco, mis caderas se fueron abriendo, fueron tomando su propio ritmo y tamaño. De tantas veces que su pene entraba y salía de mí, tantas tardes, tantos mediodías, era imposible que esa pequeña y estrecha cadera no sucumbiera.

Él era (es) fotógrafo. Tenía cierta fama y un lugar bastante reconocido en su medio. ¿He dicho otras veces que a las mujeres nos excita el poder? Bueno, pues si no lo había dicho, lo digo ahora: a las mujeres nos excita el poder.

Seguramente otra de las razones por las que yo accedí a tener un encuentro sexual con él fue porque, además de ser muy varonil e interesante, era, sin duda, muy reconocido. Fue como un: “quiero saber cómo lo hace fulanito de tal”. Luego, si a una le gusta, se queda picada con el dulce; sino, entonces como estudio antropológico está bien, y con una noche será más que suficiente.

Yo, por supuesto, jamás fui la novia oficial, ni tampoco era algo que deseaba. Entre nosotros no se dieron esas convenciones de: yo conozco a tu familia, tú a la mía, yo a tus amigos, tú a los míos. Había demasiada diferencia de edades como para darle explicaciones al mundo entero y pensar siquiera en un futuro más allá de una semana. Ni siquiera había amor. Y tampoco nos interesaba. En ese entonces, me refiero, cuando una está joven, es menos propensa -al menos en mi caso- a enamorarse de alguien con quien tiene sexo.

Puedo decir que he tenido más problemas con eso conforme el tiempo avanza, y es normal, supongo. Una va en busca de más certidumbre, menos niñerías, más certezas, mucho sexo, pero también cierto tipo de amor y de compromiso. Cuando una está en los veintes, en pleno inicio sexual, sabe perfectamente qué es el sexo, pero del amor sólo ha escuchado dos o tres cosas. Y casi todas erróneas. Poco de eso has vivido. Por ello es que tal vez a esa edad el amor poco importa: porque no lo conocemos.

Claro está, alguien de esa talla tenía a otras mujeres más y, como la mayoría de los hombres en esas circunstancias, él no quería compromisos. Y eso es lo primero que te hacen saber.

Yo, de cualquier forma, era la que menos los quería. Sólo deseaba disfrutar de esas tardes de sexo en su estudio. Ahí, so pretexto de tomar fotografías hermosas a mi cuerpo, terminábamos teniendo un sexo verdaderamente salvaje e intenso cada vez.

Sí, había diferencias con los hombres de mi edad: el de él no era un pene tan erecto ni tan duro, y su carne tampoco tenía los músculos de un jovencito, pero tenía otras cosas que definitivamente a mí me arrobaban. Yo siempre quería más y más. Y él siempre tenía suficiente para darme.

Le gustaba complacerme. Podía durar horas acariciándome sin penetrarme y luego hacerlo con un sexo tan intenso que me hacía querer seguir con él dentro, día tras día. Me trataba como a una reina y veía en mi madurez de entonces algo excitante e interesante. Para los chicos de mi edad, eso era algo que les asustaba o que simplemente no entendían. Con el tiempo, él dejó de ver a otras mujeres. Después, sólo quería estar conmigo. Debo decir que en algún momento dejó sus asuntos laborales para sustituirlos por las tardes de sexo en que el sol entraba de frente por el ventanal del jardín de su casa-estudio.

Ahí, cada vez, en el jardín, frente al ventanal, sobre la sala, en su ducha, en su estudio fotográfico, en la escalera, teníamos sexo intenso. A veces, para cambiar la rutina, íbamos a moteles de paso para mirarnos en otro ambiente y que él pudiera tomarme fotos atrevidas.

Así duramos algunos meses, hasta que yo conocí a alguien de quien sí me enamoré. Alguien a quien me unía el amor, más allá del sexo, y que era al menos de la misma década en que yo había nacido. Entonces decidí terminar con la relación sexual que tenía con el fotógrafo.

Él, días antes, me había dicho que estaba enamorado de mí, y que quería que viviéramos juntos, algo que siempre se había negado a hacer en sus años de casanova. Yo era demasiado joven para eso y nunca lo amé. Sólo gocé de él y, en esa misma medida, le permití que gozara de mí. Pero sabía lo que había qué hacer y lo que tarde o temprano ocurriría.

Dejamos de vernos y cada vez que lo encontraba en alguna reunión de amigos en común o leía un artículo sobre su obra en los diarios, recordaba esas tardes de las que sólo él y yo guardamos detalles en nuestras memorias. Aquí sólo cuento una parte, ustedes imaginen el resto de lo que vivimos tantas tardes y mediodías. Desde entonces me encanta hacer el amor al mediodía, aunque mi pareja en turno no sepa ni por qué.

Desde entonces no nos volvimos a ver. Seguramente él ha seguido mi trayectoria, como yo la suya, y hasta la fecha también recuerda esas tardes de sexo intenso en que su jovencita estaba abierta y húmeda, sólo para él…  

Fuente: metronoticias.com.mx