Yo esposa, yo puta
Joao Neto y Claudio Wietstruck
Hermosa boda religiosa; catedral repleta, inmaculado vestido blanco.
Bendiciones por doquier, regalos, consejos, felicitaciones, coche de lujo.
Luna de miel en el Caribe, fastuosa habitación: el virginal cuerpo de ella se ofrenda ahora sin las inhibiciones de antaño.
Erótica lencería acrecienta el deseo de su esposo… manifiesto en la erección que abulta su blanca ropa interior.
Ella, temblorosa, se horizontaliza sobre costosas sábanas de seda… suda a pesar del fuerte aire acondicionado…
La lengua de su marido recorre su cuerpo dejando un lúbrico rastro de saliva… su dedo impaciente manosea con torpeza su clítoris…
Entonces, con voz jadeante, él le anuncia:
“Querida, ahora no será mi dedo… prepárate para sentirme completo”.
El desfloramiento es inminente…
Las piernas de ella están ahora abiertas…
El falo de él la penetra primero con indecisión… luego, con creciente empuje… finalmente, con súbito frenesí…
…sin amor, le arranca su primera sangre…
Sin que medien palabras de ternura, sin atisbos de romanticismo, relamiéndose de vicio con cada rincón de su humanidad voluptuosa, profanando sin pudor los agujeros más gratos de su cuerpo… su lascivo esposo, estimulado por la ingesta de drogas blandas y whisky, la utiliza como burdo instrumento de placer, útil para consumar las fantasías más degeneradas y delirantes.
Ella experimenta un inmenso dolor –físico y emocional- en el que se cuela una sucia y culpable pizca de placer. Su mundo da vueltas… Su inocencia se pierde entre jadeos…
Su himen intacto… ya no lo es más.
Ella se siente como una muñeca de placer, con la que él simplemente se masturba una y otra vez.
Él vuelve a eyacular con violencia. Su semen la llena por quinta ocasión.
Exhausta, ella le pide permiso para ir al baño.
“No te tardes”, le exige él.
Con resignación, ella lava su irritada intimidad en el bidet.
“Soy una puta”, piensa, aunque el contrato matrimonial le asigne el título de esposa.


